diumenge, 2 de març del 2014

Debates sobre decrecimiento: por favor, toquemos tierra (contestación a Vicenç Navarro)

Post publicat al web Grupo de Energía y Dinámica de Sistemas >> Universidad de Valladolid 




El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1][1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
- See more at: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=1994#sthash.zP2Ki6zi.dpuf



 





Navarro)



El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
- See more at: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=1994#sthash.zP2Ki6zi.dpuf




Navarro)



El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
- See more at: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=1994#sthash.zP2Ki6zi.dpuf

dissabte, 1 de març del 2014

James Lovelock ens alerta

notícia curta  publicada a Semana

22 febrero 2014

“Disfrute la vida mientras pueda”

PROFECÍASJames Lovelock, ambientalista inglés de 94 años, reconocido por su teoría sobre Gaia y por predecir en 1965 que en 2000 el mundo estaría hablando del medioambiente, volvió a lanzar profecías.

“Disfrute la vida  mientras pueda”.

Foto: AFP


James Lovelock, ambientalista inglés de 94 años, reconocido por su teoría sobre Gaia y por predecir en 1965 que en 2000 el mundo estaría hablando del medioambiente, volvió a lanzar profecías. En una entrevista reciente al periódico inglés The Guardian señaló que en 20 años el calentamiento global empezará a crear   caos en el mundo. Asegura que la mayoría de cosas que la gente hace hoy para mitigar el daño de las emisiones de CO2 son fútiles y solo sirven para limpiar la conciencia. En su opinión dichas medidas llegan demasiado tarde para corregir el rumbo de la catástrofe. Dice que de nada sirve limitar los viajes aéreos y que reciclar es una pérdida de tiempo. Dar dinero para plantar nuevos árboles es agravar la situación y la energía eólica es apenas un paño de agua tibia. Explica que su pesimismo no es malo porque ayuda a que la sociedad se enfoque en el verdadero reto a futuro: la comida.  Mientras tanto, el consejo que da a todos es que disfruten la vida mientras puedan pues “en 20 años, si están con suerte, el cambio climático empezará a sentirse de manera dramática”.

divendres, 28 de febrer del 2014

¿Crecer o decrecer? That is the question

Post publicat a Rebelión


25-02-2014


“Todos los habitantes de la Tierra cabrían en el estado de Texas”. Con este argumento, sectores de la Iglesia católica se enfrentaron a la inmensa mayoría de participantes en la III Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de 1994, partidaria de la planificación familiar y del control de la natalidad. Esta posición fue muy criticada entonces, especialmente desde sectores de la izquierda, y con razón. Al parecer la Iglesia no solo cree que las almas van al cielo sino que aquí, en la Tierra, encerradas en el cuerpo, seguirían siendo seres celestiales que no necesitan espacio vital alguno. Lo sorprendente es que gran parte de la izquierda mantiene una creencia semejante respecto del crecimiento económico continuo, como si nuestro mundo fuera cuasi inmaterial, desligado de las leyes físicas y biológicas que lo gobiernan y limitan el crecimiento ya sea económico, poblacional o de recursos disponibles.
En su artículo “Los errores de la tesis del decrecimiento” aparecido en Público (1), el profesor Navarro critica al ecologismo partidario del decrecimiento, en la persona de Marcellesi (2), tachándolo de conservador, de hacer el juego a la derecha y de desconocer las posiciones del ecologismo de izquierdas, encarnado en Barry Commoner.
Para Navarro, el problema no es elegir entre crecimiento y decrecimiento sino qué tipo de crecimiento queremos. Aduce que puede haber un crecimiento económico compatible con los ecosistemas modificando el sistema productivo e incrementando el sector servicios. Si no entendemos mal, con una economía de este tipo, podría mantenerse un crecimiento económico ilimitado, suponemos que del PIB, con un descenso en la producción y consumo de los bienes más intensivos en la demanda de energía y otros recursos naturales en favor de otros que lo sean menos. En otras palabras, se trataría de desmaterializar la economía, de desacoplar el crecimiento económico de su base física. Aunque algunas naciones como Alemania han conseguido ciertos resultados manteniendo el crecimiento económico a la vez que disminuía la energía utilizada mediante el incremento de la eficiencia energética y del ahorro en las actividades más superfluas, la gran mayoría de los países no lo ha podido hacer. Y si lo hubieran hecho, sólo se habría ganado algo de tiempo en la segura colisión de nuestras economías con los límites del planeta. Y es que toda actividad, humana o no, requiere energía.
A nuestro juicio, hay tres aspectos -que quizá suscribiría el propio Commoner, conocedor como era del Segundo principio de la termodinámica y de sus implicaciones para la economía- que hay que tener presentes para comprender el significado del crecimiento ilimitado y rechazarlo por sus consecuencias indeseables: los límites naturales, el crecimiento de tipo exponencial y la historia de sociedades fracasadas por problemas ambientales.
Un par de réplicas al profesor Navarro, fundamentadas en los límites al crecimiento, pueden encontrarse en el blog de Antonio Turiel (3) y en el de Pedro Prieto (4). Concretamente, el pico del petróleo, alcanzado en algún momento entre el 2005 y 2006, es un hecho incuestionable que, de no encontrarse un sustituto del crudo, acabará con el crecimiento económico. Y no parece haber un sustituto de una abundancia, versatilidad y densidad energética comparables a las del petróleo; con el problema añadido de que, aún en el caso que se encontrara, no habría tiempo para realizar tal sustitución y sortear los estragos económicos y sociales de esta crisis energética y económica.
De otros recursos no renovables, tanto energéticos como minerales, tampoco andamos sobrados y también tienen picos cercanos. En cuanto a los recursos renovables, el panorama no es nada halagüeño, es incluso más preocupante. Por decirlo sintéticamente, desde los años 70 del siglo pasado hemos entrado en déficit ecológico. Desde entonces, no tenemos suficiente con los recursos renovables que produce anualmente la Tierra y hemos empezado a “devorar” el capital natural acumulado durante décadas y siglos. Como ya ha advertido Mediavilla (5), queramos o no, el decrecimiento físico ya ha comenzado.
Einstein dijo que uno de los problemas de la humanidad consiste en no comprender la función exponencial. En el caso que nos ocupa, tanto el crecimiento económico como el demográfico se han acercado desde la Revolución Industrial hasta hoy a un crecimiento de este tipo. La solución no pasa por mantener el crecimiento porque, aunque pudiéramos dar con una fuente de energía tan poderosa y abundante como el petróleo y continuar el crecimiento mundial a razón, por ejemplo, del 3% anual (la tasa media de las últimas tres décadas), en 23 años duplicaríamos el consumo actual de recursos que equivale a más de planeta y medio. ¿De dónde sacaríamos tres planetas? En un sistema limitado, como la Tierra, el crecimiento exponencial del consumo de recursos también supone una reducción exponencial de los mismos, lo que implica que puede alcanzarse un umbral peligroso más allá del cual no sea posible “frenar” a tiempo. Ante esta disyuntiva, ver el vaso medio lleno puede suponer un riesgo fatal porque todo indica que nos estamos acercando a ese umbral rápidamente.
Situaciones semejantes a la nuestra pero a una escala local o regional han sucedido en varias ocasiones a lo largo de la historia. La investigación histórica ha puesto de relieve que algunas sociedades han colapsado por minar los recursos de su medio natural. El crecimiento demográfico y ciertas prácticas nocivas han acabado con la base forestal y edafológica que sustentaba esas sociedades.
De haber tenido presentes las advertencias del Club de Roma y de Einstein, así como estas lecciones de la historia, ahora no nos tendríamos que enfrentar a una situación de tanta emergencia.
Dicen que la verdad es revolucionaria. Si no cambiamos el modelo económico, más bien pronto que tarde, la humanidad está abocada a un colapso. Pues bien, por inconcebible que pueda parecer, el poder financiero y político que domina el mundo ya ha elegido su opción, apurar la máquina del crecimiento hasta que reviente. Seguramente creen que así van a obtener más beneficios que si plantean frenar la economía y entrar en una etapa de decrecimiento voluntario porque eso significaría el fin del capitalismo y de su status dentro de él. Más difícil de comprender es la situación que vive la izquierda. La ciudadanía, aquejada por los muchos problemas cotidianos, es ajena a la crisis energética que ya tenemos encima y cree todavía en un futuro inexistente, el que le proporcionará la recuperación de la senda del crecimiento. La adscripción a paradigmas contrarios, crecimiento versus decrecimiento, impide valorar la emergencia de la situación y su difusión, manteniendo a la izquierda dividida y a la sociedad en el limbo de la desinformación.
Sería razonable, a pesar de las diferencias existentes en cuanto a la valoración de la situación ecológica –aunque los hechos y la lógica dejan poco margen para la incertidumbre- que la izquierda conviniera aplicar un principio de precaución a la hora de confeccionar una política común para aminorar los riesgos en el caso de que estallara la crisis energética y se intensificara el cambio climático. Complementariamente al mismo, hay una idea central que puede servir de guía para llegar a acuerdos programáticos importantes: la idea de resiliencia. Más allá de si la economía crece o decrece –nosotros pensamos que, con altibajos, la tendencia hacia el decrecimiento es ineludible- lo importante es preparar al país para hacerlo más resistente en lo posible a nuevas crisis económicas, políticas, sociales o ambientales, ante perturbaciones o contingencias futuras como la escasez y encarecimiento de la energía, el cambio climático, nuevas burbujas financieras, casos graves de corrupción, etc.
Aunque el debate crecimiento vs decrecimiento no hay que darlo por cerrado, no debiera ser, bajo esta perspectiva, un obstáculo para llegar a acuerdos con el fin de modificar el sistema productivo y hacerlo menos dependiente del petróleo, más diversificado y local, con sistemas de reciclaje más eficaces y que aprovechase y conservase los recursos de nuestro país, especialmente las energías renovables, los bosques, la diversidad biológica, cultural y paisajística, la tierra fértil y el agua.
La investigación científica e innovación tecnológica y una capacidad de financiación propia serían necesarias para mejorar la producción y evitar que el sistema no dependa del exterior o de la banca privada.
Los acuerdos seguramente son más fáciles de lograr en aspectos sociales y políticos que fortalezcan la solidaridad en nuestro país, como combatir el paro creando empleo verde y repartiendo el trabajo, mantener y mejorar los servicios públicos esenciales y proteger a los sectores más débiles, vulnerables y dependientes. La difusión y debate en una democracia participativa a diferentes escalas y la separación de los tres poderes permitirían fortalecer el andamiaje político y social.
A pesar de las importantes discrepancias que subsisten en el seno de la izquierda, creemos que estos dos criterios, el de precaución y resiliencia, junto a otros no menos importantes, pueden permitir alcanzar un programa común que nos saque del atolladero, evite sufrimiento y prepare el futuro ante retos tan importantes como el del paro, la pobreza, el cambio climático y la crisis energética. Así parecen haberlo entendido los partidos y activistas que han iniciado contactos para alcanzar acuerdos sustanciales que deben ir más allá de las elecciones europeas e intentar integrar a los sectores más conscientes de la socialdemocracia de la situación de emergencia en la que nos encontramos.
Referencias bibliográficas
(1) Navarro, V (2014). Los errores de la tesis del decrecimiento. Público 6/2/2014
http://blogs.publico.es/dominiopublico/9039/los-errores-de-las-tesis-del-decrecimiento-economico/
(2) Marcellesi, F (2013). La crisis económica es también una crisis ecológica. Público 9/10/2013
http://blogs.publico.es/dominiopublico/7822/la-crisis-economica-es-tambien-una-crisis-ecologica/
(3) Turiel, A (2014). Revista de prensa. Vicenç Navarro en Dominio público. Blog The Oil Crash, 7/2/2014
http://crashoil.blogspot.com.es/
(4) Prieto, A (2014). De progresistas y biofísica económica. 8/2/2014
http://lacrisisenergetica.wordpress.com/
(5) Mediavilla, M. (2011). Decrecer bien o decrecer mal. Rebelión, 16/11/2011 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=139397
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

dimecres, 26 de febrer del 2014

“Somos la última generación con conciencia rural”

Article publicat a El País

 Este ingeniero lidera la recuperación de montes comunales en Soria desde 2007



Medrano: "Mucha gente nos dice que volvería al pueblo" / SAMUEL SÁNCHEZ
Pedro A. Medrano (Madrid, 1969) no atina a encontrar el momento justo en el que decidió dedicarse a buscar a los propietarios de montes comunales pensando en recuperar su gestión y convertirlos en elementos revitalizadores de los pueblos. “Creo que fue entre 1999 y 2000 cuando empezamos en serio”, estima. Sí apunta sin dudar a su abuelo como la persona que le metió la idea en la cabeza. “Decía que el monte se estaba abandonando y que era una pena que tantos recursos (leña, miel, caza o setas) se desaprovecharan a pesar de los sacrificios que hicieron los vecinos para comprarlos”, relata.
Esta labor, que ha dirigido desde la Asociación Forestal de Soria, le ha granjeado, además de resultados —desde 2007 se han constituido 47 juntas gestoras de montes con 15.000 participantes en toda España—, múltiples reconocimientos y satisfacciones. Con un café cortado entre las manos, Medrano recuerda el abrazo emocionado de una vecina, agradecida por haber unido en torno al proyecto a un pequeño pueblo enfrentado. “Decimos que la sábana hace magia”, comenta en referencia a la enorme hoja de papel, con la que pide fotografiarse, y en la que vienen detallados los compradores originales de los montes y las generaciones de herederos.
Pero no todo han sido mieles. Reconoce haber lidiado con recelos iniciales sobre las verdaderas intenciones para intentar recuperar la gestión de esos montes.
“Por suerte se ha recibido muy bien esa instrucción de que no se reparten dividendos”, explica. Así, en el pueblo de su abuelo, La Póveda (Soria, 112 habitantes), ahora utilizan el acebo de la tala para hacer centros de Navidad y los beneficios se reinvierten en el monte, donde también quieren explotar el pastizal, las colmenas, huertos o aprovechar el turismo micológico.
En los últimos días, este ingeniero de montes apenas ha podido atender al grillo que suena intermitentemente en su móvil. Una de las mayores redes de emprendedores sociales innovadores, Ashoka, le acaba de entregar en Madrid un premio por encontrar esa nueva fórmula de relación con el medio rural.
“Han sido unos días muy intensos”, reconoce agradecido. Encontrar a quienes compraron aquellos montes a finales del XIX —hay entre 1,5 y 2 millones de hectáreas comunales en toda España— es una carrera de fondo. El proyecto se ha hecho realidad en Soria, León, Asturias o Guadalajara, y está en vías en Zaragoza, Teruel, Segovia, Ávila o Cáceres. Siguen rastreando escrituras y nombres, pero también intentan cerrar el círculo. “Hay mucha gente que nos dice que volvería al pueblo, pero te mentiría si te dijera que ya se han venido (...) Los jóvenes todavía no han visto en el monte una oportunidad de futuro”.
Ahora quieren promover cursos para enseñar, por ejemplo, cómo llevar un negocio de apicultura o cómo se hace el carboneo. “Si piensas en ir a trabajar a un lugar quieres saber de qué puestos dispones”, dice. Y para presentar esa oferta no hay tiempo que perder. “El abandono rural, en muchos casos, requiere una intervención urgente, y somos la última generación con conciencia rural”.
Medrano espera que la nueva Ley de Montes, que prepara el Gobierno, solucione la posibilidad de recuperar la propiedad o se integren fórmulas de disfrute de los vecinos. “Las Administraciones han de asumir que con un coste muy pequeño se produce un retorno social tremendo. Merece la pena invertir en estructuración de la propiedad forestal”, anima

dimarts, 25 de febrer del 2014

El 90% del parque de viviendas español derrocha energía

Article publicat a El País

La llegada tardía a la eficiencia energética y el éxito inmobiliario contribuyen al despilfarro

La mejor solución para ahorrar en estas casas es la rehabilitación


Rehabilitación de edificios para mejorar su eficiencia energética en Madrid. / LUIS SEVILLANO

Los vecinos del número 15 de la calle de La del manojo de rosas de Madrid, en el barrio de Ciudad de los Ángeles, llevan años perdiendo calor por las ventanas. Y por los muros, el tejado, los cimientos. El edificio, construido en la década de los cincuenta del siglo pasado, “es como un radiador que emite constantemente energía al exterior. Un derroche”, asegura el arquitecto José Luis López. Pero tiene remedio. “Aislamiento de lana vertical de ocho centímetros, reforma de la cubierta, ventanas y contraventanas más eficientes, renovación de las instalaciones eléctricas y centralización de calderas. Con estas reformas vamos a conseguir un ahorro mensual de energía por encima del 50%, y posiblemente los vecinos solo necesitarán poner la calefacción un par de horas al día para tener su casa caliente”, augura López.

Un ahorro seguro

1. El coste medio de una rehabilitación energética es de 14.000 euros por vivienda media (calculada en 81 metros cuadrados), según una guía elaborada por WWF y Fundación Reale.
2. Una intervención energética debe incorporar tanto medidas pasivas (aislamiento de muros y cubierta, instalación de elementos de sombreado...) como activas (centralización de calderas y sustitución por otras más eficientes, instalación de energías renovables o renovación de electrodomésticos).
3. Una rehabilitación total puede conseguir un ahorro hasta del 80% en el consumo energético. Se calcula que la inversión puede recuperarse en solo 10 años.
4. La rehabilitación energética no solo ayuda a reducir el consumo, sino también reduce la entrada de ruidos, mejora la calidad del aire interior y contribuye a mejorar la calidad de vida de los habitantes de la vivienda.
Como este edificio, cuya rehabilitación forma parte de un programa piloto impulsado por la organización conservacionista WWF y la Fundación Reale en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid, el 90% de los 25 millones de viviendas que existen en España suspende en eficiencia energética. El dato se extrae de un estudio realizado por Certicalia, una red de más de 2.000 técnicos que realizan certificados energéticos en toda España, que deben tener obligatoriamente desde junio todas las casas que salgan a la venta o en alquiler. El informe, basado en una muestra representativa de 6.000 viviendas, refleja que ninguna alcanza la calificación A en consumo de energía (la más alta) y solo el 11% logra una B, C o D, que se consideran aprobados. El resto se queda en las letras E, F o G, que se consideran no eficientes.
¿Cómo se ha llegado a este grado de ineficiencia? “Primero, porque hasta 1979 no se introdujo la primera ley que incluía unos mínimos requisitos de aislamiento en las construcciones. Y hasta 2006, con la aprobación del Código Técnico de la Edificación (CTE), no se endurecen las exigencias para los edificios de nueva construcción para poder alcanzar al menos una calificación D”, explica Inés García, portavoz de Certicalia. Esto quiere decir que prácticamente todo el parque de viviendas se levantó sin tener en cuenta la eficiencia energética, porque desde 2007 hasta ahora se han edificado poco más de un millón de casas, según el Instituto Nacional de Estadística. “Y si consideráramos las nuevas exigencias para las nuevas construcciones que impone el nuevo CTE, que entra en vigor en marzo, prácticamente todas las casas estarían caducadas energéticamente”, apunta García.
“En España se ha legislado demasiado tarde, y a veces porque nos ha denunciado o multado la Unión Europea. Durante años no se ha pensado en las consecuencias que esto pudiera tener, como la pobreza energética, porque había dinero para pagar los recibos de la luz y el gas y las facturas no eran tan altas”, subraya Adrián Sánchez Molina, presidente de la Asociación Española para la Calidad en la Edificación (Asece). Según el estudio más reciente, realizado por la Asociación de Ciencias Ambientales, en 2010 lo sufría el 10% de la población, un porcentaje que puede haber subido varios puntos desde entonces.
Con una serie de reformas
se puede reducir el gasto
más de la mitad
“Ni siquiera ahora, cuando el problema está ya sobre la mesa, el Gobierno apuesta por la eficiencia. Primero, porque introduce trabas a las energías renovables. Y segundo, porque no está dando publicidad suficiente a la certificación energética. La muestra es que de los dos millones de viviendas que se calcula que deben tener el certificado por estar a la venta o en alquiler, solo medio millón lo han registrado”, añade Sánchez Molina.
Hay otros factores, aparte de la normativa tardía, que han contribuido a esta situación. “Con el boom inmobiliario se construyó mucho sin tener en cuenta el factor geográfico, ni la orientación de las fachadas, ni el emplazamiento, y eso tiene como resultado edificios que dependen de los sistemas mecánicos de climatización para calentarse o refrigerarse. En la arquitectura tradicional encontramos ejemplos mucho más eficientes: en el norte de España se construían galerías acristaladas, que captaban el calor del sol a modo de invernadero; en cambio, en el sur son tradicionales los patios sombreados y las ventilaciones cruzadas para refrescar las viviendas”, comenta la portavoz de Certicalia.
Alemania o Reino Unido
financian estas mejoras
en edificios antiguos
La nueva legislación garantiza que los nuevos edificios van a ser más eficientes, pero ¿qué pasa con ese 90% de los que ya construidos que suspende? “La única solución es la rehabilitación energética. Para cumplir con los objetivos energéticos y de emisiones de la UE para 2050, España debe establecer como meta una tasa de reforma de 400.000 viviendas anuales, el 1,5% del parque actual, frente a la tasa actual del 0,3%”, advierte Georgios Tragopoulos, técnico de eficiencia energética de WWF España. “Países como Alemania y Reino Unido ya han desarrollado políticas efectivas para financiar la rehabilitación de construcciones antiguas. España debería tomar nota, porque aquí está casi todo por hacer”, concluye.