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dijous, 6 de març del 2014

Sueños tecnológicos contra la pared de la realidad: el caso de la energía solar eléctrica

Publicat a Grupo de Energía y Dinámica de Sistemas

 
Aquellos científicos que tenemos un alma radicularmente ecologista (todo científico que sepa algo de cambio climático, energía a escala global, biodiversidad, etc. es un ecologista de raíz o un inmoral) hemos defendido las energías renovables desde siempre. Había motivos eco-lógicos y politico-lógicos para ello.

Y durante décadas se han desarrollado al calor de sueños lícitos en un mundo real: los pequeños molinos que subían agua del pozo se convirtieron en gigantes de más de 100 metros y el pequeño panel fotovoltaico que alimentaba un ordenador eficiente se convirtió en hectáreas valladas con cientos de paneles dentro. Queríamos energías nuevas y verdes para transformar el mundo y fue al revés.

Y muchos no han despertado de ese sueño y no quieren hacerlo porque bastantes problemas políticos han tenido estas tecnologías precisamente por venir defendidas por anticapitalistas de corazón.

Así que nuestro papel como investigadores es un tanto difícil y paradójico. Sabemos que nuestras estimaciones sobre los límites realistas de las renovables pueden servir de argumento a los que las atacan para defender las fósiles o la nuclear, cuando desde aquí defendemos que la transición energética a las renovables es necesaria (por motivos ecológicos) e inevitable (por motivos geológicos). Pero a la vez sabemos que existen ya grupos de presión en el sector renovable con mentalidad BAU (es decir, hacer lo de siempre con las herramientas de siempre: capitalismo neoliberal, pero con biomasa, viento o fotones, da igual) y grupos ecologistas y científicos tecno-optimistas haciendo su presión también .

Esta es nuestra última estimación recientemente publicada (aquí un borrador en versión no de pago):
Global solar electric potential: A review of their technical and sustainable limits. Nuestro primer intento de publicarla fue en Energy Policy (donde publicamos los límites del viento) pero topamos con revisores pro-fotovoltaica duros de convencer y uno de ellos incluso hizo trampas, cegado por su sueño de un mundo 100% renovable ya para el 2030. Tres años después el caso es que hemos publicado el trabajo en una revista de mayor impacto y prestigio, sencillamente porque tuvimos más suerte con los revisores.

Por supuesto que quien se lea el artículo podrá discrepar de nuestras estimaciones para el futuro, pero lo que es más importante es la misma conclusión que sacamos para la energía eólica: se exagera su potencial, el tecno-optimismo nos ciega. Nos tiende a cegar porque en la naturaleza humana, dicen los psicólogos, tendemos a ser optimistas a la hora de pensar en soluciones a nuestros problemas (y aquí sabemos que la energía es un problema de los gordos), y nos ciega porque se pierde la objetividad fácilmente cuando se lleva investigando, algunos décadas, en el desarrollo de una tecnología. Son estas personas las que suelen publicar sobre el potencial de esas tecnologías.

Para el caso del viento tuvo mucho delito: más de dos décadas publicando potenciales eólicos basándose en una metodología que terminaba violando el primer principio de la termodinámica y el principio de conservación de la cantidad de movimiento (si Boltzmann y Newton levantaran la cabeza…). Hoy siguen apareciendo artículos que siguen exagerando su pontencial, pero entre líneas el experto se dará cuenta de que ya reconocen que la metodología antigua estaba mal empleada.

Para el caso de la fotovoltaica y la concentración solar el delito quizás no es tan grave: simplemente no se les ha ocurrido a la mayoría confrontar lo que dicen sus papeles y sus cuentas con la simple realidad en una cuestión clave para estas tecnologías: la densidad energética, la energía eléctrica neta que viertes a la red por metro cuadrado de ocupación real de las infraestructuras necesarias. Nuestros resultados son contundentes: la densidad energética real es entre 4 y 7 veces menor que la publicada en revistas científicas en las que luego se basan informes como el de Greenpeace 100% renovables.

Y la cosa no acaba aquí, casi nadie tiene en cuenta que las energías renovables, como siempre dice nuestro amigo Pedro Prieto, son energías que se renuevan captadas con sistemas materiales que no se renuevan. Y nos topamos con límites parecidos a los que tienen las energías fósiles y nucleares: la escasez en un mundo finito con una economía soñando con el crecimiento perpetuo.

Con las tecnologías actuales que estamos aplicando difícilmente hay plata, germanio y otros minerales para producir más de 30 Exa-Julios al año (1TWe), cuando consumimos ya en forma eléctrica unas tres veces esa cantidad. Podemos solventarlo empleando menos plata y el abundante silicio en configuraciones que no requieran materiales escasos, sí, así podemos incluso multiplicar por varias veces ese límite, pero curiosamente, a costa de decrecer la densidad de energía (paneles menos eficientes) y por tanto haciendo quizás más cara la energía y sobre todo, requiriendo más espacio en un mundo que cada vez requiere más para otros usos humanos… Así pues, lo haremos mal: usando minerales escasos (como la mayoría de los “thin-film”) con límites a escala global irrisorios de unos 0,1TWe y a la vez usando mucho espacio en competencia no con las dunas del desierto (difíciles de parar por cierto en un mundo además que amplía los desiertos) sino con campos de cultivo o bosques.

Nuestra estimación en todo caso puede no ser muy pesimista en un mundo en transición decrecentista en una economía parecida a la de guerra: un límite para este siglo de 2-4TWe para la solar eléctrica (con macroestructuras para el almacenamiento de una parte de esa energía).

Además, Charles Hall y Pedro Prieto han publicado recientemente la TRE (tasa de retorno energético) de la fotovoltaica y su resultado es muy pobre (menos de 3) en un sistema que vierte en red la electricidad producida sin necesidad de almacenarla, con lo que los desarrollos tecnológicos del futuro a duras penas mejorarán una TRE si se pierde una buena parte en el almacenamiento (almacenar siempre cuesta energía: un tercio para el bombeo hidráulico, más de la mitad para el hidrógeno) y en las infraestructuras necesarias para ese almacenamiento. Puede que no dé de sí sin el apoyo de la energía fósil.

Con lo que personalmente yo me quedaría más con 2 que con 4 TWe.

En todo caso, para un mundo BAU verde es un jarro de agua fría que nos señala que la transición BAU por verde que se quiera hacer es un sueño, una entelequia, una utopía imposible (no deseable además si el BAU verde no se hace además humanamente equitativo, lo que tampoco sería BAU por cierto).

diumenge, 2 de març del 2014

Debates sobre decrecimiento: por favor, toquemos tierra (contestación a Vicenç Navarro)

Post publicat al web Grupo de Energía y Dinámica de Sistemas >> Universidad de Valladolid 




El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1][1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
- See more at: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=1994#sthash.zP2Ki6zi.dpuf



 





Navarro)



El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
- See more at: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=1994#sthash.zP2Ki6zi.dpuf




Navarro)



El profesor Navarro ha escrito en varias ocasiones desde su blog en Público en contra de la teoría del decrecimiento y en ocasiones ha citado a Floren Marcellesi, quien también ha respondido desde esas páginas. Últimamente este debate da la impresión de haber quedado bloqueado en una oposición frontal  y  no está dando lugar al constructivo flujo de ideas que sería deseable[1]. Es una lástima, ya que  este diálogo entre la “izquierda clásica” (con su objetivo de justicia social) y el “decrecimiento” (con su preocupación por los límites del planeta) es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo.

Tengo la impresión de que en los sucesivos artículos, Navarro y Marcellesi debaten acerca de términos como el decrecimiento, la producción o las energías renovables, pero sin  dar ejemplos y, probablemente, perdiéndose en discusiones semánticas. Si hablasen de cosas más concretas sería más fácil dialogar. Por ejemplo, cuando Navarro argumenta: “El decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer.” es difícil no estar de acuerdo con él. Es evidente que existen actividades económicas con menor consumo de energía. También es muy cierto que, como apunta Navarro, no debemos olvidar la variable política ni las relaciones de poder:” El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía”.


Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando bajamos a los casos concretos y, sobre todo, cuando usamos una visión un poco más sistémica y lo ponemos en relación con otros aspectos de la realidad también muy obvios. Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4,5% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de crudo. Para evitar esta sangría (que  no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en cambiar hacia actividades  que usen menos energía o utilicen energías renovables. Podríamos pensar en  varias opciones. Podemos, por ejemplo, no hacer nada y seguir con el mismo modelo de movilidad. Esto nos  llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolinas con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. Se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder permitirse tener un coche y no tener otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando, por ejemplo, por el vehículo eléctrico. Esto tendría la ventaja de beneficiar a la industria del automóvil  y aumentar la demanda de energía eléctrica que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que la alternativa del coche eléctrico es muy débil desde el punto de vista técnico. Los vehículos que se pueden poner en el mercado en esta década tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía que el vehículo equivalente de gasolina,  lo que se traduce en mucha menor autonomía  y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo que haga que los vehículos eléctricos o de hidrógeno sean mucho más eficaces, pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos  a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos  para los coches eléctricos de los pudientes? Actualmente ya estamos subvencionando cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción  puede parecer muy atractiva desde el punto de vista económico, pero los datos tecnológicos, sencillamente, nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad  penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, que sería especialmente atractiva para los menos pudientes. Se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción), pero el dinero que las familias no destinarían a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.


¿Qué solución es mejor? Probablemente ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber bien dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después debatir acerca de nuestras prioridades éticas.


En estos momentos no es suficiente con hablar de generalidades como  “cambiar la forma y tipo de producción”, es evidente que tenemos que cambiar, el problema es cómo queremos y podemos hacerlo: qué modelo de producción industrial y agraria proponemos, cómo organizamos nuestras ciudades,  qué tipo de banca y de comercio preferimos, etc. Y, sobre todo, sería deseable que  propongamos opciones que sean acordes con la realidad tecnológica, porque no sólo los ecologistas radicales y los seguidores de Paul Ehrlich hablamos de que los recursos naturales y la energía son finitos, Sr. Navarro. Eso es algo que afirman prácticamente todos los ingenieros y físicos del mundo, porque esa aseveración es uno de los contenidos básicos de los primeros cursos de cualquier carrera técnica. Es cierto que la energía renovable (cuyo flujo es limitado pero constante) se puede aprovechar más con el desarrollo de tecnologías renovables, pero el que podamos usar mejores o peores tecnologías dependerá de lo que lo que hayamos podido desarrollar. Las tecnologías necesitan tiempo y a veces tienen éxito, pero también a veces fracasan.


No podemos engañarnos e intentar ignorar las conclusiones que algunos científicos como Antonio Turiel, Mariano Marzo, Gorka Bueno o nuestro  propio grupo de la Universidad de Valladolid, están poniendo de manifiesto: la crisis energética es ya evidente, es muy grave y no va a poder ser resuelta con una mera sustitución tecnológica. En ese sentido, cuando el Sr. Navarro habla de lo que él llama “ecologistas radicales” y dice que “un número considerable de ellos muestra una sensibilidad maltusiana, que asume que los recursos naturales, como por ejemplo, los recursos energéticos, son fijos, constantes y limitados” no sé si es consciente de que probablemente él entiende por “recursos energéticos” cosas que no son exactamente lo mismo que esa energía física que nosotros medimos y estamos diciendo que tienen problemas. Por eso es tan importante que bajemos a los casos concretos, porque es ahí donde se ve con claridad si va a ser esa energía física la que va a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas o clases de inglés (o no).


Y si hablamos de energía física es deseable que cuantifiquemos. No basta con decir que Barry Commoner  afirma que la energía renovable puede crecer  ¿Cuánto puede crecer? ¿Los 0,06TW que actualmente se extraen de eólica, los 2TW que mi compañero Carlos de Castro pone como límites a la expansión de esta tecnología, los 17TW de energía primaria  que ahora mismo está consumiendo la humanidad o los 25TW que necesitaríamos si nuestros consumo sigue creciendo como hasta ahora otros 14 años?


Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen mucha razón cuando argumentan que tenemos que empezar a cuantificar la economía en términos de variables reales como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído. Estamos generando el mismo PIB con menos energía ¿se debe eso a que somos más eficaces tecnológicamente? ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos, ni es ese el decrecimiento que defienden personas como Marcellesi.

Los defensores de la dinámica de sistemas argumentan que los seres humanos tenemos tendencia a ver los problemas fijándonos únicamente en una causa, y eso nos proporciona una visión extremadamente miope,  porque los problemas tienen múltiples causas y múltiples efectos que, además, interaccionan unos con otros y se realimentan. Este debate en torno al decrecimiento da la impresión de estar pecando de ese error. Es estéril intentar discutir si es la energía la causa de todo o si lo es la injusta distribución del poder. Ambas causas están ahí,  ambas agudizan el problema y las dos son importantes. Y además, a la hora de proponer alternativas, debemos solucionar ambas a la vez.

Es una lástima que ecologistas y socialistas no estemos convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos.  Porque, si bien es interesante  proponer  experiencias colectivas que permiten vivir mejor con menos como las que desarrollan los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala. Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni los ecologistas podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple una de las visiones y uno de los objetivos a costa del otro es ingenua e indeseable.
Marga Mediavilla
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