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dimecres, 8 de febrer del 2017

Llegó la hora de la fiscalidad energético-ambiental

Article publicat a El País


Muchos países de nuestro entorno han aplicado ambiciosas reformas fiscales verdes desde los años noventa. España no, al margen de incursiones autonómicas recaudatorias

Los decisores políticos españoles no han sido proclives al uso de la fiscalidad ambiental, salvo en las limitadas y poco afortunadas incursiones autonómicas con objetivos puramente recaudatorios. Esto contrasta con el apoyo sin apenas fisuras que han prestado los economistas académicos a un instrumento que permite reducir la contaminación al mínimo coste y que ha llevado a muchos países de nuestro entorno a aplicar ambiciosas reformas fiscales verdes desde los años noventa. Que, por ejemplo, la imposición sobre carburantes de automoción —la partida más relevante dentro de estos tributos y con un nivel por debajo del observado en la mayoría de nuestros socios europeos— sea prácticamente la única figura fiscal que no se ha tocado (al alza) durante los últimos siete años en nuestro país, refleja ciertamente una situación anómala. Situación muy criticada por expertos españoles e instituciones internacionales desde hace años porque no olvidemos que a mayores impuestos ambientales más incentivos a contaminar menos (a nivel local y global), a desarrollar tecnologías verdes, a ahorrar energía, y a reducir nuestra dependencia energética.
El inicio de una nueva legislatura en la que la imposición ambiental aparece en buena parte de los programas políticos puede ser el momento para reflexionar qué se puede hacer en este ámbito. Quizá un primer paso sea incrementar y reajustar la fiscalidad de los carburantes de locomoción, eliminando el trato favorable que recibe un producto, el diésel, que tanto contribuye a la contaminación local de nuestras ciudades. Algo que, por otra parte, ya figura en las propuestas europeas sobre fiscalidad energética. Un segundo paso ha de llevar a aplicar el principio de que el que contamina paga a todos los productos energéticos y no solo a aquellos donde la actuación fiscal ha sido tradicionalmente intensa. Muy relevante también es estar abiertos a la innovación en el ámbito fiscal: la creciente información disponible para la administración tributaria en este campo y los cambios profundos que se están produciendo en el mundo energético aconsejan explorar nuevas figuras impositivas, desde los tributos que fomenten la rehabilitación energética de las viviendas a los imprescindibles impuestos que graven el uso real de los vehículos.
Tampoco se deben olvidar sectores no energéticos, donde la minimización del uso de recursos y la reducción del volumen de residuos pueden ser también gestionadas por la imposición ambiental. Por último, pero no por ello menos importante, es necesario pensar en términos sistémicos, es decir, en reformas fiscales que permitan reducir otros impuestos que gravan cosas positivas (como el trabajo), que fomenten el desarrollo de tecnologías verdes o que puedan ayudar a compensar a sectores en dificultades o a los pobres energéticos.
Nosotros apuntábamos ya en 2014 buena parte de estas cuestiones en el informe de Economics for Energy sobre fiscalidad energético-ambiental en España. Esperamos que los detallados cálculos económicos y distributivos que planteábamos entonces puedan servir para el tan necesario debate sobre este importante asunto.
Xavier Labandeira es Catedrático de Economía en la Universidade de Vigo, y director de Economics for Energy.

dilluns, 14 de desembre del 2015

Cumbre del Clima de París: Un paso adelante

Article publicat a El País

El Acuerdo ha logrado superar los escollos de Copenhague: todos los países ofrecen voluntariamente compromisos para reducir sus emisiones


Casi veinte años después de la reunión de Kioto, que alumbró un Protocolo que se demostró ineficaz, y después de un proceso extremadamente complejo, por la propia naturaleza global y de largo plazo del problema del cambio climático, se ha adoptado el Acuerdo de París. Creo que estamos ante un buen acuerdo porque es ambicioso, introduciendo por primera vez el objetivo de 1.5ºC (probablemente fuera de nuestro alcance) y subrayando la necesidad de actuar ya, además de cubrir todos los temas relevantes: adaptación, financiación, compensaciones o fomento del desarrollo sostenible para los países menos avanzados. Por supuesto hay puntos débiles, en particular respecto a la vaguedad de plazos y sendas de descarbonización, pero en conjunto la presidencia francesa ha realizado un trabajo excelente para compatibilizar las agendas del mundo desarrollado, emergente y en desarrollo y materializar el principio de 'responsabilidades comunes pero diferenciadas' que siempre ha informado la negociación internacional en este ámbito.

El Acuerdo de París se basa en un proceso relativamente sorprendente pero que ha logrado superar los escollos de Copenhague: todos los países ofrecen voluntariamente compromisos para reducir sus emisiones (en términos absolutos o en relación a tendencia) y éstos son verificados y están sujetos a revisión para poder mantener el aumento de temperatura dentro de los límites fijados. Los negociadores europeos insistieron durante los últimos meses en el necesario cumplimiento y revisión de los compromisos, algo totalmente necesario para lograr un acuerdo creíble y eficaz.

¿Cómo cumplir con los compromisos voluntarios? El Acuerdo establece un mecanismo de mercado internacional, lo que de nuevo es una buena noticia al permitir conseguir objetivos a mínimo coste, pero serán los países los que deban diseñar sus políticas climáticas según sus objetivos y capacidades. En este ámbito la Unión Europea tiene mucho que aportar puesto que contamos con la política climática más intensa y sofisticada del planeta y cuya aplicación puede suministrar lecciones al resto del mundo: un mercado supranacional de comercio de emisiones, o instrumentos potentes para la promoción de renovables y de la eficiencia energética, entre otros, ofrecen luces y sombras que ayudarán a definir políticas ambiciosas y coste-efectivas.

Una de las lecciones de nuestra política climática es la identificación, una vez aplicada, de medidas que permiten reducir las emisiones más de lo esperado y en ocasiones a costes más bajos. Esperemos que un proceso similar se produzca en las decenas de países que introduzcan por primera vez políticas climáticas para cumplir con este acuerdo y que ello permita reducciones continuas de las contribuciones voluntarias. Pero por supuesto nuestra responsabilidad ha de ir más allá, y no solo me refiero a las aportaciones que deberemos realizar desde la UE a los fondos de mitigación y adaptación que se recogen en el Acuerdo. Es fundamental que realicemos un esfuerzo para dotar al mundo de tecnologías bajas en carbono a costes muy reducidos, para lo que es prioritario reforzar sustancialmente los medios que dedicamos a la investigación en esta área.

El Acuerdo inicia una nueva etapa, pero es solo un primer paso. La descarbonización de la economía planetaria será un proceso largo y complejo, con muchos perdedores, por lo que será necesario manejar el proceso de transición de forma inteligente, asegurando que los costes en que incurrimos sean mínimos y que haya mecanismos compensatorios, para que prevalezca el interés global.
Xavier Labandeira es catedrático de Economía, Universidade de Vigo y European University Institute (Florencia)