Vivir en un “mundo lleno”
Durante el siglo XX tuvo lugar un acontecimiento decisivo, cuyas
consecuencias estamos aún lejos de haber asimilado. La humanidad, que
durante milenios vivió dentro de lo que en términos ecológicos puede
describirse como un “mundo vacío”,
ha pasado a vivir en un “mundo lleno”.
[1]
Habitamos hoy un planeta dominado por el ser humano, en una escala que
no admite parangón con ningún momento anterior del pasado. La humanidad
extrae recursos de las
fuentes de la biosfera y deposita residuos y contaminación en sus
sumideros, además de depender de las
funciones vitales básicas
más generales que proporciona la biosfera. Pero el crecimiento en el
uso de recursos naturales y funciones de los ecosistemas está alterando
la Tierra globalmente, hasta llegar incluso a trastocar los grandes
ciclos biogeoquímicos del planeta: la circulación del nitrógeno o el
almacenamiento del carbono en la atmósfera, por ejemplo. Por eso hemos
comenzado a hablar de
Antropoceno.
[2]

Portada de la 1ª edición del informe ‘The Limits to Growth’ (1972)
A comienzos del siglo XXI resulta plausible creer que ya se han alcanzado
the limits to growth,
los límites del crecimiento sobre los que alertaba el primer informe al
Club de Roma en 1972; que un ulterior crecimiento basado en el consumo
de mayor cantidad de recursos naturales y mayor ocupación de espacio
ambiental alejará todavía más al planeta de una economía sustentable; y
que, al sobrepasar los límites, estamos bloqueando aceleradamente
opciones que podríamos necesitar en el futuro.
[3]
La época en que las sociedades humanas y sus economías eran
relativamente pequeñas con respecto a la biosfera, y tenían sobre ésta
relativamente poco impacto, pertenece irrevocablemente al pasado. Parece
que no acabamos de hacernos cargos de la dureza de las rupturas y
discontinuidades históricas que tenemos por delante, vinculadas con la
escasez de energía y materiales, el deterioro de las condiciones
climáticas y ecológicas y el aumento de la conflictividad social y
geopolítica —al borde del abismo.
“Muchos son los problemas, una la solución”…
“Muchos son los problemas, una la solución: economía mapuche de
subsistencia” (reza uno de los ARTEFACTOS del poeta chileno Nicanor
Parra). Hoy cabe sospechar que, de forma sustentable, podríamos
estabilizar economías de subsistencia modernizadas, con energías
renovables y tecnologías intermedias…
[4]
pero no esas economías industriales hipertecnológicas cada vez más
automatizadas que espera el sentido común dominante. Quizá podríamos
orientarnos según la perspectiva de un
ecosocialismo descalzo.
[5]
No deberíamos esperar soluciones
high-tech y sociedades de
alta energía, sino más bien —como mejor posibilidad— comunidades con
algo de industria ligera, basadas en tecnologías intermedias… Pero bajo
la premisa de una gran descomplejización; y la expectativa de un nivel
de vida muy modesto en lo material, en comparación con lo que hoy —de
forma nada plausible— sigue prometiendo la ideología dominante.
Resulta interesante en este punto revisar brevísimamente el debate de
Esteban de Manuel Jerez con Vicenç Navarro (en junio de 2016), vale
decir, ecología política frente a socialdemocracia clásica… El primero,
en efecto, reprocha al segundo no salir de los planteamientos de la
socialdemocracia de los primeros decenios del siglo XX (sería el plan A
frente al neoliberalismo vigente del PPSOE). Frente a esto, subraya
Esteban con razón, no tenemos un planeta B,
[6] y por eso nos hace falta un plan B –que sería el programa de Equo sintetizado en la fórmula
Green New Deal.
[7] La tragedia es hoy que si el plan A tiene ochenta años de retraso,
[8]
el plan B tiene treinta o cuarenta. Desde un análisis más realista de
la situación, más vale ir preparando un plan C que nos sirva para ir
construyendo arcas de Noé… A esto lo podemos llamar ecosocialismo
descalzo.
[9]

Casdeiro
¿Quién lo paga?
Vale la pena detenernos un momento en esta cuestión crucial.
Examinemos las dificultades de la transición energética a partir del
caso concreto de la isla del Hierro, en Canarias.
Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?
En la naturaleza,
la “divisa fuerte” es la energía. Se cobra
y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no
se halla al margen de la naturaleza —a pesar de las ilusiones que
alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción
y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga —es
decir, con qué base energética se realiza?
Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si
pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en
determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos
culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de
la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.
Esto sucede también si indagamos en
posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad:
¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a
saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada
en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes
renovables?
Gorona del Viento: seamos realistas
Un desarrollo reciente —la electrificación parcial de la isla canaria
del Hierro con energías renovables— pueda servirnos como “miniestudio
de caso” para juzgar de forma realista las posibilidades de “solución
técnica” para los problemas socioecológicos, en los contextos reales
donde nos movemos. “El Hierro prescinde del petróleo”, se anunciaba a
bombo y platillo en prensa y televisión, el verano de 2014.
[10] La fanfarria prosigue dos años después.
[11]
El 27 de junio de 2014 se inauguró la central hidroeólica de Gorona
del Viento (abreviaremos CHE), permitiendo a los diez mil habitantes de
la isla canaria abastecerse parcialmente de electricidad renovable
(eólica, para ser más precisos). Cinco aerogeneradores, dos depósitos de
agua a diferente altura y un sistema de bombeo conforman lo esencial
del dispositivo.

Molinos eólicos de la central de ‘Gorona del viento’. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Casacanarias).
¿Un motivo de alegría, verdad? ¿Una iniciativa ejemplar? Sí y no. Reparemos en que
el proyecto nació en 1981:
y se materializa parcialmente, con gran fanfarria propagandística, 33
años más tarde. No es éste el lugar para contar la historia política
menuda de este retraso: en realidad, las mismas fuerzas que pusieron
palos en las ruedas son las que hoy intentan colgarse las medallas, como
bien saben las y los ecologistas canarios. El juicio de Federico
Aguilera Klink (catedrático de la Universidad de la Laguna, y uno de los
mayores expertos de nuestro país en economía ecológica) sobre Gorona
del Viento es muy severo: “…un bluff más que otra cosa, no es nada de lo
que dicen los medios masivos que ‘repiten’ notas de prensa de un
gobierno que ignora el medio ambiente, el territorio, la democracia y
las energías renovables y que, después, de impulsar la construcción
disparatada del Puerto de Granadilla, descatalogando especies
protegidas, ahora se apunta a lo de El Hierro como si fuese una
revolución —no lo es— que han impulsado ellos…” (comunicación personal,
28 de junio de 2014).
Más de tres decenios para hacer a medias lo que hubiera debido
desplegarse rápidamente a partir de los años setenta del siglo XX, en
paralelo con importantes transformaciones económicas, sociales y
culturales… Y al final, lo que tenemos es un proyecto piloto, uno más.
Afirmaciones propagandísticas como “con la CHE se habrá conseguido el
objetivo de ser 100% renovable”, o “con la CHE conseguiremos el
autoabastecimiento energético de la isla”, están completamente fuera de
lugar.
El Hierro sólo ha logrado prescindir de una parte pequeña del petróleo con que la isla está funcionando actualmente… Veámoslo.
En el Hierro se venían consumiendo cada año unos 15.150 TEP
(toneladas de equivalente de petróleo) en hidrocarburos (177.000 MWh
aproximadamente), de los cuales antes de la CHE el 23% se destinaba a la
generación eléctrica con grupos diésel. Hasta 2014 la generación
eléctrica a partir de las energías renovables era insignificante, un
0,8%.

Esquema altimétrico de la central. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Gorona del Viento – El Hierro).
Antes de la entrada en funcionamiento de la CHE, se estimaba que como
máximo podría sustituir el 70% de la energía eléctrica consumida en la
isla. Sin embargo, los ingenieros Sergio González y Juan Lorenzo (que
han participado tanto en la redacción de su proyecto como en su
posterior construcción) estimaban que a causa de la estacionalidad del
régimen de vientos en la isla, la generación de la CHE no superaría el
55% de la demanda.
[12] De hecho, tras un par de temporadas en funcionamiento, el cuidadoso estudio de Roger Andrews
[13]
muestra que la CHE está proporcionando el 34’6% de la electricidad que
consumen los herreños y herreñas: una tercera parte del consumo… sólo de
electricidad, cuyo consumo total, recordemos, supone el 23% del consumo
de energía de los isleños. En suma,
Gorona del Viento aporta apenas el 8% de la energía usada en el Hierro; el 92% restante sigue siendo energía fósil. No es como para echar las campanas al vuelo, ¿verdad?
El coste estimado del proyecto, señala Pedro Prieto (comunicación
personal, 19 de julio de 2016), supera los 80 millones de euros; si lo
hubiesen tenido que pagar a escote los diez mil herreños y herreñas,
tocarían a unos 8.000 euros por cabeza. ¿Esto es mucho o poco —por el
34% de su consumo eléctrico, que una vez hecha la inversión saldría casi
gratis durante varios decenios? Depende.
Lo que muestra la CHE de Gorona del Viento es —discúlpese el trazo grueso de las tres conclusiones que siguen—: A)
Las dificultades para la transición energética hacia la sustentabilidad, en un entorno político y económico hostil, son enormes
(cuando lo que haría falta son transformaciones estructurales muy
profundas, lo que tenemos son pequeños proyectos piloto… que llegan con
retraso y en muchos casos sirven para adormecer o enjalbegar algunas
conciencias inquietas, mientras la destrucción causada por el
productivismo/ consumismo sigue desplegándose a gran escala). B)
Sin
reducir drásticamente la movilidad motorizada, no hay manera de que
encajen las piezas del rompecabezas de la transición energética (el grueso del consumo energético no eléctrico mueve los motores de nuestros insostenibles sistemas de transporte). C)
Las energías renovables no pueden proporcionar el sobreconsumo energético que hoy nos parece “normal”, aunque sí podrían abastecer a una sociedad que hubiese aprendido lo que significan
suficiencia y eficiencia en el consumo energético (reduciéndolo a una décima parte aproximadamente del actual).
En definitiva, Gorona del Viento es una buena iniciativa (aunque
mucho más modesta de lo que la propaganda mediática quiere hacer creer)
que llega con tres decenios de retraso. Y para proporcionar a largo
plazo la base energética de una sociedad sustentable (en una pequeña
isla, en este caso), esta CHE requeriría un marco político
—poscapitalista y ecosocialista— y un marco moral —de autocontención—
que estamos muy lejos de haber construido. Y que por desgracia queda muy
lejos del “sentido común” que hoy por hoy siguen cultivando las
mayorías sociales.
Las transiciones energéticas y el ecosocialismo descalzo
Reflexionemos ahora sobre transiciones energéticas en un marco
general. Un relato ampliamente compartido sería el siguiente: “Julio
Torres Martínez, físico e investigador cubano, dice que nos enfrentamos a
la tercera transición energética. La primera se produjo a mediados del
siglo XVIII con la sustitución de la leña y el carbón vegetal por hulla o
carbón mineral. La segunda fue el cambio del carbón mineral al petróleo
y sus derivados, y la tercera significa cambiar progresivamente el
petróleo y el gas por ahorro, eficiencia y energías renovables”.
[14]
Tiene algo de tranquilizador, esta ordenada secuencia de
transiciones… Al fin y al cabo, si ya se realizaron dos de estas
transiciones en el pasado histórico reciente, ¿por qué no emprender
animosamente la tercera? Pero hay algo engañoso en este relato. Pues
no ha existido nunca antes una transición energética en el sentido de un proceso prefigurado, planificado y controlado:
en ese sentido, la “tercera transición” sería realmente la primera en
la historia de la humanidad. Además, lo que se dio en aquellos dos
primeros procesos fue en realidad la acumulación de diferentes vectores
energéticos y formas de aprovechamiento,
no la sustitución de unas formas de aprovechamiento por otras
(nunca en la historia humana se quemó tanto carbón como en el segundo
decenio del siglo XXI), que es lo que hoy estaría a la orden del día.
Por eso puede decir Jean-Baptiste Fressoz que “el concepto de transición
es un peligroso espejismo, sin referente histórico”.
[15] En el mismo sentido, Manuel Sacristán, en su entrevista de 1983 con la revista mexicana
Naturaleza,
señalaba que no hemos de olvidar “que un cambio radical de tecnología
es un cambio de modo de producción y, por lo tanto, de consumo, es
decir, una revolución; y que por primera vez en la historia que
conocemos hay que promover ese cambio tecnológico revolucionario
consciente e intencionadamente”.
[16]
Una transición energética hacia sociedades sustentables quiere decir, sin duda,
energías renovables (y una descarbonización muy rápida de la economía).
Así que la pregunta clave resulta ser: para mantener sociedades
complejas ¿qué pueden proporcionarnos las fuentes renovables de energía?
Si Barry Commoner ya no está a nuestro alcance, tendremos que echar mano de Ivan Illich

Antonio García Olivares, Pedro Prieto, Carlos de Castro y Gail Tverberg
En
años recientes, y en nuestro país, esta cuestión trascendental ha sido
objeto de un vivo debate, donde —simplificando— la posición pesimista la
sostienen investigadores como Carlos de Castro y Pedro Prieto, y la
posición optimista está representada por los trabajos de Antonio Gª
Olivares y su equipo.
[17]
Parte del debate se centra en las diferentes estimaciones que
hallamos entre los expertos en dos cuestiones clave: 1) los remanentes
de energía fósil que podemos (y deberíamos —teniendo en cuenta la
constricción climática) destinar a la transición socioecológica; y 2)
las TRE (tasas de retorno energéticas) más realistas que cabe asignar a
las fuentes alternativas de energía (eólica, solar fotovoltaica, solar
térmica, etc).
[18]
Dicho de otro modo: ¿es aún viable en el segundo decenio del siglo XXI,
ya en tiempos de descenso energético, una sociedad industrial avanzada
basada en energías renovables? Bastante gente —sobre todo en el sector
de los
peakoilers— cree que no:
“La única clase de energías renovables con la que podemos
contar a la larga son las que usaban nuestros antepasados, como la
leña, los animales de labor y los buques de vela. Quienquiera que hoy
decida usar las tecnologías renovables modernas, como paneles solares
fotovoltaicos y una bomba de agua preparada para funcionar con tales
paneles, tiene que hacer planes para el día en que la tecnología falle.
En ese momento, habrá que tomar decisiones duras sobre cómo el grupo
vivirá sin tal tecnología.”[19]
Gail Tverberg –que ha hecho un trabajo inmenso desde su blog
Our Finite World–
representa bien esta posición pesimista: sostiene que las energías
renovables modernas son sobre todo una extensión de los combustibles
fósiles, y que “cuando no tengamos combustibles fósiles tampoco
tendremos renovables” (se entiende: renovables
high-tech).
[20]
Atendamos a la posición optimista. En el mejor de los casos ¿qué tipo
de transición energética sería viable? Un importante trabajo de Antonio
García-Olivares y colaboradores (investigador del CSIC, científico
especializado en simulación matemática y dinámica de sistemas) muestra
que se puede concebir un mix mundial de fuentes renovables que utilice
tecnologías ya probadas y materiales comunes (sorteando los fuertes
factores limitantes que encontramos en el plano técnico-material, tales
como las reservas mundiales de litio, níquel o neodimio), capaz de
generar la energía suficiente para una sociedad industrial sustentable.
Pero
ello sólo sería posible con una ingente reorientación del esfuerzo inversor
(digámoslo claramente: un esfuerzo incompatible con la organización de
las prioridades privadas de inversión bajo el capitalismo),
y se llegaría a una situación de generación estacionaria de energía (básicamente electricidad), situación incompatible con la continuación del crecimiento socioeconómico exponencial de los últimos decenios.
[21]
Es decir, la transición energética “buena” requiere algo así como una
revolución ecosocialista mundial (o casi) que fuese capaz de constituir
en tiempo récord una suerte de Soviet Energético Supremo con control
sobre las políticas globales, y ello orientado a edificar una
steady-state economy poscapitalista de alta tecnología.
Debería resultar claro que las urgencias ecológicas apremian (el
tiempo para una transición ordenada se acabó y hoy estamos más bien en
tiempo de descuento) y que por desgracia
no se dan, ni van a darse, las condiciones políticas y culturales necesarias para ese escenario de transición hacia energías renovables
high tech… Lo técnicamente factible (aún quizá, a duras penas) no es viable social y políticamente.
[22]
Por desgracia, hoy no sería ya el momento de pensar en transiciones
(ordenadas y graduales), de acuerdo con el paradigma del desarrollo
sostenible… Las alternativas son más bien
SOCIALISMO O BARBARIE, REVOLUCIÓN O COLAPSO.
[23] Pero
esa revolución ecosocialista y ecofeminista no va a realizarse en tiempo y forma.
De manera que no necesitamos sólo un “Plan B” (o más bien diversos
planes) para transiciones más o menos ordenadas, que son cada vez más
improbables; necesitamos como mínimo un “plan C” (muchos planes) que
intenten paliar la barbarización social asociada a los colapsos que
vemos venir.
[24]
El tipo de transiciones-mezcladas-con-colapsos que se darán en el
mundo real de nuestro siglo XXI —el Siglo de la Gran Prueba— serán algo
mucho más modesto que lo que reivindica el ecosocialismo
high-tech, y por eso tiene sentido, en mi opinión, hablar de ecosocialismo descalzo.
[25]
Al final –por decirlo con referencias ecologistas de los años setenta
del siglo XX-, todo indica que Barry Commoner ya no está a nuestro
alcance; el futuro tendrá que parecerse más a Ivan Illich. Si finalmente
la Modernidad occidental se revela como un gigantesco experimento
histórico fallido —y fallido de la peor forma posible, que pensamos como
colapso—, ¿no habrá que revisar el tradicional desprecio occidental por
el “tradicionalismo antimodernista” o las “comunidades de tecnología
simple”?
Dos prototipos de aviones high-tech …¿para una movilidad sostenible?
Volvamos a razonar sobre casos concretos. En el segundo decenio del
siglo XXI, dos iniciativas aeronáuticas de alta tecnología nos permiten
visualizar el callejón sin salida donde nos ha metido el sistema
dominante.
Tenemos, en primer lugar, el avión fotovoltaico Solar Impulse. Una
admirable proeza tecnológica en la que se han invertido decenas de
millones de dólares, que se nos presenta como la prueba viva de que las
energías renovables están ahí listas para tomar el relevo… si no fuera
porque es un planeador incapaz de mover demasiado peso y que vuela a 70
km. por hora.
[26]
Sólo tiene capacidad para una persona —el piloto— dentro de su
estructura de fibra de carbono. Por más que fantaseemos con ello, no
habrá aviones solares que puedan hacer el trabajo que realiza la
aviación comercial y militar basada en combustibles fósiles. Las
renovables no pueden darnos el mundo de potencia, velocidad y
destructividad del capitalismo basado en combustibles fósiles. Las
energías renovables pueden proporcionarnos lo suficiente -pero no el
sobreconsumo energético que hoy parece “normal”.
[27]

En segundo lugar, tenemos el avión supersónico que está desarrollando la compañía Boom Technology
[28]
en colaboración con Virgin Galactic, una empresa subsidiaria de Virgin
Group, del famoso empresario Richard Branson. Se trata de un avión que
se supone volará a 2’2 veces la velocidad del sonido, a más de 2.400
kilómetros por hora (es decir, 34 veces más rápido que el Solar Impulse)
y que podría así cruzar el Atlántico en menos de cuatro horas.
[29]
Boom Technology ha anunciado que podría tener un prototipo real del
avión a finales de 2017. Se trataría, en este caso, de extremar la
apuesta fáustica de los combustibles fósiles, ofreciendo servicios
extraordinarios para el 1% de la elite global
[30] –aunque sea a costa de devastar el mundo en el intento.
Ninguno de estos dos prototipos tiene nada que ver con la movilidad sostenible.
El ecosocialismo descalzo que podemos propugnar para el Siglo de la
Gran Prueba nos indica que movilidad sostenible es, en primer lugar,
menos movilidad.
“Todos queremos más”, enseña una canción de la que se han hecho
múltiples versiones (hay una, por ejemplo, de Peret). El gran desafío es
vencer esa
conventional wisdom y ser capaces de afirmar: lo suficiente basta.
El “Maximum Power Principle” intuido por diversos biólogos desde
tiempos de Lotka fue enunciado por Howard T. Odum en estos términos:
“Durante la auto-organización, se desarrollan y prevalecen diseños de
sistemas que maximizan el consumo de energía y su transformación, así
como aquellos usos que refuerzan la producción y la eficiencia”
[31]…
Viene a ser el “todos queremos más” elevado a rango de conjetura
científica de alto nivel. ¿De verdad los seres racionales que se supone
somos van a ser incapaces de limitar el
Maximum Power Principle con medidas de autocontención?
Aquí vale la pena observar que
power tiene en realidad un
triple sentido: en castellano significa energía, pero también poder como
dominación, y poder como capacidad.
[32] Desde el tercero de los sentidos de
power
(digamos, un desarrollo armónico de las capacidades humanas) ¿no
podríamos poner límites a los dos primeros (el aumento constante del uso
de energía y de la dominación)?
El lema comercial de la sociedad de la mercancía es NO LIMITS. El
primer mandamiento de una sociedad que quiera tener futuro en el tercer
planeta del Sistema Solar es asumir límites.
¿Se considerará de mal gusto recordar que el prototipo de nave
espacial de Virgin Galactic se estrelló en el desierto de Mojave el 31
de octubre de 2014?
Déjame creer lo que quiera
“Déjame creer lo que quiera, incluso que las arañas bajarán a tierra
por un hilo nuevo”, le dice Colombina a Pierrot en un hermoso texto de
Joan Brossa.
[33] “Dime que me quieres aunque sea mentira”, le pedía Sterling Hayden a Joan Crawford en aquella gran película que es
Johnny Guitar… “El hombre no puede soportar demasiada realidad”, reza el conocido verso de los
Cuatro cuartetos de Eliot (quien parece responder a la intimación de Nietzsche: ¿cuánta verdad es capaz de soportar el ser humano?).
Hay en alemán una expresión interesante:
Lebenslüge, mentira
existencial. Literalmente se traduciría por “mentira vital”: una clase
de autoengaño que necesitamos para seguir adelante, para sobrellevar una
existencia que si no se haría insoportable. (El concepto, parece, fue
acuñado por Ibsen a finales del siglo XIX: “Quítele a una persona su
mentira existencial, y con ello la privará al mismo tiempo de su
felicidad”, escribía el dramaturgo noruego en su otra teatral de 1884
El pato silvestre).
“Sin la ficción, sin el autoengaño, nuestra vida sería peor de lo que
es ahora”, postula con rotundidad el profesor de estética Fernando
Castro Flórez.
[34] Pero ¿bajo qué condiciones una “mentira vital” se convierte en mentira mortal?
Puede que el
positive thinking, como sostienen los gurús de
la autoayuda, alargue nuestra vida y nos ayude a lograr nuestras metas;
pero también infantiliza a nuestras sociedades hasta tal punto que hace
difícil la continuidad de la vida civilizada en el planeta Tierra. Una
cosa es impedir que la verdad nos agríe el carácter, y otra distinta
autoengañarnos, ¿verdad? Lo segundo no es condición necesaria para lo
primero.

Portada de ‘El Siglo de la Gran Prueba’ de Jorge Riechmann
La
Lebenslüge
de nuestras sociedades es que podrán continuar su senda de expansión
industrial sin trabas. Ahora bien, en el Siglo de la Gran Prueba que es
el nuestro, ¿cabrá contar con un abastecimiento creciente de energía y
un clima estable? Las expectativas de progreso social y crecimiento
económico que hoy prevalecen dan por sentado que sí; pero un análisis
realista y racional de nuestra situación —dónde estamos en el segundo
decenio del siglo XXI— indica que no. Las expectativas que prevalecen
indican, por ejemplo, que sobrará petróleo por todas partes cuando se
generalice el coche eléctrico;
[35]
una reflexión mejor informada sabe que más bien deberíamos estar
preguntándonos si, en diversos ámbitos, no estaremos regresando a la
tracción animal más pronto que tarde. Nos prometen el internet de las
cosas, la producción robotizada y la digitalización total… pero en el
mejor de los casos tendremos quizá una buena Edad Media.
[36]
Por favor, ¡no seamos tan crédulos! La cuestión no estriba en ser
optimistas o pesimistas: se trata, antes que nada, de analizar la
realidad sin hacernos trampas en el solitario. La cultura dominante se
ha situado —y nos ha situado a todas y a todos— fuera de la realidad.
Basta con reflexionar un rato sobre clima y energía para darse cuenta de
ello… Nuestras sociedades petrodependientes y biocidas no deberían
reprimir esta reflexión, a comienzos del Siglo de la Gran Prueba.

Demián Morassi
Notas
[1]
Ha sido el economista ecológico Herman E. Daly quien más lúcidamente ha
argumentado que ya no nos encontramos en una “economía del mundo
vacío”, sino en un “mundo lleno” o saturado en términos ecológicos
(porque los sistemas socioeconómicos humanos han crecido demasiado en
relación con la biosfera que los contiene): Véase Daly y y John B. Cobb,
Para el bien común, FCE, México 1993, p. 218. También Daly,
“De la economía del mundo vacío a la economía del mundo lleno”, en
Robert Goodland, Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 37-50.
[2]
El término fue formulado en 2000 por el químico holandés Paul J.
Crutzen (junto a Eugene Stoermer), ganador en 1995 del Premio Nobel de
su especialidad por sus aportaciones a la química del ozono en la
atmósfera terrestre. Véase Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer, “The
Anthropocene”, Global Change Newsletter 41, mayo de 2000; así
como W. Steffen y otros, “The Anthropocene: from global change to
planetary stewardship”, AMBIO vol. 40, 2011, p. 739-761. Una síntesis de
datos y análisis en Ramón Fernández Durán: El Antropoceno: la expansión del capitalismo global choca contra la biosfera, Ed. Virus, Barcelona 2011. (Puede descargarse una versión anterior del libro en http://www.rebelion.org/docs/104656.pdf). Reflexión de fondo en Clive Hamilton (ed.), The Anthropocene and the Global Environmental Crisis. Rethinking modernity in a new epoch, Routledge 2015.
¿Cuándo habría comenzado esta era, marcada por las transformaciones
globales antropogénicas que estamos causando en la biosfera, y que
seguiría al Holoceno? Una propuesta es considerar la fecha de la
detonación de la primera bomba atómica, en el desierto de Nuevo México
el 16 de julio de 1945, como principio del Antropoceno. Los elementos
radiactivos depositados en los sedimentos a raíz de aquella y sucesivas
explosiones (una cada 9’6 días hasta 1988) tienen un origen
inequívocamente humano, como lo tienen los plásticos que se depositan en
los fondos marinos. Véase al respecto J. Zalasiewicz y otros, “When did
the Anthropocene begin? A mid-twentieth century boundary level is
stratigraphically optimal”, Quaternary International (2014), http://dx.doi.org/10.1016/j.quaint.2014.11.045 . Una síntesis de este estudio en Malen Ruiz de Elvira, “La bomba atómica marca una nueva era geológica”, Público, 27 de enero de 2015 (http://www.publico.es/ciencias/bomba-atomica-marca-nueva-geologica.html).
Hoy las pruebas se amontonan: extinción de flora y fauna,
micropartículas de plástico y aluminio en sedimentos oceánicos,
depósitos masivos de nitrógeno y fósforo de uso agrícola que alteran los
ciclos químicos básicos, los indicios radiactivos de las detonaciones
de bombas nucleares desde 1945 hasta el final de las pruebas atómicas de
superficie en los años sesenta y, por supuesto, el dióxido de carbono.
En los años cincuenta, el CO2 en la atmósfera se medía en 315 partes por
millón (ppm), superando las 280 ppm, la media aproximada a lo largo de
los últimos 5.000 años. En 2016 llegó a las 400 ppm y sigue creciendo.
En definitiva, los geólogos tienen razones fundadas para fechar el
Antropoceno alrededor de 1945. Véase Colin N. Waters y otros, “The
Anthropocene is functionally and stratigraphically disctinct from the
Holocene”, Science vol. 351 num. 6269, 8 de enero de 2016; DOI 10.1126/science.aad2622; http://science.sciencemag.org/content/351/6269/aad2622
[3]
Robert Goodland, “La tesis de que el mundo está en sus límites”, en
Robert Goodland Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 19.
[4] Una sugerente actualización de las ideas de los años setenta sobre tecnologías “blandas” o de alcance intermedio en el blog http://www.lowtechmagazine.com/ (versión española en http://www.es.lowtechmagazine.com/ ).
[5] Por analogía con la propuesta de economía descalza de Manfred Max-Neef.
[6]
“La principal ausencia en el discurso socialdemócrata de Vicenç Navarro
para salir de la crisis, recuperando las bases de la democracia y con
políticas redistributivas, es la carencia de referencias a la cuestión
de los límites de la acción humana sobre el planeta. Para redistribuir
hay que crecer y la inversión pública debe ser el motor. Su receta es el
New Deal 80 años después. Pero hace 80 años disponíamos de energía
barata en abundancia y no se apreciaban significativos impactos en el
planeta. El debate de sobre los límites del planeta se inició en los
años setenta, hace más de cuarenta años. Y me remito a los datos
cuantitativos sobre impacto del hombre en el cambio climático, con
niveles de CO2 en la atmósfera: hemos pasado de 280 antes de 1800 a 402 p.p.m. de CO2 en la atmósfera, el doble de las que provocaron la última glaciación. ¿Cómo crecer el P.I.B. decreciendo los niveles de CO2
en la atmósfera? Esa es una pregunta ausente en el discurso del
profesor Navarro. La huella ecológica global es hoy 1.5 veces la
capacidad bioproductiva del planeta. La de España, de generalizarse, nos
llevaría a necesitar tres planetas. Pero no tenemos Planeta B, ni C.
¿Cómo generar empleo en España reduciendo nuestra huella ecológica?”
Esteban de Manuel Jerez, “No tenemos un Planeta B, sí tenemos un Plan
B”, entrada del 5 de junio de 2016 en su blog Letras emergentes; https://estebandemanueljerez.wordpress.com/2016/06/05/no-tenemos-un-planeta-b-si-tenemos-un-plan-b/#more-1140
[7]
“El Plan B existe y está en el debate desde hace décadas: el Green New
Deal como estrategia para cambiar el modelo productivo hacia una
economía en equilibrio con la naturaleza y orientada al bien común. Ayer
día 4 celebramos el quinto aniversario de la constitución de Equo que
en estos años ha logrado constituirse en el referente de la ecología
política en España”, ibid.
[8]
El congreso del SPD en Bad Godesberg se celebró en noviembre de 1959. A
pesar de lo cual, ¡ahí seguimos! En su encuentro con empresarios
españoles en el Hotel Ritz, en junio de 2016, Pablo Iglesias “ha
desgranado su habitual discurso: la defensa de una salida neokeynesiana a
la crisis. El líder de Podemos se ha reivindicado, como ya hiciera ante
los empresarios catalanes en Sitges, como la nueva socialdemocracia” (Aitor Riveiro: “Pablo Iglesias: si hay una palabra que defina nuestra candidatura es patriótica”, eldiario.es, 6 de junio de 2016; http://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-Ritz-candidatura-patriotica_0_523897662.html ).
[9]
Sin perder de vista, y éste es un enorme asunto que no cabe tratar
ahora, que ¡la escasez de petróleo no tiene por qué significar escasez
de vida buena!
[10] Pedro Murillo, “El Hierro prescinde del petróleo”, El País, 28 de junio de 2014.
[11] Teguayco Pinto, “La isla de El Hierro, un paraíso sostenible”, eldiario.es, 11 de julio de 2016; http://www.eldiario.es/sociedad/sostenibilidad-El_Hierro-renovables_0_536847005.html
[12] Sergio González y Juan Lorenzo: “Central hidroeólica de el hierro: una visión crítica”, http://www.sanborondon.info/content/view/62214/1/
Sergio
González Martín es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Jefe de
Infraestructuras de Gorona del Viento (2009-2013). Juan Lorenzo Falcón
Domínguez es ingeniero Industrial. Jefe de Explotación de Gorona del
Viento (2008-2012).
[13] Roger Andrews, “El Hierro completes a year of full operation”, Energy Matters, 11 de julio de 2016; http://euanmearns.com/el-hierro-completes-a-year-of-full-operation/
[14] Leire Urkidi en la “Introducción” a Transiciones energéticas,
libro del grupo de investigación Ekopol (de Iñaki Bárcena y otros
investigadores/as) que se publica en 2015. Se dio a conocer en el curso
“Transición energética en Euskal Herria: Sostenibilidad y Democracia
Energética”, Bilbao, 22 al 23 de junio de 2015.
[15] Jean-Baptiste Fressoz, “Pour une histoire désorientée de l’énergie”, Entropia. Revue d’étude théorique et politique de la décroissance 15, otoño de 2013.
[16] Manuel Sacristán, De la Primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón (edición de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal), Los Libros de la Catarata, Madrid 2004, p. 188.
[17]
Tendremos más elementos de juicio para este debate trascendental a
medida que se desarrolle MEDEAS (acrónimo de “Modelizando la transición
energética renovable en Europea” en inglés), un proyecto europeo
coordinado por Jordi Solé y financiado en el marco del esquema Horizonte
2020 de financiación de la investigación europea. En él van a trabajar
codo con codo investigadores españoles “optimistas” como Gª Olivares y
“pesimistas” como Carlos de Castro, junto con científicos de varios
países más. Véase Antonio Turiel, “Arranca el proyecto MEDEAS”, blog The Oil Crash, 16 de febrero de 2016; http://crashoil.blogspot.com.es/2016/02/arranca-el-proyecto-medeas.html
[18]
Para esta controversia véase también el intercambio entre David
Schwartzman, Pedro Prieto y Carlos de Castro, en septiembre de 2015, que
he recogido en mi blog Tratar de comprender, tratar de ayudar: http://tratarde.org/un-horizonte-de-comunismo-solar-articulo-de-david-schwartzman-y-quincy-saul-pensando-en-venezuela-actualizacion/
[19] Gail Tverberg, “Deflationary collapse ahead?”, en su blog Our Finite World, 26 de agosto de 2015; http://ourfiniteworld.com/2015/08/26/deflationary-collapse-ahead/
[20]
Gail Tverberg en el documental de la UNED “Desmontando la energía.
Cap.3: Las ilusiones renovables”, publicado el 8 de julio de 2016 en https://www.youtube.com/watch?v=Rd2Vhw31iL8 , minutos 17 y ss.
[21]
Antonio Garcıa-Olivares, Joaquim Ballabrera-Poy, Emili García-Ladona y
AntonioTuriel: “A global renewable mix with proven technologies and
common materials”, Energy Policy 41 (2012), p. 561–574.
[22] El más decisivo stress test
para la izquierda occidental en muchos decenios tuvo lugar en
2007-2010, y su resultado fue terrible: evidenció que prácticamente no
hay izquierda en Occidente (vale decir, fuerzas organizadas que luchen
por la igualdad y la emancipación humana). Cuando se tambaleaban los
cimientos de la fatídica dominación que ha impuesto el capital
financiero sobre el conjunto de la sociedad en los pasados cuatro
decenios de creciente hegemonía neoliberal, cuando hubiera sido el
momento —kairós— para emprender una decidida corrección de
rumbo, comenzando por una regulación drástica de la banca privada y el
desarrollo de una potente banca pública, ¡nada de eso tuvo lugar! Tras
ese momento de desnudez y revelación, sabemos que no podemos esperar, a
corto plazo, que una izquierda renovada consiga imponer políticas
favorables al bien común. Antes al contrario: son las fuerzas de
ultraderecha las que se robustecen por toda Europa y EEUU en la “salida
de la crisis”…
[23] Sobre todas estas cuestiones he discurrido en Jorge Riechmann, Autoconstrucción, Catarata, Madrid 2015, especialmente el cap. 1.
[24] Sobre colapsos ecológico-sociales véase: Joseph Tainter, The Collapse of Complex Societies, Cambridge, Cambridge University Press 1988. Jared Diamond, Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona 2006. Peter Turchin y Surgey Nefedov, Secular Cycles, Princeton University Press 2009. Ugo Bardi, Los límites del crecimiento retomados, Catarata, Madrid 2014. Ferran Puig Vilar, ¿Hasta qué punto es inminente el colapso de la civilización actual?,
libro publicado en varias entregas en su blog “Usted no se lo cree”
durante las navidades de 2014-2015 (entre el 23 de diciembre y el 17 de
enero), https://ustednoselocree.com/background-climatico/otros/hasta-que-punto-es-inminente-el-colapso-de-la-civilizacion-actual-indice-tentativo/ . Y Carlos Taibo, Colapso, Catarata, Madrid 2016.
[25] Un buen arranque para pensar en esa dirección: Jérôme Baschet, Adiós al capitalismo, NED, Barcelona 2015.
[26]
El Solar Impulse es un avión alimentado únicamente mediante energía
solar fotovoltaica, tanto de día como de noche. Puede volar durante el
día propulsado por las células solares que cubren sus alas, a la vez que
carga las baterías que le permiten mantenerse en el aire durante la
noche, lo que le proporciona gran autonomía. En 2015-2016 está dando la
vuelta al mundo; por ejemplo, el 23 de junio de 2016 aterrizó en Sevilla
procedente de Nueva York, tras un vuelo sobre el Atlántico de 71 horas y
8 minutos. Véase http://www.solarimpulse.com/
[27] Véase la reflexión de Richard Heinberg: http://www.resilience.org/stories/2015-06-05/renewable-energy-will-not-support-economic-growth
[28] http://boom.aero/
[29]
Esta velocidad supondría ir 2’6 veces más rápido que una aerolínea
actual estándar y recorrer así la distancia entre San Francisco y Tokio
en cinco horas, en vez de las 11 habituales.
[30]
Se supone que el billete aéreo costaría 5.000 dólares. En palabras de
Blake Scholl, el fundador y director del proyecto: “Estamos hablando del
primer avión supersónico en el que la gente puede permitirse volar”.
¿Qué gente? Scholl definía este precio como “prácticamente el mismo” que
el coste de viajar en clase business. Este nuevo avión tendría
solo cuarenta asientos, separados en dos filas, con el objetivo de que
cada pasajero tenga vista directa “de la curvatura de la Tierra”.
[31]
“During self-organization, system designs develop and prevail that
maximize power intake, energy transformation, and those uses that
reinforce production and efficiency”, leemos en la Wikipedia (https://en.wikipedia.org/wiki/Maximum_power_principle). Desde la biología evolucionista se ha sugerido también una importante Constructal Law (https://en.wikipedia.org/wiki/Constructal_law).
[32] Spinoza en su Tractatus politicus (1677) establece la importante diferencia entre las palabras latinas potentia y potestas. Potentia significa el poder de las cosas en la naturaleza, incluidas las personas, “de existir y actuar”. Potestas se utiliza en cambio cuando se habla de un ser en poder de otro. (En alemán, la pareja de conceptos Macht/ Herrschaft capta la distinción: se ve bien en Max Weber.) Tenemos entonces potentia como “poder para”, poder en cuanto capacidad. Y potestas en cuanto “poder sobre otros”, poder en cuanto dominación. El primero es más originario que el segundo.
[33] Joan Brossa, “Fragmentos de una pantomima con palabras”, Añafil 2, Huerga & Fierro, Madrid 1995, p. 12.
[34] Intervención desde un tribunal de Trabajos de Fin de Grado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM, 2 de junio de 2016.
[35] Véase por ejemplo Juan Ignacio Crespo, “El mundo al revés”, El País, 4 de junio de 2016.
[36] José David Sacristán de Lama, La próxima Edad Media, Edicions Bellaterra, Barc