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dimarts, 1 d’agost del 2017

“El colapso de la especie humana ya ha empezado”

Article publicat a La Vanguardia




  • El arqueólogo argumentó en los 90 que la tecnología definía a la humanidad aunque  esta aún   no había aprendido a convivir con ella



El arqueólogo Eudald Carbonell argumentó en los años 90 que la tecnología es lo que define a la humanidad, pero que la humanidad aún no ha aprendido a convivir con la tecnología. Lo hizo en los libros Planeta humà y Encara no som humans, coescritos con el también arqueólogo Robert Sala, donde advirtió que la humanidad se encaminaba hacia una era de destrucción y que resurgiría tras aprender de sus errores.

Eran tiempos de esperanza y prosperidad en gran parte del mundo, y muchos –entre ellos, este cronista– le tomaron por agorero. Pero después llegó el 11-S, donde la tecnología de los aviones se utilizó con fines destructivos. Llegó la amenaza del ántrax. La guerra sin fin de Oriente Medio. La Gran Recesión. Las desigualdades crecientes favorecidas por el uso dominante de la tecnología. El control orwelliano de los ciudadanos en la era del big data. El fenómeno Trump...

¿Cree que se está cumpliendo lo que predijo?

Mire a su alrededor. No hay más que ver lo que está ocurriendo. El colapso de la especie humana ya ha empezado. Es algo que todo el mundo puede ver.

¿Tiene la impresión de que todo el mundo lo ve?

Quiero decir que cualquiera puede darse cuenta si se detiene a analizarlo. El problema es que mucha gente no se da cuenta de lo que está ocurriendo.

¿Qué es lo que está ocurriendo, en su opinión?

¿Por qué cree que ganó Trump? ¿Por qué cree que ganó el Brexit? Son respuestas locales a un malestar que es global. Son síntomas de la desestructuración de la especie.


¿Desestructuración? No me negará que suena un poco fuerte.

Es que es muy fuerte lo que estamos viviendo. Cambio climático, extinciones masivas, desigualdad creciente... Más desigualdad conduce a más conflicto. Y más conflicto junto a más tecnología conduce a más capacidad de destrucción. Este es el camino que hemos emprendido como especie. ¿Recuerda la sociedad del bienestar, que debía durar para siempre?

Claro que la recuerdo, no hace tanto.

Ahora ya nadie habla de ella. ¿Y cuánto duró? Apenas medio siglo, que no es nada en la historia de la humanidad.

¿Nos falta mucho para tocar fondo?

En años no le sabría decir, porque el sistema se está acelerando. Pero vamos hacia un mundo que será muy distinto del que conocemos actualmente.

¿Cree que quedarán muertos en el camino?

Muchas, me temo. Si en las grandes crisis del pasado ha muerto entre el 10% y el 20% de la población, en esta tal vez puede morir entre el 20% y el 30%. Entre 2.000 y 3.000 millones de personas.

¿No cree que exagera?

Son estimaciones con un gran margen de error, por supuesto. Pero hay gente que dice que será aún peor. Como Stephen Hawking, que dice que nos tenemos que marchar de la Tierra. En cualquier caso, la dirección en la que vamos está clara.

¿Estamos a tiempo de evitarlo?

No veo cómo. Somos como una multitud que corre hacia un precipicio, y aunque algunos se dan cuenta de que se despeñarán y se desgañitan gritando “¡cuidado, deteneos!”, la multitud sigue corriendo y les empuja. Necesitamos caernos para volvernos a levantar.

¿Qué le hace pensar que nos podremos volver a levantar?


Somos una especie con capacidad de reflexión. Por eso saldremos adelante. El problema es que en el momento actual nos sobran datos y nos falta reflexión. Tenemos muchos datos, cada vez más, pero nos falta darnos cuenta de la situación en la que estamos y de lo que estamos haciendo.

¿Cómo cree que nos juzgarán las generaciones del futuro?

Nos juzgarán por las consecuencias de nuestros actos. Sin misericordia. Lo mismo que nos preguntábamos nosotros sobre los nazis se lo preguntarán ellos sobre nosotros. ¿Cómo es posible que hicieran algo tan horrible? ¿Cómo es posible que, teniendo toda la información que tenían, sabiendo la destrucción que estaban causando, no se detuvieran? Y entonces dirán: ¿pero cómo pudieron ser tan inconscientes, tan irresponsables y tan estúpidos? Esto es lo que pensarán de nosotros.

diumenge, 5 de març del 2017

El declive del petróleo como fuente de energía neta

Debat organitzat per el Foro Transiciones, impulsat per  FUHEM i Conama a rel del informe del Hill's Group.
Hi participen:  Antonio Turiel , Jorge Riechmann ,Luis González, Pedro Prieto, Antonio Serrano, Carlos de Castro, Joaquín Nieto, Xavier García Casals) entre d'altres





dimecres, 23 de novembre del 2016

Carles Taibo: Sobre el colapso

Article publicat a la revista  15-15-15 Revista para una nueva civilización


(Artículo previamente publicado en el web del autor.)
Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata)Acabo de publicar un libro titulado Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo(Los Libros de la Catarata). Me permito resumir aquí, con vocación fundamentalmente pedagógica, algunas de las tesis que defiendo en esa obra. Lo hago, por lo demás, desde la certeza de que el debate relativo a un eventual colapso general del sistema que padecemos falta llamativamente tanto en los medios de incomunicación como entre los responsables políticos. Dicho esto, agrego que no estoy en condiciones de afirmar taxativamente que se va a producir ese colapso general, y menos lo estoy de adelantar una fecha al respecto. Me limito a señalar que ese colapso es probable. No sólo eso: que los datos que van llegando invitan a concluir que es cada vez más probable, algo que, por sí solo, invitaría a asumir una estrategia de reflexión, de prudencia y, claro, de acción.

1. ¿Qué es el colapso?

El colapso es un proceso, o un momento, del que se derivan varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos —acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores—, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.
Importa subrayar, de cualquier modo, que algunos de los rasgos que se atribuyen al colapso no tienen necesariamente una condición negativa. Tal es el caso de los que se refieren a la rerruralización, a las ganancias en materia de autonomía local o a un general retroceso de los flujos jerárquicos. Esto al margen, es razonable adelantar que el concepto de colapso tiene cierta dimensión etnocéntrica: es muy difícil —o muy fácil— explicar qué es el colapso a un niño nacido en la franja de Gaza; no lo es tanto, por el contrario, hacerlo entre nosotros.

2. ¿Cuáles son las previsibles causas de un colapso general del sistema?

Conforme a una visión muy extendida, y controvertida, habría que identificar dos causas principales del colapso, en el buen entendido de que en la trastienda operarían otras que llegado el caso podrían adquirir un papel prominente u oficiar como multiplicadores de tensión. Las dos causas mayores son el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos.
En lo que al cambio climático se refiere, parece inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles anteriores a la era industrial. Cuando se alcance ese momento nadie sabe lo que vendrá después, más allá de la certeza de que no será precisamente saludable. Conocidas son, por otra parte, las consecuencias esperables del cambio climático: además de un incremento general de las temperaturas se harán valer —se hacen valer ya— una subida del nivel del mar, un progresivo deshielo de los polos, la desaparición de muchas especies, la extensión de la desertización y de la deforestación, y, en fin, problemas crecientes en el despliegue de la agricultura y la ganadería.
Por lo que respecta al agotamiento de las materias primas energéticas, lo primero que hay que subrayar es nuestra dramática dependencia en relación con los combustibles fósiles. Si renunciamos al petróleo, al gas natural y al carbón, no quedará nada de nuestra civilización termoindustrial. Según una estimación, sin esos combustibles un 67% de la población del planeta perecería. Antonio Turiel sostiene que el pico conjunto de las fuentes no renovables se producirá en 2018, de tal suerte que inequívocamente la producción de aquéllas se reducirá y los precios se acrecentarán en un escenario en el que habrá que aportar cada vez más energía para obtener cada vez menos energía. Aunque se pueden imaginar cambios en la combinación de fuentes que hoy empleamos, con un mayor peso asignado, por ejemplo, a las renovables y al carbón, no hay sustitutos de corto y medio plazo para las fuentes presentes. Cualquier cambio reclamará, inequívocamente, transformaciones onerosísimas.
Entre los elementos acompañantes del colapso que podrían adquirir, en su caso, un relieve principal no está de más que mencione los que siguen: (a) la crisis demográfica; (b) una delicadísima situación social, con más 3.000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de 2 dólares diarios; (c) la esperable extensión del hambre, acompañada, en muchos casos, de una escasez de agua; (d) la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y de reaparición de dolencias como la tuberculosis; (e) un entorno invivible para las mujeres —son el 70% de los pobres y desarrollan el 67% del trabajo, para recibir sólo un 10% de la renta—; (f) el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas en forma de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre; (g) la quiebra de muchos Estados, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte; (h) las secuelas de la subordinación de la tecnología a los intereses privados;(i) una huella ecológica disparada —el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición—, y (j) una inquietante idolatría del crecimiento económico.

3. ¿Cuáles son los rasgos previsibles del escenario posterior al colapso?

Antía Barba Mariño
Antía Barba Mariño
Cualquier respuesta a esta pregunta tiene que ser por fuerza especulativa. Para que no fuese así deberíamos conocer las causas mayores del colapso, si éste tiene un carácter repentino o no, sus eventuales variaciones geográficas o la naturaleza de las reacciones suscitadas. Aunque tampoco es posible fijar el momento del colapso, no está de más que señale que muchos analistas se refieren al respecto a los años que separan 2020 y 2050.
Aun con ello, y si se trata de identificar los rasgos generales de la sociedad poscolapsista, bien pueden ser éstos: (a) una escasez general de energía, con efectos visibles en materia de transporte, suministros y turismo, y al amparo de una general desglobalización; (b) graves problemas para la preservación de muchas de las estructuras de poder y dominación, y en particular para las más centralizadas y tecnologizadas; (c) una aguda confrontación entre flujos centralizadores, hipercontroladores e hiperrepresivos, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarizantes, por el otro; (d) inquietantes confusiones entre lo público y lo privado, con una manifiesta extensión de la violencia de la que serán víctimas principales las mujeres; (e) una trama económica general marcada por la reducción del crecimiento, el cierre masivo de empresas, la extensión del desempleo, la desintegración de los llamados Estados del bienestar, la subida de los precios de los productos básicos, la quiebra del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y retrocesos visibles en sanidad y educación; (f) un general deterioro de las ciudades, con pérdida de habitantes y desigualdades crecientes; (g) un escenario delicado en el mundo rural, resultado de la mala gestión de los suelos, del monocultivo, de la mecanización y de la mercantilización, y (h) una reducción de la población planetaria.
En el caso preciso de la península Ibérica, los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, el despilfarro y la escasa eficiencia energética, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria y por las autopistas, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda. El cambio climático se traducirá ante todo en una subida notable de las temperaturas en la mitad meridional de la península, con efectos graves sobre la agricultura y una insorteable crisis de la industria turística. Esto al margen, se harán valer fenómenos planetarios como los vinculados con la quiebra de empresas, la explotación laboral, el empobrecimiento, la crisis financiera, la desnutrición, el deterioro de la sanidad y el descrédito de las instituciones.

4. ¿Qué proponen, como alternativa, los movimientos por la transición ecosocial?

En sustancia lo que proponen no es otra cosa que una recuperación del viejo proyecto libertario de la sociedad autoorganizada desde abajo, desde la autogestión, desde la democracia y la acción directas, y desde el apoyo mutuo.
Si se trata de identificar, de cualquier modo, algunos de los rasgos de esa transición ecosocial, y del escenario final acompañante, bien pueden ser los que siguen: (a) la reaparición, en el terreno energético, de viejas tecnologías y hábitos, en un escenario de menor movilidad y de retroceso visible del automóvil en provecho del transporte público; (b) el despliegue de un sinfín de economías locales descentralizadas; (c) el asentamiento de formas de trabajo más duro, pero en un entorno mejor, sin desplazamientos, con ritmos más pausados, con el deseo de garantizar la autosuficiencia, y sin empresarios ni explotación; (d) la progresiva remisión de la sociedad patriarcal, en un escenario de reparto de los trabajos y de retroceso de la pobreza femenina; (e) una reducción de la oferta de bienes, y en particular de la de los productos importados, en un marco de sobriedad y sencillez voluntarias; (f) la recuperación de la vida social y de las prácticas de apoyo mutuo; (g) una sanidad descentralizada basada en la prevención, en la atención primaria y en la salud pública, con un menor uso de medicamentos; (h) el despliegue de fórmulas de educación/deseducación extremadamente descentralizadas; (i) una vida política marcada por la autogestión y la democracia directa; (j) una general desurbanización, con reducción de la población de las ciudades, expansión de la vida de los barrios y progresiva desaparición de la separación entre el medio urbano y el rural, y (k) una activa rerruralización, con crecimiento de la población del campo en un escenario definido por las pequeñas explotaciones y las cooperativas, la recuperación de las tierras comunales y la desaparición de las grandes empresas. Cinco verbos resumen, acaso, el sentido de fondo de muchas de estas transformaciones: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar.

5. ¿Qué es el ecofascismo?

Aunque el prefijo “eco-” se suele identificar con realidades saludables, no está de más que señale que en el partido nazi, el partido de Hitler, operaba un poderoso grupo de presión de carácter ecologista, defensor de la vida rural y receloso ante las consecuencias de la industrialización y de la tecnologización. Cierto es que este proyecto se volcaba en favor de una raza elegida que debía imponerse, sin pararse en los medios, a todos los demás…
Carl Amery ha subrayado que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos emplaza, antes bien, a estudiar esas políticas por cuanto bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas ahora por ultramarginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina y cada vez más decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos en virtud de un proyecto de darwinismo social militarizado, esto es, de ecofascismo. Este último, que en una de sus dimensiones principales responde a presuntas exigencias demográficas, reivindicaría la marginación, en su caso el exterminio, de buena parte de la población mundial y tendría ya manifestaciones preclaras en la renovada lógica imperial que abrazan las potencias occidentales. Cierto es que el escenario general de crisis energética puede debilitar sensiblemente los activos al servicio de un proyecto ecofascista.

6. ¿Qué es lo que la gente común piensa del colapso?

El colapso suscita reacciones varias. Una de ellas se asienta, sin más, en la ignorancia, visiblemente inducida por el negacionismo que proponen las grandes empresas con respecto al cambio climático o al agotamiento del petróleo. Una segunda reacción bebe de un optimismo sin freno, traducido en una fe ciega en que aquello que deseamos se hará realidad, en la intuición de que los cambios serán lentos, predecibles y manejables, en la certeza de que todavía tenemos tiempo o, en fin, en la confianza en los gobernantes. Una tercera posición es la de quienes estiman que inexorablemente aparecerán tecnologías que permitirán resolver todos los problemas. No faltan, en un cuarto estadio, quienes prefieren acogerse al carpe diem y, al efecto, consideran que sólo debe preocuparnos lo más inmediato y lo que está más cerca. Hay quien se acoge, en suma, al concepto de culpa y aduce, bien que no tiene obligación alguna de resolver los problemas que crearon otros, bien que la especie humana se ha hecho merecedora, por su conducta, de un castigo severísimo.
En este mismo orden de cosas, Elisabeth Kubler-Ross ha identificado cinco etapas en el procesamiento del colapso: la negación, la angustia, la adaptación, la depresión y la aceptación. Por detrás de muchas de las reacciones mencionadas se aprecia, de cualquier modo, el designio, en buena parte de la población del Norte opulento, de no renunciar a su modo de vida presente, y de preservar los niveles actuales de consumo y de status social. Y se aprecia también una firme negativa a pensar en las generaciones venideras y en las demás especies que nos acompañan en la Tierra.

7. ¿Esquivar el colapso?

El capitalismo es un sistema que ha demostrado históricamente una formidable capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la relativa a si, llevado de un impulso incontenible encaminado a acumular espectaculares beneficios en un período de tiempo muy breve, no estará cavando su propia tumba, con el agravante, claro, de que dentro de la tumba estamos nosotros.
Ante el riesgo de un colapso próximo, en el mundo alternativo las respuestas son, en sustancia, dos. Mientras la primera entiende que no queda otro horizonte que el de aguardar a que llegue ese colapso —será el único camino que permita que la mayoría de los seres humanos se percaten de sus deberes—, la segunda considera que hay que salir con urgencia del capitalismo y que al respecto, y a título provisional, lo que se halla a nuestro alcance es abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados, propiciar su federación y acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Si unos interpretan que estos espacios nos servirán para esquivar el colapso, otros creen que es preferible concebirlos como escuelas que nos prepararán para sobrevivir en el escenario posterior a aquél. Lo más probable, de cualquier modo, es que no consigamos evitar el colapso: lo que está a nuestro alcance es, antes bien, postergar un poco su manifestación y, tal vez, mitigar algunas de sus dimensiones más negativas.
Parece claro, de cualquier modo, que no hay ningún motivo serio para depositar nuestra esperanza en unas instituciones, las del sistema, sometidas a los intereses privados, jerarquizadas, militarizadas y aberrantemente cortoplacistas. Una de las estratagemas mayores del capitalismo contemporáneo se beneficia de la enorme habilidad que el sistema muestra a la hora de evitar que nos hagamos las preguntas importantes. Y es que un empeño principal del capitalismo de estas horas consiste en buscar desesperadamente materias primas y tecnologías que nos permitan conservar aquello de lo que hoy disponemos, sin permitir que nos preguntemos por lo principal: ¿realmente nos interesa conservar esto con lo que hoy contamos, o con lo que cuentan, mejor dicho, unos pocos?
Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco 'Un mal día lo tiene cualquiera' para el grupo Las Buenas Noches
Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco ‘Un mal día lo tiene cualquiera’ para el grupo Las Buenas Noches

dimarts, 1 de novembre del 2016

Última llamada: "Modelo ETP: se acaba la energía del petróleo disponible (muy pronto)"

Article publicat a El Diario.es

Sin energía, nada ocurre. No hay actividad económica: ni buena, ni mala. Si la energía nos es fuertemente reducida, será ahora mucho más importante que nunca elegir bien los pasos a dar

 

Ha llegado un momento, irreversible, en que la termodinámica y la geología, tradicionalmente ignoradas por la economía estándar, impiden que el petróleo tenga un precio "bueno", digamos equilibrado





El precio del petróleo de Texas abre con un descenso del 0,40 % hasta los 50,32 dólares
EFE


Tuvieron que ser, y siguen siendo, algunos ingenieros y altos cargos de las grandes empresas energéticas, muchos de ellos antiguos directores de exploración quienes, sólo al jubilarse, se han sentido éticamente llamados a dar a conocer lo que la industria energética oculta celosamente con toda la potencia de su maquinaria: peak oil ya claramente superado por lo menos en términos de crudo estándar y también de energía neta; presiones sobre la metodología y las conclusiones de los sucesivos informes de la Agencia Internacional de la Energía; ocultación de conceptos esenciales para la comprensión cabal de la situación energética mundial; penetración de economistas (sólo neoclásicos) en el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) con su tendencia estructural a aguar el presente y descontar el futuro ... por no hablar del poderoso negacionismo climático, activamente organizado.
Estos exprofesionales jubilados han mostrado ya con suficiente contundencia el detalle de cómo, por razones termodinámicas y geológicas esenciales, es necesario destinar una fracción creciente de energía (y por tanto de capital) para la obtención de los recursos necesarios para propulsar el inmenso Titanic económico en el que viajamos, y que ellos saben –mejor que nadie– de ninguna manera insumergible.
Llevan haciéndolo desde los años noventa, cuando introdujeron nuevos conceptos, y muy especialmente la Tasa de Retorno Energética (TRE, o EROEI por sus siglas en inglés: Energy Return on Energy Investment, cantidad de energía que se obtiene por cada unidad de energía que se emplea en obtenerla). En definitiva, la primera ley de la termodinámica. Cierto es que, en sus líneas generales y como tantas otras cosas ( gravedad del cambio climático, huella ecológica máxima, influencia de la termodinámica en el sistema económico, etc.), estos problemas se conocen desde los años sesenta del siglo XX. Pero, a pesar de su importancia decisiva para el sostenimiento de la vida, no se puso en ello –no pusimos– la necesaria atención.
Al introducir y cuantificar la TRE (exponencialmente) menguante del conjunto de los sistemas energéticos estos profesionales daban así crédito, y reivindicaban indirectamente, las predicciones de un informe que en su momento fue denostado y vapuleado. Lo fue hasta el punto de que, hoy en día, personas realmente competentes –pero de racionalidad lateral acotada– siguen creyendo que aquello fue una payasada contracultural de los años sesenta perpetrada por ingenieros del Massachusetts Institute of Technology, y que sus conclusiones eran totalmente erróneas –tal es el poder del negacionismo, económico en este caso–. Este estudio de 1972 se denominó Los límites del crecimiento (LLDC).
Pues bien, ocurre precisamente todo lo contrario. Sus predicciones se están cumpliendo con precisión muy razonable, y desde luego a los grandes rasgos en que fueron presentadas en su día. Lo han mostrado las sucesivas revisiones de los propios autores originales (última revisión en 2002) y también los de otros grupos de investigación que han comparado las previsiones con los datos econométricos reales hasta fecha muy reciente.
Otros modelos económicos basados en dinámica de sistemas y que tienen en cuenta las leyes de la naturaleza –de ámbito de aplicación muy superior a las del mercado– tales como el HANDY (Human and Nature Dynamics) de la Universidad de Maryland, el del Foreign Office británico, el WoLiM (World of Limits) de la Universidad de Valladolid … todos ellos, desde ópticas (solo levemente) distintas, llegan a las mismas conclusiones: el colapso de la civilización global se produce siempre antes de 2030, incluso antes de 2020 en algunos casos. Además no parece que sea ya evitable, a pesar de la retórica oficial. Como mucho, podría ser gestionable en términos de minimización de daños y desde luego bajo un sistema económico y social basado en valores muy diferentes a los actualmente predominantes.
Por cierto que el modelo matemático World3, que servía de base a LLDC, en su versión regionalizada anticipó el colapso de la Unión Soviética con gran exactitud. También ha anticipado la disminución de la producción por habitante que se ha iniciado en 2015 a nivel global, tal como señalaba el escenario "extralimitación y colapso" correspondiente al Business As Usual. O sea, el de seguir aumentando la huella ecológica por encima de los límites planetarios, cosa que ocurrió en 1980.
Y muestra que, en este escenario-no-hacer-nada, a partir de la década de 2030 la población mundial comenzará a disminuir a razón de unos 500 millones de personas por década, y así seguirá hasta que la huella ecológica humana se haya reducido a un valor físicamente soportable por el globo –habiendo descendido, con gran probabilidad, mucho más abruptamente de lo que ahora podamos imaginar e incluso de lo que LLDC prevé. Ugo Bardi, catedrático de la Universidad de Florencia (y muchas cosas más) - denomina efecto Séneca a la mayor velocidad de caída que la de crecimiento que exhiben los sistemas humanos, por lo demás históricamente demostrada.
Pero esto no es todo. Hace pocas semanas se ha conocido la existencia de un modelo que calcula la evolución pasada y futura de la disponibilidad de energía neta procedente del petróleo. Se trata del denominado Modelo ETP (de Energy Total Production), elaborado por The Hill’s Group. Se trata de un modelo puramente termodinámico que no sólo tiene en cuenta la primera ley de la termodinámica, sino también la segunda, cosa que ninguno de los modelos de uso común entre los economistas contempla ni por aproximación. Este estudio, finalizado en 2012, ha circulado por un gran número de organismos y departamentos universitarios especializados en energía y termodinámica, y no se le ha encontrado mácula. Cabe pues suponerlo certero. De hecho, fue el único modelo que anticipó la caída de precios del petróleo que se inició en otoño de 2014.
¿Qué nos dice este modelo? Por lo menos tres cosas:
A partir del hecho obvio de que un barril de petróleo nunca puede tener un precio (permanentemente) mayor que la unidad de producto económico que su combustión va a generar, deducen que la frontera se encuentra en los 104 $/barril. Así pues, con el fin de que la energía resulte mínimamente asequible, el precio del barril de crudo debe ser inferior a este valor, so pena de colapso financiero inexorable. Recordemos cómo llegó a superar los 160$ en 2008.
La industria del crudo está operando actualmente a una eficiencia energética de sólo el 17%. Valor que, necesariamente, disminuye con el tiempo.
En 2030 esta eficiencia energética (entiéndase: la energía neta que el sistema del petróleo en su conjunto entrega a la sociedad) se habrá reducido a cero.
Es, desde luego, un resultado brutal, una conclusión terrible, que ha enmudecido incluso a aquellos optimistas que soñaban con un futuro "100% renovable", o por lo menos con una transición energética practicable por la vía solar y eólica –y nuclear en algunas iniciativas poco creíbles–. ¡No hay tiempo! Esto significa, simplemente, que en 2030 el petróleo ya no valdrá nada como fuente de energía. Durante algún tiempo adicional podrá haberlo para usos no energéticos (como un mineral más), y se intentará apurar el ya muy escaso e insustituible combustible líquido y de alta densidad. Pero ese proceso habrá pasado a resultar un sumidero de energía, nunca más una fuente.
Sabemos además que los biocombustibles no consiguen sino agravar los problemas también por su muy baja TRE. Los petróleos no convencionales (arenas bituminosas, fracking, etc.) no dan la talla de ninguna manera por motivos parecidos y han iniciado ya su descenso. Lo que se pueda extraer del Ártico no resolverá nada significativo –si acaso, más forzamiento climático, más aceleración térmica y de liquidación de materia viva–. Las renovables no alcanzan a cubrir las (supuestas) necesidades actuales ni de lejos, contando además con que sólo entregan electricidad y ésta no es más que el 20% del consumo mundial. Por su parte, la electrificación masiva consume una energía adicional imponente, que por ahora debería proceder, principalmente, de los combustibles fósiles. De donde, por cierto, se obtienen los fertilizantes de síntesis para la agricultura.
Un último detalle acerca de este estudio, que algunos comienzan a considerar como el LLDC contemporáneo, por lo menos en su significación. ¿Quién lo firma o suscribe? ¡Nadie! Es anónimo. ¿Por qué? Porque ha sido realizado, casi secretamente, por profesionales de distintas empresas del petróleo actualmente en activo, y que no desean ver peligrar su posición laboral.
Todo esto, en realidad, no debería extrañarnos. A pesar de la retórica oficial, la mayor parte de las empresas energéticas mundiales se encuentran en pérdidas (ya lo estaban en 2014) y su subsistencia es soportada por la imprenta del sistema financiero y altas dosis de contabilidad creativa de cara a los accionistas. Ha llegado un momento, irreversible, en que la termodinámica y la geología, tradicionalmente ignoradas por la economía estándar, impiden que el petróleo tenga un precio "bueno", digamos equilibrado. Si es demasiado alto, digamos ahora por encima de 104$, la fracción de capital destinada a la energía es excesiva, la demanda de bienes disminuye, por tanto también la de energía, y esa disminución produce una caída de los precios. Esta caída hace entrar a las empresas energéticas en pérdidas.
Si es usted un economista "estándar", podría creer –aunque para ello solo podría esgrimir motivos de fe, por definición insuficientemente fundamentados– en la desmaterialización de la economía global. Es el famoso "desacoplamiento", insistentemente desmentido desde disciplinas distintas a la suya –e incluso desde la suya. También podría tener una fe ciega en la tecnología, creer que se puede realizar trabajo sin energía, o, simplemente, creer que las cosas pueden moverse sin ella. Allá usted. Pero, por favor, no nos arrastre a todos los demás a su precipicio. No nos arrastre a un colapso que es, principalmente, suyo.
Pues recordemos que, sin energía, nada ocurre. No hay actividad económica: ni buena, ni mala. Si la energía nos es fuertemente reducida, será ahora mucho más importante que nunca elegir bien los pasos a dar, pues el espacio de la realidad viable se reduce poderosamente y el margen de actuación se estrecha mucho más. Por su parte, el margen de error ha prácticamente desaparecido.
En estas condiciones: ¿llamaríamos estado de emergencia global a muchas otras cosas más?

dimarts, 11 d’octubre del 2016

“Habrá un colapso porque hemos ejercido una carga excesiva en el Planeta”

Article publicat a El Diario.es
Saúl García 08/10/2016 

Entrevista a Ferran P. Vilar


Hace siete años comenzó a escribir el blog ustednoselocree.com para informar, desde el rigor, sobre el cambio climático. Pronunció este jueves en la UNED la conferencia 'Cambio climático y colapso civilizatorio: ¿Hasta qué punto podría ser inminente?'
- Afirma usted que los medios de comunicación no están capacitados para informar adecuadamente sobre el cambio climático. ¿Por qué?
- Más que no ser capaces, es que están estructuralmente impedidos. Los medios dependen del sistema financiero, que funciona siempre en la medida en que la sociedad crezca y el PIB crezca, porque ellos venden créditos con interés y debe haber un crecimiento para que se lo devuelvan. El sistema capitalista no es viable en un escenario de decrecimiento. El sistema financiero, junto con empresas energéticas, son los principales anunciantes, y todo anunciante condiciona el contenido de un medio y ejerce una presión, que muchas veces es inexplícita, para que el mensaje sea siempre de esperanza, de crecimiento futuro. Esto es perverso, porque si llegara el caso de que el crecimiento no sea deseable, como ha llegado, impide que la sociedad se prepare adecuadamente.
- Esto nos lleva a un callejón sin salida...
- También está el efecto de la propiedad de los medios, porque en muchos casos ya son los propietarios, y determinan más que como anunciantes. Y hay otro efecto, porque los lectores también tienen resistencia psicológica a saberlo. Si las perspectivas no son buenas y un medio habla de esto habitualmente y no es tangible alrededor, hace que los lectores disminuyan porque no quieren oír hablar de problemas.
- Y sin embargo, la idea de que el cambio climático es una realidad, se ha abierto camino…
- Porque llega un momento que la evidencia es tan fuerte que es imposible ocultarlo, pero se sabe desde hace cincuenta años. El presidente Johnson ya lo advertía en los años 50 en el Congreso de Estados Unidos y yo no me enteré del cambio climático hasta 2003. La presencia de este tema en los medios no es proporcional a la importancia que tiene.
- Pero sí a la importancia que le da la política, que no lo pone entre sus prioridades...
- Los políticos chinos trabajan a cien años vista, en otros lugares, a una generación. Desde que empezaron los sistemas democráticos, a cuatro años, y ahora a seis meses… Los problemas a largo plazo no se consideran.
- Obama sí ha alertado del problema del cambio climático...
- Ha tenido que dar cincuenta vueltas al Senado y al Congreso porque la minoría republicana lo negaba. El negacionismo organizado tiene origen en Estados Unidos, y en la promoción del pensamiento neoliberal. Esta maquinaria organizada para contradecir la evidencia científica es extraordinaria y nace de todo el sistema, del capital...
- ¿Cómo se manifiesta?
- Se paga a científicos para que hagan estudios y se propagan. Los financiadores son las grandes fortunas de derechas. Bill Gates no financia el negacionismo, pero tampoco lo contradice. Está documentado cómo esta gente organiza grupos utilizando los think tanks estándar y agentes de comunicación con técnicas de propaganda. Hay un estudio riguroso hecho en Estados Unidos que dice que en el negacionismo documentado se han usado 10.000 millones de dólares en los últimos diez años, sin contar el paquete publicitario que ejerce presión sobre el periodista… Ellos no pretenden tener razón, sino generar duda, y la duda paraliza. Para que la temperatura del Planeta no aumente en dos grados centígrados, no se puede perforar ni un pozo más ni abrir una mina más. Sacando lo que está ahora en explotación ya nos pasamos de los dos grados, que es mucho más grave de lo que se dice, pero ¿cómo nos quedamos sin energía?
“El presidente Johnson ya lo advertía en los años 50 en el Congreso de Estados Unidos y yo no me enteré del cambio climático hasta 2003. La presencia de este tema en los medios no es proporcional a la importancia que tiene”
- Ya hay otras alternativas pero se mantienen los combustibles fósiles. ¿Es sólo por intereses económicos?
- Si se están usando combustibles fósiles habiendo alternativas desde hace cincuenta años es por algún motivo, porque lo otro no es tan rentable, porque la cantidad de energía que se necesita es más alta de la que se necesita para obtener el petróleo, por lo que el beneficio neto es menor. Del uso de energía total del mundo, sólo el 19 por ciento es energía eléctrica y las energías alternativas sólo nos dan energía eléctrica. Y la energía total que podemos obtener cada vez es menor, así que tenemos que decrecer.
- ¿Tendremos que vivir de otra manera, con menos traslados en avión?
- Pues sí, y lo lamento por Canarias. Sólo hay espacio energético para un vuelo de avión por persona y vida, de ida, para mantenernos dentro de los límites ecológicos del Planeta, para frenar una reacción de la naturaleza hacia nosotros. Los impactos del cambio climático fuertes son a medio y largo plazo. La energía neta disponible disminuye. En 1970 ya se dijo que de no hacer nada, el problema empezaría en 2015 y aquello no se lo creyó nadie. Y se está cumpliendo… si todo sigue igual empezará a disminuir la población en 2030 a 500 millones de habitantes por década. ¿De qué morirán? De hambre y sed. De alguna forma, esto ya ha empezado. Hay varios estudios: del Gobierno británico, de la Universidad de Valladolid, de la Universidad de Maryland… Todos dicen que se produce un colapso y fijan el horizonte en el año 2020. Colapsaremos porque hemos ejercido una carga excesiva en el Planeta. El colapso se produce cuando necesitas una fracción creciente del capital para obtener energía.
- Han colapsado muchas civilizaciones, pero ahora la civilización es global, así que ¿nos afectará a todos?
- Si seguimos igual, sí. Como estamos tan interconectados somos muy frágiles porque si falta uno de los elementos esenciales, como es la energía, se hunde. Lo que hay que hacer es retornar a lo local, dejar de depender del exterior.
- ¿Aún hay posibilidad?
- Sí, pero requiere un cambio radical de forma de vida, de mentalidad, de expectativas…

diumenge, 11 de setembre del 2016

Gorona del Viento y la transición energética: ¿qué cabe esperar?

Article publicat a la revista 15-15-15 Revista para una nueva civilización

¿qué cabe esperar?

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2016-08-01

Vivir en un “mundo lleno”

Durante el siglo XX tuvo lugar un acontecimiento decisivo, cuyas consecuencias estamos aún lejos de haber asimilado. La humanidad, que durante milenios vivió dentro de lo que en términos ecológicos puede describirse como un “mundo vacío”, ha pasado a vivir en un “mundo lleno”.[1] Habitamos hoy un planeta dominado por el ser humano, en una escala que no admite parangón con ningún momento anterior del pasado. La humanidad extrae recursos de las fuentes de la biosfera y deposita residuos y contaminación en sus sumideros, además de depender de las funciones vitales básicas más generales que proporciona la biosfera. Pero el crecimiento en el uso de recursos naturales y funciones de los ecosistemas está alterando la Tierra globalmente, hasta llegar incluso a trastocar los grandes ciclos biogeoquímicos del planeta: la circulación del nitrógeno o el almacenamiento del carbono en la atmósfera, por ejemplo. Por eso hemos comenzado a hablar de Antropoceno.[2]
Portada de la 1ª edición del informe 'The Limits to Growth' (1972)
Portada de la 1ª edición del informe ‘The Limits to Growth’ (1972)
A comienzos del siglo XXI resulta plausible creer que ya se han alcanzado the limits to growth, los límites del crecimiento sobre los que alertaba el primer informe al Club de Roma en 1972; que un ulterior crecimiento basado en el consumo de mayor cantidad de recursos naturales y mayor ocupación de espacio ambiental alejará todavía más al planeta de una economía sustentable; y que, al sobrepasar los límites, estamos bloqueando aceleradamente opciones que podríamos necesitar en el futuro.[3] La época en que las sociedades humanas y sus economías eran relativamente pequeñas con respecto a la biosfera, y tenían sobre ésta relativamente poco impacto, pertenece irrevocablemente al pasado. Parece que no acabamos de hacernos cargos de la dureza de las rupturas y discontinuidades históricas que tenemos por delante, vinculadas con la escasez de energía y materiales, el deterioro de las condiciones climáticas y ecológicas y el aumento de la conflictividad social y geopolítica —al borde del abismo.

“Muchos son los problemas, una la solución”…

“Muchos son los problemas, una la solución: economía mapuche de subsistencia” (reza uno de los ARTEFACTOS del poeta chileno Nicanor Parra). Hoy cabe sospechar que, de forma sustentable, podríamos estabilizar economías de subsistencia modernizadas, con energías renovables y tecnologías intermedias…[4] pero no esas economías industriales hipertecnológicas cada vez más automatizadas que espera el sentido común dominante. Quizá podríamos orientarnos según la perspectiva de un ecosocialismo descalzo.[5]
No deberíamos esperar soluciones high-tech y sociedades de alta energía, sino más bien —como mejor posibilidad— comunidades con algo de industria ligera, basadas en tecnologías intermedias… Pero bajo la premisa de una gran descomplejización; y la expectativa de un nivel de vida muy modesto en lo material, en comparación con lo que hoy —de forma nada plausible— sigue prometiendo la ideología dominante.
Resulta interesante en este punto revisar brevísimamente el debate de Esteban de Manuel Jerez con Vicenç Navarro (en junio de 2016), vale decir, ecología política frente a socialdemocracia clásica… El primero, en efecto, reprocha al segundo no salir de los planteamientos de la socialdemocracia de los primeros decenios del siglo XX (sería el plan A frente al neoliberalismo vigente del PPSOE). Frente a esto, subraya Esteban con razón, no tenemos un planeta B,[6] y por eso nos hace falta un plan B –que sería el programa de Equo sintetizado en la fórmula Green New Deal.[7] La tragedia es hoy que si el plan A tiene ochenta años de retraso,[8] el plan B tiene treinta o cuarenta. Desde un análisis más realista de la situación, más vale ir preparando un plan C que nos sirva para ir construyendo arcas de Noé… A esto lo podemos llamar ecosocialismo descalzo.[9]
Casdeiro
Casdeiro

¿Quién lo paga?

Vale la pena detenernos un momento en esta cuestión crucial. Examinemos las dificultades de la transición energética a partir del caso concreto de la isla del Hierro, en Canarias.
Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?
En la naturaleza, la “divisa fuerte” es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza —a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga —es decir, con qué base energética se realiza?
Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.
Esto sucede también si indagamos en posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad: ¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes renovables?

Gorona del Viento: seamos realistas

Un desarrollo reciente —la electrificación parcial de la isla canaria del Hierro con energías renovables— pueda servirnos como “miniestudio de caso” para juzgar de forma realista las posibilidades de “solución técnica” para los problemas socioecológicos, en los contextos reales donde nos movemos. “El Hierro prescinde del petróleo”, se anunciaba a bombo y platillo en prensa y televisión, el verano de 2014.[10] La fanfarria prosigue dos años después.[11]
El 27 de junio de 2014 se inauguró la central hidroeólica de Gorona del Viento (abreviaremos CHE), permitiendo a los diez mil habitantes de la isla canaria abastecerse parcialmente de electricidad renovable (eólica, para ser más precisos). Cinco aerogeneradores, dos depósitos de agua a diferente altura y un sistema de bombeo conforman lo esencial del dispositivo.
Molinos eólicos de la central de 'Gorona del viento'. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Casacanarias).
Molinos eólicos de la central de ‘Gorona del viento’. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Casacanarias).
¿Un motivo de alegría, verdad? ¿Una iniciativa ejemplar? Sí y no. Reparemos en que el proyecto nació en 1981: y se materializa parcialmente, con gran fanfarria propagandística, 33 años más tarde. No es éste el lugar para contar la historia política menuda de este retraso: en realidad, las mismas fuerzas que pusieron palos en las ruedas son las que hoy intentan colgarse las medallas, como bien saben las y los ecologistas canarios. El juicio de Federico Aguilera Klink (catedrático de la Universidad de la Laguna, y uno de los mayores expertos de nuestro país en economía ecológica) sobre Gorona del Viento es muy severo: “…un bluff más que otra cosa, no es nada de lo que dicen los medios masivos que ‘repiten’ notas de prensa de un gobierno que ignora el medio ambiente, el territorio, la democracia y las energías renovables y que, después, de impulsar la construcción disparatada del Puerto de Granadilla, descatalogando especies protegidas, ahora se apunta a lo de El Hierro como si fuese una revolución —no lo es— que han impulsado ellos…” (comunicación personal, 28 de junio de 2014).
Más de tres decenios para hacer a medias lo que hubiera debido desplegarse rápidamente a partir de los años setenta del siglo XX, en paralelo con importantes transformaciones económicas, sociales y culturales… Y al final, lo que tenemos es un proyecto piloto, uno más. Afirmaciones propagandísticas como “con la CHE se habrá conseguido el objetivo de ser 100% renovable”, o “con la CHE conseguiremos el autoabastecimiento energético de la isla”, están completamente fuera de lugar. El Hierro sólo ha logrado prescindir de una parte pequeña del petróleo con que la isla está funcionando actualmente… Veámoslo.
En el Hierro se venían consumiendo cada año unos 15.150 TEP (toneladas de equivalente de petróleo) en hidrocarburos (177.000 MWh aproximadamente), de los cuales antes de la CHE el 23% se destinaba a la generación eléctrica con grupos diésel. Hasta 2014 la generación eléctrica a partir de las energías renovables era insignificante, un 0,8%.
Esquema altimétrico de la central. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Gorona del Viento - El Hierro).
Esquema altimétrico de la central. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: Gorona del Viento – El Hierro).
Antes de la entrada en funcionamiento de la CHE, se estimaba que como máximo podría sustituir el 70% de la energía eléctrica consumida en la isla. Sin embargo, los ingenieros Sergio González y Juan Lorenzo (que han participado tanto en la redacción de su proyecto como en su posterior construcción) estimaban que a causa de la estacionalidad del régimen de vientos en la isla, la generación de la CHE no superaría el 55% de la demanda.[12] De hecho, tras un par de temporadas en funcionamiento, el cuidadoso estudio de Roger Andrews[13] muestra que la CHE está proporcionando el 34’6% de la electricidad que consumen los herreños y herreñas: una tercera parte del consumo… sólo de electricidad, cuyo consumo total, recordemos, supone el 23% del consumo de energía de los isleños. En suma, Gorona del Viento aporta apenas el 8% de la energía usada en el Hierro; el 92% restante sigue siendo energía fósil. No es como para echar las campanas al vuelo, ¿verdad?
El coste estimado del proyecto, señala Pedro Prieto (comunicación personal, 19 de julio de 2016), supera los 80 millones de euros; si lo hubiesen tenido que pagar a escote los diez mil herreños y herreñas, tocarían a unos 8.000 euros por cabeza. ¿Esto es mucho o poco —por el 34% de su consumo eléctrico, que una vez hecha la inversión saldría casi gratis durante varios decenios? Depende.
Lo que muestra la CHE de Gorona del Viento es —discúlpese el trazo grueso de las tres conclusiones que siguen—: A) Las dificultades para la transición energética hacia la sustentabilidad, en un entorno político y económico hostil, son enormes (cuando lo que haría falta son transformaciones estructurales muy profundas, lo que tenemos son pequeños proyectos piloto… que llegan con retraso y en muchos casos sirven para adormecer o enjalbegar algunas conciencias inquietas, mientras la destrucción causada por el productivismo/ consumismo sigue desplegándose a gran escala). B) Sin reducir drásticamente la movilidad motorizada, no hay manera de que encajen las piezas del rompecabezas de la transición energética (el grueso del consumo energético no eléctrico mueve los motores de nuestros insostenibles sistemas de transporte). C) Las energías renovables no pueden proporcionar el sobreconsumo energético que hoy nos parece “normal”, aunque sí podrían abastecer a una sociedad que hubiese aprendido lo que significan suficiencia y eficiencia en el consumo energético (reduciéndolo a una décima parte aproximadamente del actual).
En definitiva, Gorona del Viento es una buena iniciativa (aunque mucho más modesta de lo que la propaganda mediática quiere hacer creer) que llega con tres decenios de retraso. Y para proporcionar a largo plazo la base energética de una sociedad sustentable (en una pequeña isla, en este caso), esta CHE requeriría un marco político —poscapitalista y ecosocialista— y un marco moral —de autocontención— que estamos muy lejos de haber construido. Y que por desgracia queda muy lejos del “sentido común” que hoy por hoy siguen cultivando las mayorías sociales.

Las transiciones energéticas y el ecosocialismo descalzo

Reflexionemos ahora sobre transiciones energéticas en un marco general. Un relato ampliamente compartido sería el siguiente: “Julio Torres Martínez, físico e investigador cubano, dice que nos enfrentamos a la tercera transición energética. La primera se produjo a mediados del siglo XVIII con la sustitución de la leña y el carbón vegetal por hulla o carbón mineral. La segunda fue el cambio del carbón mineral al petróleo y sus derivados, y la tercera significa cambiar progresivamente el petróleo y el gas por ahorro, eficiencia y energías renovables”.[14]
Tiene algo de tranquilizador, esta ordenada secuencia de transiciones… Al fin y al cabo, si ya se realizaron dos de estas transiciones en el pasado histórico reciente, ¿por qué no emprender animosamente la tercera? Pero hay algo engañoso en este relato. Pues no ha existido nunca antes una transición energética en el sentido de un proceso prefigurado, planificado y controlado: en ese sentido, la “tercera transición” sería realmente la primera en la historia de la humanidad. Además, lo que se dio en aquellos dos primeros procesos fue en realidad la acumulación de diferentes vectores energéticos y formas de aprovechamiento, no la sustitución de unas formas de aprovechamiento por otras (nunca en la historia humana se quemó tanto carbón como en el segundo decenio del siglo XXI), que es lo que hoy estaría a la orden del día. Por eso puede decir Jean-Baptiste Fressoz que “el concepto de transición es un peligroso espejismo, sin referente histórico”.[15] En el mismo sentido, Manuel Sacristán, en su entrevista de 1983 con la revista mexicana Naturaleza, señalaba que no hemos de olvidar “que un cambio radical de tecnología es un cambio de modo de producción y, por lo tanto, de consumo, es decir, una revolución; y que por primera vez en la historia que conocemos hay que promover ese cambio tecnológico revolucionario consciente e intencionadamente”.[16]
Una transición energética hacia sociedades sustentables quiere decir, sin duda, energías renovables (y una descarbonización muy rápida de la economía). Así que la pregunta clave resulta ser: para mantener sociedades complejas ¿qué pueden proporcionarnos las fuentes renovables de energía?

Si Barry Commoner ya no está a nuestro alcance, tendremos que echar mano de Ivan Illich

Antonio García Olivares, Pedro Prieto, Carlos de Castro y Gail Tverberg
Antonio García Olivares, Pedro Prieto, Carlos de Castro y Gail Tverberg
En años recientes, y en nuestro país, esta cuestión trascendental ha sido objeto de un vivo debate, donde —simplificando— la posición pesimista la sostienen investigadores como Carlos de Castro y Pedro Prieto, y la posición optimista está representada por los trabajos de Antonio Gª Olivares y su equipo.[17] Parte del debate se centra en las diferentes estimaciones que hallamos entre los expertos en dos cuestiones clave: 1) los remanentes de energía fósil que podemos (y deberíamos —teniendo en cuenta la constricción climática) destinar a la transición socioecológica; y 2) las TRE (tasas de retorno energéticas) más realistas que cabe asignar a las fuentes alternativas de energía (eólica, solar fotovoltaica, solar térmica, etc).[18] Dicho de otro modo: ¿es aún viable en el segundo decenio del siglo XXI, ya en tiempos de descenso energético, una sociedad industrial avanzada basada en energías renovables? Bastante gente —sobre todo en el sector de los peakoilers— cree que no:
“La única clase de energías renovables con la que podemos contar a la larga son las que usaban nuestros antepasados, como la leña, los animales de labor y los buques de vela. Quienquiera que hoy decida usar las tecnologías renovables modernas, como paneles solares fotovoltaicos y una bomba de agua preparada para funcionar con tales paneles, tiene que hacer planes para el día en que la tecnología falle. En ese momento, habrá que tomar decisiones duras sobre cómo el grupo vivirá sin tal tecnología.”[19]
Gail Tverberg –que ha hecho un trabajo inmenso desde su blog Our Finite World– representa bien esta posición pesimista: sostiene que las energías renovables modernas son sobre todo una extensión de los combustibles fósiles, y que “cuando no tengamos combustibles fósiles tampoco tendremos renovables” (se entiende: renovables high-tech).[20]
Atendamos a la posición optimista. En el mejor de los casos ¿qué tipo de transición energética sería viable? Un importante trabajo de Antonio García-Olivares y colaboradores (investigador del CSIC, científico especializado en simulación matemática y dinámica de sistemas) muestra que se puede concebir un mix mundial de fuentes renovables que utilice tecnologías ya probadas y materiales comunes (sorteando los fuertes factores limitantes que encontramos en el plano técnico-material, tales como las reservas mundiales de litio, níquel o neodimio), capaz de generar la energía suficiente para una sociedad industrial sustentable. Pero ello sólo sería posible con una ingente reorientación del esfuerzo inversor (digámoslo claramente: un esfuerzo incompatible con la organización de las prioridades privadas de inversión bajo el capitalismo), y se llegaría a una situación de generación estacionaria de energía (básicamente electricidad), situación incompatible con la continuación del crecimiento socioeconómico exponencial de los últimos decenios.[21] Es decir, la transición energética “buena” requiere algo así como una revolución ecosocialista mundial (o casi) que fuese capaz de constituir en tiempo récord una suerte de Soviet Energético Supremo con control sobre las políticas globales, y ello orientado a edificar una steady-state economy poscapitalista de alta tecnología.
Debería resultar claro que las urgencias ecológicas apremian (el tiempo para una transición ordenada se acabó y hoy estamos más bien en tiempo de descuento) y que por desgracia no se dan, ni van a darse, las condiciones políticas y culturales necesarias para ese escenario de transición hacia energías renovables high tech… Lo técnicamente factible (aún quizá, a duras penas) no es viable social y políticamente.[22]
Por desgracia, hoy no sería ya el momento de pensar en transiciones (ordenadas y graduales), de acuerdo con el paradigma del desarrollo sostenible… Las alternativas son más bien SOCIALISMO O BARBARIE, REVOLUCIÓN O COLAPSO.[23] Pero esa revolución ecosocialista y ecofeminista no va a realizarse en tiempo y forma. De manera que no necesitamos sólo un “Plan B” (o más bien diversos planes) para transiciones más o menos ordenadas, que son cada vez más improbables; necesitamos como mínimo un “plan C” (muchos planes) que intenten paliar la barbarización social asociada a los colapsos que vemos venir.[24]
El tipo de transiciones-mezcladas-con-colapsos que se darán en el mundo real de nuestro siglo XXI —el Siglo de la Gran Prueba— serán algo mucho más modesto que lo que reivindica el ecosocialismo high-tech, y por eso tiene sentido, en mi opinión, hablar de ecosocialismo descalzo.[25] Al final –por decirlo con referencias ecologistas de los años setenta del siglo XX-, todo indica que Barry Commoner ya no está a nuestro alcance; el futuro tendrá que parecerse más a Ivan Illich. Si finalmente la Modernidad occidental se revela como un gigantesco experimento histórico fallido —y fallido de la peor forma posible, que pensamos como colapso—, ¿no habrá que revisar el tradicional desprecio occidental por el “tradicionalismo antimodernista” o las “comunidades de tecnología simple”?

Dos prototipos de aviones high-tech …¿para una movilidad sostenible?

Volvamos a razonar sobre casos concretos. En el segundo decenio del siglo XXI, dos iniciativas aeronáuticas de alta tecnología nos permiten visualizar el callejón sin salida donde nos ha metido el sistema dominante.
Tenemos, en primer lugar, el avión fotovoltaico Solar Impulse. Una admirable proeza tecnológica en la que se han invertido decenas de millones de dólares, que se nos presenta como la prueba viva de que las energías renovables están ahí listas para tomar el relevo… si no fuera porque es un planeador incapaz de mover demasiado peso y que vuela a 70 km. por hora.[26] Sólo tiene capacidad para una persona —el piloto— dentro de su estructura de fibra de carbono. Por más que fantaseemos con ello, no habrá aviones solares que puedan hacer el trabajo que realiza la aviación comercial y militar basada en combustibles fósiles. Las renovables no pueden darnos el mundo de potencia, velocidad y destructividad del capitalismo basado en combustibles fósiles. Las energías renovables pueden proporcionarnos lo suficiente -pero no el sobreconsumo energético que hoy parece “normal”.[27]
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En segundo lugar, tenemos el avión supersónico que está desarrollando la compañía Boom Technology[28] en colaboración con Virgin Galactic, una empresa subsidiaria de Virgin Group, del famoso empresario Richard Branson. Se trata de un avión que se supone volará a 2’2 veces la velocidad del sonido, a más de 2.400 kilómetros por hora (es decir, 34 veces más rápido que el Solar Impulse) y que podría así cruzar el Atlántico en menos de cuatro horas.[29] Boom Technology ha anunciado que podría tener un prototipo real del avión a finales de 2017. Se trataría, en este caso, de extremar la apuesta fáustica de los combustibles fósiles, ofreciendo servicios extraordinarios para el 1% de la elite global[30] –aunque sea a costa de devastar el mundo en el intento.
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Ninguno de estos dos prototipos tiene nada que ver con la movilidad sostenible. El ecosocialismo descalzo que podemos propugnar para el Siglo de la Gran Prueba nos indica que movilidad sostenible es, en primer lugar, menos movilidad. “Todos queremos más”, enseña una canción de la que se han hecho múltiples versiones (hay una, por ejemplo, de Peret). El gran desafío es vencer esa conventional wisdom y ser capaces de afirmar: lo suficiente basta.
El “Maximum Power Principle” intuido por diversos biólogos desde tiempos de Lotka fue enunciado por Howard T. Odum en estos términos: “Durante la auto-organización, se desarrollan y prevalecen diseños de sistemas que maximizan el consumo de energía y su transformación, así como aquellos usos que refuerzan la producción y la eficiencia”[31]… Viene a ser el “todos queremos más” elevado a rango de conjetura científica de alto nivel. ¿De verdad los seres racionales que se supone somos van a ser incapaces de limitar el Maximum Power Principle con medidas de autocontención?
Aquí vale la pena observar que power tiene en realidad un triple sentido: en castellano significa energía, pero también poder como dominación, y poder como capacidad.[32] Desde el tercero de los sentidos de power (digamos, un desarrollo armónico de las capacidades humanas) ¿no podríamos poner límites a los dos primeros (el aumento constante del uso de energía y de la dominación)?
El lema comercial de la sociedad de la mercancía es NO LIMITS. El primer mandamiento de una sociedad que quiera tener futuro en el tercer planeta del Sistema Solar es asumir límites.
¿Se considerará de mal gusto recordar que el prototipo de nave espacial de Virgin Galactic se estrelló en el desierto de Mojave el 31 de octubre de 2014?
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Déjame creer lo que quiera

“Déjame creer lo que quiera, incluso que las arañas bajarán a tierra por un hilo nuevo”, le dice Colombina a Pierrot en un hermoso texto de Joan Brossa.[33] “Dime que me quieres aunque sea mentira”, le pedía Sterling Hayden a Joan Crawford en aquella gran película que es Johnny Guitar… “El hombre no puede soportar demasiada realidad”, reza el conocido verso de los Cuatro cuartetos de Eliot (quien parece responder a la intimación de Nietzsche: ¿cuánta verdad es capaz de soportar el ser humano?).
Hay en alemán una expresión interesante: Lebenslüge, mentira existencial. Literalmente se traduciría por “mentira vital”: una clase de autoengaño que necesitamos para seguir adelante, para sobrellevar una existencia que si no se haría insoportable. (El concepto, parece, fue acuñado por Ibsen a finales del siglo XIX: “Quítele a una persona su mentira existencial, y con ello la privará al mismo tiempo de su felicidad”, escribía el dramaturgo noruego en su otra teatral de 1884 El pato silvestre). “Sin la ficción, sin el autoengaño, nuestra vida sería peor de lo que es ahora”, postula con rotundidad el profesor de estética Fernando Castro Flórez.[34] Pero ¿bajo qué condiciones una “mentira vital” se convierte en mentira mortal?
Puede que el positive thinking, como sostienen los gurús de la autoayuda, alargue nuestra vida y nos ayude a lograr nuestras metas; pero también infantiliza a nuestras sociedades hasta tal punto que hace difícil la continuidad de la vida civilizada en el planeta Tierra. Una cosa es impedir que la verdad nos agríe el carácter, y otra distinta autoengañarnos, ¿verdad? Lo segundo no es condición necesaria para lo primero.
Portada de 'El Siglo de la Gran Prueba' de Jorge Riechmann
Portada de ‘El Siglo de la Gran Prueba’ de Jorge Riechmann
La Lebenslüge de nuestras sociedades es que podrán continuar su senda de expansión industrial sin trabas. Ahora bien, en el Siglo de la Gran Prueba que es el nuestro, ¿cabrá contar con un abastecimiento creciente de energía y un clima estable? Las expectativas de progreso social y crecimiento económico que hoy prevalecen dan por sentado que sí; pero un análisis realista y racional de nuestra situación —dónde estamos en el segundo decenio del siglo XXI— indica que no. Las expectativas que prevalecen indican, por ejemplo, que sobrará petróleo por todas partes cuando se generalice el coche eléctrico;[35] una reflexión mejor informada sabe que más bien deberíamos estar preguntándonos si, en diversos ámbitos, no estaremos regresando a la tracción animal más pronto que tarde. Nos prometen el internet de las cosas, la producción robotizada y la digitalización total… pero en el mejor de los casos tendremos quizá una buena Edad Media.[36] Por favor, ¡no seamos tan crédulos! La cuestión no estriba en ser optimistas o pesimistas: se trata, antes que nada, de analizar la realidad sin hacernos trampas en el solitario. La cultura dominante se ha situado —y nos ha situado a todas y a todos— fuera de la realidad. Basta con reflexionar un rato sobre clima y energía para darse cuenta de ello… Nuestras sociedades petrodependientes y biocidas no deberían reprimir esta reflexión, a comienzos del Siglo de la Gran Prueba.
Demián Morassi
Demián Morassi

Notas

[1] Ha sido el economista ecológico Herman E. Daly quien más lúcidamente ha argumentado que ya no nos encontramos en una “economía del mundo vacío”, sino en un “mundo lleno” o saturado en términos ecológicos (porque los sistemas socioeconómicos humanos han crecido demasiado en relación con la biosfera que los contiene): Véase Daly y y John B. Cobb, Para el bien común, FCE, México 1993, p. 218. También Daly, “De la economía del mundo vacío a la economía del mundo lleno”, en Robert Goodland, Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 37-50.
[2] El término fue formulado en 2000 por el químico holandés Paul J. Crutzen (junto a Eugene Stoermer), ganador en 1995 del Premio Nobel de su especialidad por sus aportaciones a la química del ozono en la atmósfera terrestre. Véase Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer, “The Anthropocene”, Global Change Newsletter 41, mayo de 2000; así como W. Steffen y otros, “The Anthropocene: from global change to planetary stewardship”, AMBIO vol. 40, 2011, p. 739-761. Una síntesis de datos y análisis en Ramón Fernández Durán: El Antropoceno: la expansión del capitalismo global choca contra la biosfera, Ed. Virus, Barcelona 2011. (Puede descargarse una versión anterior del libro en http://www.rebelion.org/docs/104656.pdf). Reflexión de fondo en Clive Hamilton (ed.), The Anthropocene and the Global Environmental Crisis. Rethinking modernity in a new epoch, Routledge 2015.
¿Cuándo habría comenzado esta era, marcada por las transformaciones globales antropogénicas que estamos causando en la biosfera, y que seguiría al Holoceno? Una propuesta es considerar la fecha de la detonación de la primera bomba atómica, en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945, como principio del Antropoceno. Los elementos radiactivos depositados en los sedimentos a raíz de aquella y sucesivas explosiones (una cada 9’6 días hasta 1988) tienen un origen inequívocamente humano, como lo tienen los plásticos que se depositan en los fondos marinos. Véase al respecto J. Zalasiewicz y otros, “When did the Anthropocene begin? A mid-twentieth century boundary level is stratigraphically optimal”, Quaternary International (2014), http://dx.doi.org/10.1016/j.quaint.2014.11.045 . Una síntesis de este estudio en Malen Ruiz de Elvira, “La bomba atómica marca una nueva era geológica”, Público, 27 de enero de 2015 (http://www.publico.es/ciencias/bomba-atomica-marca-nueva-geologica.html).
Hoy las pruebas se amontonan: extinción de flora y fauna, micropartículas de plástico y aluminio en sedimentos oceánicos, depósitos masivos de nitrógeno y fósforo de uso agrícola que alteran los ciclos químicos básicos, los indicios radiactivos de las detonaciones de bombas nucleares desde 1945 hasta el final de las pruebas atómicas de superficie en los años sesenta y, por supuesto, el dióxido de carbono. En los años cincuenta, el CO2 en la atmósfera se medía en 315 partes por millón (ppm), superando las 280 ppm, la media aproximada a lo largo de los últimos 5.000 años. En 2016 llegó a las 400 ppm y sigue creciendo. En definitiva, los geólogos tienen razones fundadas para fechar el Antropoceno alrededor de 1945. Véase Colin N. Waters y otros, “The Anthropocene is functionally and stratigraphically disctinct from the Holocene”, Science vol. 351 num. 6269, 8 de enero de 2016; DOI 10.1126/science.aad2622; http://science.sciencemag.org/content/351/6269/aad2622

[3] Robert Goodland, “La tesis de que el mundo está en sus límites”, en Robert Goodland Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 19.
[4] Una sugerente actualización de las ideas de los años setenta sobre tecnologías “blandas” o de alcance intermedio en el blog http://www.lowtechmagazine.com/ (versión española en http://www.es.lowtechmagazine.com/ ).
[5] Por analogía con la propuesta de economía descalza de Manfred Max-Neef.
[6] “La principal ausencia en el discurso socialdemócrata de Vicenç Navarro para salir de la crisis, recuperando las bases de la democracia y con políticas redistributivas, es la carencia de referencias a la cuestión de los límites de la acción humana sobre el planeta. Para redistribuir hay que crecer y la inversión pública debe ser el motor. Su receta es el New Deal 80 años después. Pero hace 80 años disponíamos de energía barata en abundancia y no se apreciaban significativos impactos en el planeta. El debate de sobre los límites del planeta se inició en los años setenta, hace más de cuarenta años. Y me remito a los datos cuantitativos sobre impacto del hombre en el cambio climático, con niveles de CO2 en la atmósfera: hemos pasado de 280 antes de 1800 a 402 p.p.m. de CO2 en la atmósfera, el doble de las que provocaron la última glaciación. ¿Cómo crecer el P.I.B. decreciendo los niveles de CO2 en la atmósfera? Esa es una pregunta ausente en el discurso del profesor Navarro. La huella ecológica global es hoy 1.5 veces la capacidad bioproductiva del planeta. La de España, de generalizarse, nos llevaría a necesitar tres planetas. Pero no tenemos Planeta B, ni C. ¿Cómo generar empleo en España reduciendo nuestra huella ecológica?” Esteban de Manuel Jerez, “No tenemos un Planeta B, sí tenemos un Plan B”, entrada del 5 de junio de 2016 en su blog Letras emergentes; https://estebandemanueljerez.wordpress.com/2016/06/05/no-tenemos-un-planeta-b-si-tenemos-un-plan-b/#more-1140
[7] “El Plan B existe y está en el debate desde hace décadas: el Green New Deal como estrategia para cambiar el modelo productivo hacia una economía en equilibrio con la naturaleza y orientada al bien común. Ayer día 4 celebramos el quinto aniversario de la constitución de Equo que en estos años ha logrado constituirse en el referente de la ecología política en España”, ibid.
[8] El congreso del SPD en Bad Godesberg se celebró en noviembre de 1959. A pesar de lo cual, ¡ahí seguimos! En su encuentro con empresarios españoles en el Hotel Ritz, en junio de 2016, Pablo Iglesias “ha desgranado su habitual discurso: la defensa de una salida neokeynesiana a la crisis. El líder de Podemos se ha reivindicado, como ya hiciera ante los empresarios catalanes en Sitges, como la nueva socialdemocracia” (Aitor Riveiro: “Pablo Iglesias: si hay una palabra que defina nuestra candidatura es patriótica”, eldiario.es, 6 de junio de 2016; http://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-Ritz-candidatura-patriotica_0_523897662.html ).
[9] Sin perder de vista, y éste es un enorme asunto que no cabe tratar ahora, que ¡la escasez de petróleo no tiene por qué significar escasez de vida buena!
[10] Pedro Murillo, “El Hierro prescinde del petróleo”, El País, 28 de junio de 2014.
[11] Teguayco Pinto, “La isla de El Hierro, un paraíso sostenible”, eldiario.es, 11 de julio de 2016; http://www.eldiario.es/sociedad/sostenibilidad-El_Hierro-renovables_0_536847005.html
[12] Sergio González y Juan Lorenzo: “Central hidroeólica de el hierro: una visión crítica”, http://www.sanborondon.info/content/view/62214/1/
Sergio González Martín es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Jefe de Infraestructuras de Gorona del Viento (2009-2013). Juan Lorenzo Falcón Domínguez es ingeniero Industrial. Jefe de Explotación de Gorona del Viento (2008-2012).

[13] Roger Andrews, “El Hierro completes a year of full operation”, Energy Matters, 11 de julio de 2016; http://euanmearns.com/el-hierro-completes-a-year-of-full-operation/
[14] Leire Urkidi en la “Introducción” a Transiciones energéticas, libro del grupo de investigación Ekopol (de Iñaki Bárcena y otros investigadores/as) que se publica en 2015. Se dio a conocer en el curso “Transición energética en Euskal Herria: Sostenibilidad y Democracia Energética”, Bilbao, 22 al 23 de junio de 2015.
[15] Jean-Baptiste Fressoz, “Pour une histoire désorientée de l’énergie”, Entropia. Revue d’étude théorique et politique de la décroissance 15, otoño de 2013.
[16] Manuel Sacristán, De la Primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón (edición de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal), Los Libros de la Catarata, Madrid 2004, p. 188.
[17] Tendremos más elementos de juicio para este debate trascendental a medida que se desarrolle MEDEAS (acrónimo de “Modelizando la transición energética renovable en Europea” en inglés), un proyecto europeo coordinado por Jordi Solé y financiado en el marco del esquema Horizonte 2020 de financiación de la investigación europea. En él van a trabajar codo con codo investigadores españoles “optimistas” como Gª Olivares y “pesimistas” como Carlos de Castro, junto con científicos de varios países más. Véase Antonio Turiel, “Arranca el proyecto MEDEAS”, blog The Oil Crash, 16 de febrero de 2016; http://crashoil.blogspot.com.es/2016/02/arranca-el-proyecto-medeas.html
[18] Para esta controversia véase también el intercambio entre David Schwartzman, Pedro Prieto y Carlos de Castro, en septiembre de 2015, que he recogido en mi blog Tratar de comprender, tratar de ayudar: http://tratarde.org/un-horizonte-de-comunismo-solar-articulo-de-david-schwartzman-y-quincy-saul-pensando-en-venezuela-actualizacion/
[19] Gail Tverberg, “Deflationary collapse ahead?”, en su blog Our Finite World, 26 de agosto de 2015; http://ourfiniteworld.com/2015/08/26/deflationary-collapse-ahead/
[20] Gail Tverberg en el documental de la UNED “Desmontando la energía. Cap.3: Las ilusiones renovables”, publicado el 8 de julio de 2016 en https://www.youtube.com/watch?v=Rd2Vhw31iL8 , minutos 17 y ss.
[21] Antonio Garcıa-Olivares, Joaquim Ballabrera-Poy, Emili García-Ladona y AntonioTuriel: “A global renewable mix with proven technologies and common materials”, Energy Policy 41 (2012), p. 561–574.
[22] El más decisivo stress test para la izquierda occidental en muchos decenios tuvo lugar en 2007-2010, y su resultado fue terrible: evidenció que prácticamente no hay izquierda en Occidente (vale decir, fuerzas organizadas que luchen por la igualdad y la emancipación humana). Cuando se tambaleaban los cimientos de la fatídica dominación que ha impuesto el capital financiero sobre el conjunto de la sociedad en los pasados cuatro decenios de creciente hegemonía neoliberal, cuando hubiera sido el momento —kairós— para emprender una decidida corrección de rumbo, comenzando por una regulación drástica de la banca privada y el desarrollo de una potente banca pública, ¡nada de eso tuvo lugar! Tras ese momento de desnudez y revelación, sabemos que no podemos esperar, a corto plazo, que una izquierda renovada consiga imponer políticas favorables al bien común. Antes al contrario: son las fuerzas de ultraderecha las que se robustecen por toda Europa y EEUU en la “salida de la crisis”…
[23] Sobre todas estas cuestiones he discurrido en Jorge Riechmann, Autoconstrucción, Catarata, Madrid 2015, especialmente el cap. 1.
[24] Sobre colapsos ecológico-sociales véase: Joseph Tainter, The Collapse of Complex Societies, Cambridge, Cambridge University Press 1988. Jared Diamond, Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona 2006. Peter Turchin y Surgey Nefedov, Secular Cycles, Princeton University Press 2009. Ugo Bardi, Los límites del crecimiento retomados, Catarata, Madrid 2014. Ferran Puig Vilar, ¿Hasta qué punto es inminente el colapso de la civilización actual?, libro publicado en varias entregas en su blog “Usted no se lo cree” durante las navidades de 2014-2015 (entre el 23 de diciembre y el 17 de enero), https://ustednoselocree.com/background-climatico/otros/hasta-que-punto-es-inminente-el-colapso-de-la-civilizacion-actual-indice-tentativo/ . Y Carlos Taibo, Colapso, Catarata, Madrid 2016.
[25] Un buen arranque para pensar en esa dirección: Jérôme Baschet, Adiós al capitalismo, NED, Barcelona 2015.
[26] El Solar Impulse es un avión alimentado únicamente mediante energía solar fotovoltaica, tanto de día como de noche. Puede volar durante el día propulsado por las células solares que cubren sus alas, a la vez que carga las baterías que le permiten mantenerse en el aire durante la noche, lo que le proporciona gran autonomía. En 2015-2016 está dando la vuelta al mundo; por ejemplo, el 23 de junio de 2016 aterrizó en Sevilla procedente de Nueva York, tras un vuelo sobre el Atlántico de 71 horas y 8 minutos. Véase http://www.solarimpulse.com/
[27] Véase la reflexión de Richard Heinberg: http://www.resilience.org/stories/2015-06-05/renewable-energy-will-not-support-economic-growth
[28] http://boom.aero/
[29] Esta velocidad supondría ir 2’6 veces más rápido que una aerolínea actual estándar y recorrer así la distancia entre San Francisco y Tokio en cinco horas, en vez de las 11 habituales.
[30] Se supone que el billete aéreo costaría 5.000 dólares. En palabras de Blake Scholl, el fundador y director del proyecto: “Estamos hablando del primer avión supersónico en el que la gente puede permitirse volar”. ¿Qué gente? Scholl definía este precio como “prácticamente el mismo” que el coste de viajar en clase business. Este nuevo avión tendría solo cuarenta asientos, separados en dos filas, con el objetivo de que cada pasajero tenga vista directa “de la curvatura de la Tierra”.
[31] “During self-organization, system designs develop and prevail that maximize power intake, energy transformation, and those uses that reinforce production and efficiency”, leemos en la Wikipedia (https://en.wikipedia.org/wiki/Maximum_power_principle). Desde la biología evolucionista se ha sugerido también una importante Constructal Law (https://en.wikipedia.org/wiki/Constructal_law).
[32] Spinoza en su Tractatus politicus (1677) establece la importante diferencia entre las palabras latinas potentia y potestas. Potentia significa el poder de las cosas en la naturaleza, incluidas las personas, “de existir y actuar”. Potestas se utiliza en cambio cuando se habla de un ser en poder de otro. (En alemán, la pareja de conceptos Macht/ Herrschaft capta la distinción: se ve bien en Max Weber.) Tenemos entonces potentia como “poder para”, poder en cuanto capacidad. Y potestas en cuanto “poder sobre otros”, poder en cuanto dominación. El primero es más originario que el segundo.
[33] Joan Brossa, “Fragmentos de una pantomima con palabras”, Añafil 2, Huerga & Fierro, Madrid 1995, p. 12.
[34] Intervención desde un tribunal de Trabajos de Fin de Grado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM, 2 de junio de 2016.
[35] Véase por ejemplo Juan Ignacio Crespo, “El mundo al revés”, El País, 4 de junio de 2016.
[36] José David Sacristán de Lama, La próxima Edad Media, Edicions Bellaterra, Barc