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dimecres, 19 d’octubre del 2016

Las energías renovables ya ofrecen mayor rentabilidad que las fósiles

Article publicat a La Vanguardia

  • La solar y la eólica atraen el 17% de las inversiones globales del sector

Las energías renovables ya ofrecen mayor rentabilidad que las fósiles
Mnstalar paneles solares es cada vez más barato (Sean Gallup / Getty)
Las energías renovables ya son más rentables que las fósiles. Un estudio del organismo especializado Carbon Tracker Iniciative que se acaba de dar a conocer ha calculado cuál es el coste global de un proyecto energético, desde su puesta en marcha y el mantenimiento durante su vida útil, y lo ha comparado con varias fuentes de energía (en concreto, cuántos dólares cuesta producir un megavatio de electricidad por hora).
El veredicto parece inapelable: las renovables ahora salen más a cuenta y son más baratas de producir que las instalaciones que emplean gas, el carbón o el petróleo. Matthew Gray, analista de Carbon Tracker, asegura que “estamos en un punto de inflexión y es una tendencia imparable en el sector de la energía. La transición está en camino. Las inversiones en las renovables dominarán el panorama en los próximos años ”.
Hasta ahora la energía proporcionada por el sol, las olas o el viento estaba muy valorada por su impacto medioambiental. Pero cada vez más se está convirtiendo en una opción interesante para los inversores. De acuerdo con un informe de esta semana de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), las inversiones globales en la energía cayeron un 8%, hasta los 1,8 billones de dólares (1,6 billones de euros), con un descenso marcado en las convencionales. Los flujos de dinero hacia el petróleo y gas cayeron un 25% el año pasado y el que viene se reducirán otro 24%. Se trata del primer bienio de retroceso en treinta años.
Alemania, Reino Unido e Italia son las que más apuestan por las renovablesAlemania, Reino Unido e Italia son las que más apuestan por las renovables
En cambio, las renovables siguen ganando terreno y ya representan un 17% del total de las inversiones. Su importe, unos 278.000 millones de euros, ya es suficiente para cubrir el crecimiento de la demanda global de electricidad. “Estamos asistiendo a un amplio desplazamiento hacia fuentes de energía limpia, a menudo como resultado de políticas gubernamentales”, dijo esta semana el director ejecutivo de la IEA, Fatih Birol.
La generación eléctrica producida por las renovables, en términos de capacidad, ya ha crecido un 33% entre 2011 y 2015, gracias al considerable descenso del coste de los paneles solares. Según la Universidad de Berkeley (California) en el sector residencial están disminuyendo un 5%, mientras que para las plantas a gran escala el retroceso es aún más pronunciado: el 12%.
En cambio, cada unidad de energía generada con las fósiles es ahora más cara, porque el coste inicial de capital dispone de menos tiempo para recuperar la inversión. Por ejemplo, según Carbon Tracker, una típica planta de carbón, en la actualidad, en lugar de trabajar al 80% de su capacidad, como mucho llega al 59%. En una de gas, la utilización promedia sólo es del 38%.
Es cierto que los precios del carbón y del gas están en declive, lo que podría afectar a la competitividad de la eólica y la solar. Pero el camino está marcado. A modo de ejemplo, en una reciente subasta en Chile, la energía producida en un parque fotovoltaico se ofreció a la mitad de precio que la de una nueva central de carbón. Como consecuencia de todo ello, Carbon Tracker pronostica que la foto-
voltaica y la eólica tendrán para el año 2020 un coste medio de generación de 6 y 15 dólares, respectivamente, mientras que los de gas y carbón serán de 16 y 38 dólares, más del doble.
“El dinero va a las renovables porque son más rentables. Y esto cambiará el mundo. Hace siglos abolimos la esclavitud para pasar al petróleo. Ahora el paso siguiente será desarrollar una economía con fuentes de energía limpia. En mi opinión, para el 2050 se puede llegar a un sistema energético 100% renovable”, sostiene Jorge Morales de Labra, vicepresidente de la Fundación Renovables.
Los países más expuestos desde el punto de vista financiero a estos cambios son EE.UU., Canadá, China y Rusia, donde las fósiles tienen mucha presencia. En cambio, la energía de las renovables está en claro ascenso en el último lustro en países como Alemania (alcanza un tercio del total), el Reino Unido, Italia o Francia.
Para Morales, en el futuro “hará falta cada vez menos dinero para poner en marcha una fuente de energía renovable. La única incógnita es la regulación y la voluntad política, que deberían incentivar esta transformación”. España, con su controvertido impuesto al sol, va en otra dirección.
Las empresas cambian de estrategia
Carbon Tracker considera que las energías convencionales tienen unos proyectos valorados en 2 billones de euros que corren peligro de no ver la luz en los próximos años. La reducción de la demanda de combustibles fósiles y los compromisos para luchar contra el cambio climático pueden pasar factura, en particular a firmas como Shell, Pemex o Exxon. La alemana E.ON acaba de dar el ejemplo de este giro estratégico. Hace una semana segregó sus negocios de generación convencional al crear una nueva empresa, Uniper. La separación se produce después de una profunda caída de los precios mayoristas de la electricidad ante el ascenso de oferta de renovables. A partir de ahora, E.ON se concentrará en el negocio de redes, renovables y servicios a clientes. Su presidente, Johannes Teyssen, destacó que “los mundos de la energía clásica y la convencional son tan diversos que requieren un acercamiento empresarial completamente diferente”.

dijous, 2 de juny del 2016

AIE alerta de que los gobiernos no van camino de lograr los objetivos de París

Article publicat al web de  Nacions Unides. Comissió per el Canvi Climàtic CMNUCC
Publicacions de la  Agència Internacional de l'Energia a les que fa refència l'article


Acciones clave para frenar las emisiones en 2020

La Agencia Internacional de Energía presentó cinco medidas clave que podrían frenar las emisiones hacia el año 2020.
De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (AIE), los gobiernos sólo podrán alcanzar los objetivos climáticos que se fijaron el año pasado en la conferencia de la ONU sobre cambio climático en París si aceleran drásticamente la acción climática y utilizan plenamente las tecnologías y políticas existentes descritas en la “estrategia puente” de la AIE.
La AIE hizo esta advertencia en la conferencia de la ONU sobre cambio climático en Bonn, donde los gobiernos se reúnen para hablar de la implementación del histórico Acuerdo de París, incluyendo cómo aumentar la ambición inmediata de las acciones frente al cambio climático. El objetivo de las negociaciones es dar al mundo la oportunidad de permanecer por debajo de 2 grados centígrados de aumento de la temperatura global y si es posible limitar el calentamiento a 1,5 grados, tal y como se acordó en París.
Takashi Hattori, Jefe de la Unidad de Medio Ambiente y Cambio Climático de la AIE, dijo:
“La ambición de frenar pronto las emisiones de gases de efecto invernadero forma parte del Acuerdo de París, pero ahora mismo no vemos acciones para que esto suceda. Al mismo tiempo, existen formas y medios para frenar y disminuir las emisiones sin perjudicar al Producto Interno Bruto (PIB), manteniendo el crecimiento económico. Y en eso debemos concentrarnos.”
Una tecnología o política no perjudicial o neutra con el PIB es aquella que no tiene un impacto negativo en el desarrollo económico de un país, y de hecho puede contribuir a su crecimiento.
Un “mundo bien por debajo de los 2 grados centígrados” todavía es posible
En Bonn, el Sr. Hattori presentó la llamada “estrategia puente” de la AIE que implica el uso de cinco tecnologías y políticas energéticas comprobadas que pueden cerrar la brecha entre los compromisos que hasta ahora han hecho los gobiernos y lo deberían hacer para limitar el aumento de la temperatura media mundial a 1,5 grados centígrados, como parte de lo que la agencia llama un “mundo bien por debajo de los 2 grados centígrados”.
Como muestra el siguiente gráfico, esas cinco medidas clave que podrían frenar las emisiones hacia 2020 son:
  • Una mayor eficiencia energética;
  • Una reducción del uso ineficiente del carbón;
  • Más inversiones en energías renovables;
  • Reducir las emisiones de metano;
  • Reformar los subsidios a los combustibles fósiles.
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Takashi Hattori también señaló que “no hay una solución que sirva para todos los casos” cuando se trata de políticas energéticas. Para lograr las metas del Acuerdo de París, se pueden estimular las reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero con diferentes tecnologías y políticas adaptadas a las circunstancias concretas de las diversas regiones del mundo.
Así, el represente de la AIE explicó que para frenar las emisiones en el Medio Oriente el mayor potencial está en reducir los subsidios a los combustibles fósiles, mientras que en Europa, China e India es mediante el fomento de la eficiencia energética y en Rusia es con la reducción de las emisiones de metano.
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Sin embargo, el Sr. Hattori puntualizó que se pueden lograr los objetivos del Acuerdo de París no solo con estas cinco soluciones energéticas sino también mediante el despliegue rápido y a gran escala de toda una serie de tecnologías y políticas, como las redes inteligentes, el hidrógeno como combustible generado con fuentes renovables de energía y la agricultura inteligente.
La AIE espera que los gobiernos hagan uso de las cinco medidas energéticas descritas en su estrategia puente, no solo por la preocupación ante el calentamiento global, sino por los claros beneficios asociados a la acción climática, sobre todo teniendo en cuenta que la población está más preocupada por la contaminación del aire en las ciudades que por el cambio climático.
El trabajo de la AIE va en línea con el que están realizando representantes de gobiernos y otros expertos reunidos en la conferencias de la ONU sobre cambio climático en Bonn, donde están examinado opciones estratégicas clave con gran potencial para reducir las emisiones de forma inmediata. En el contexto de las reuniones de expertos técnicos, los gobiernos han visto de cerca el potencial de las energías renovables y la eficiencia energética, entre otras áreas de interés como el transporte sostenible y el valor social y económico del carbono.
Para más información, vea el informe de la AIE sobre perspectivas de la energía.
Noticia publicada originalmente en la web de la CMNUCC
 

dissabte, 16 d’abril del 2016

Sobre la desmaterialización de la economía

Post publicat al bloc d'Antonio Turiel  The Oil Crash
jueves, 14 de abril de 2016

Sobre la desmaterialización de la economía


Queridos lectores,

El mercado de la energía anda revuelto desde hace algunos años, y más ahora que los precios del petróleo son relativamente bajos (ya veremos por cuánto tiempo); el momento es paradójico, pues el bajo precio del petróleo no se está viendo acompañado por un despegue de las economías occidentales, a las cuales en principio les favorece que el petróleo cueste poco. Es en este contexto de disfuncionalidad del mercado del petróleo y de la extraña reacción que muestran las economías occidentales en el que vuelve, por enésima vez, una quimera que gusta mucho a los economistas pero que tiene poco sustento en el mundo real: la desmaterialización de la economía.

La idea de desmaterializar la economía no es nueva en absoluto: su aparición data de los años 70 del siglo pasado, como una reacción algo más racional que la mayoritariamente observada al informe del Club de Roma sobre los límites del crecimiento.  Esencialmente, los proponentes de esta idea postulan que, gracias al avance de la ciencia y la tecnología, debe ser posible (si se orientan adecuadamente los esfuerzos, eso sí) producir cada vez mayor output económico (medio en términos del Producto Interior Bruto, PIB) con un menor consumo de materiales y energía. En última instancia, los problemas con la disponibilidad de recursos naturales acabarían no siendo tan graves pues, en el límite, seríamos capaces de satisfacer todas nuestras necesidades y tener una economía floreciente con un consumo despreciable de recursos. Una de las personas que más ha trabajado en esta línea es el físico y economista Robert Ayres, del cual les dejo un enlace a su blog personal.

Como ven, la idea de la desmaterialización es que se pueden usar cada vez menos materiales y energía para hacer las cosas, lo que en la práctica hace que su suministro sea virtualmente infinito (comparado con lo que necesitamos consumir). Se puede simplificar el problema estudiándolo sólo desde el punto de vista de los materiales (pues si el suministro de materiales es virtualmente infinito es posible hacer sistemas de captación de energía virtualmente inmensos y tener tanta energía como se desee) o desde el punto de vista de la energía (pues con un suministro virtualmente infinito de energía cualquier material puede ser sintetizado). Así que, sin pérdida de generalidad, me centraré en la cuestión de la desmaterialización energética de la economía.

La idea de que podemos hacer más con menos consumo energético está presente, a través del manido y repetido concepto de "eficiencia energética", en muchas propuestas que formulan los diferentes partidos (vean aquí un ejemplo con los partidos españoles). Todo el mundo parece tener claro que derrochamos la energía y que tenemos que intentar ser más eficientes. El interés de este ahorro energético es, al decir de todos los partidos, principalmente económico; al decir de algunos menos, por una cuestión de responsabilidad medioambiental (para reducir emisiones de CO2, entre otras cosas) y, al decir de muy pocos partidos y siempre con muy poca publicidad, por el problema de la escasez energética. Se supone que con medidas de ahorro y eficiencia energética vamos a resolver muchos de los problemas actualmente planteados.



Creer que el ahorro y la eficiencia energéticos traerán por sí solos una mejora de la situación es desconocer completamente el contexto de la Paradoja de Jevons, a pesar de que ésta lleva formulada 150 años. Ahorrar energía en un sistema económico orientado a la producción es completamente inútil de cara a intentar disminuir el consumo total de energía: la energía que tú no utilices otro la utilizará para incrementar su output económico y por tanto las ganancias (como provocativamente decía Javier Pérez en el post que enlazo más arriba, "la chica que no besaste no se metió a monja"). Aunque por supuesto la Paradoja de Jevons no es una ley natural inexorable, para superarla se necesita de una profunda reforma del sistema económico y productivo que estamos bastante lejos de contemplar, y que por supuesto nuestros líderes políticos ni se plantean cuando hablan de eficiencia energética. Así que todas las medidas que apuntan hacia ahorro y eficiencia que se están planteando desde los programas de los partidos políticos se quedan bastante vacías de contenido si no se contemplan al mismo tiempo otras reformas que van mucho más allá de crear más y más reglamentación (por ejemplo, lo que propone el documento catalán para la transición energética), sino que implica cambios mucho más radicales (como los que proponía en el post "Una propuesta de futuro").

En todo caso, no deja de ser curioso ver cómo hay cierto consenso en el análisis económico de la situación actual al diagnosticar que el despilfarro energético es un problema (lo cual lleva implícitamente a aceptar que el sistema económico está orientado al despilfarro), entre otras cosas porque el despilfarro es algo visible a todo el mundo; como manera de redimir nuestras penas, insisten en que la clave está en mejorar la eficiencia y como si con eso hubiera bastante. Me resulta un tanto chocante que no se den cuenta (o no mencionen) de que, más allá de que la Paradoja de Jevons limita lo que se puede hacer con ahorro y eficiencia, hay un sentido económico en el despilfarro. Se despilfarra, en suma, porque eso es bueno para la economía. Por la misma razón, de manera general no despilfarrar lleva a una contracción económica.

Con todo, la discusión sobre la eficiencia energética no aborda el meollo de la cuestión, lo que realmente se discute cuando se habla de desmaterialización. El concepto realmente clave no es la eficiencia energética, sino la intensidad energética. Tal y como explica la Wikipedia, la intensidad energética nos da la relación entre PIB y consumo energético de un país. El significado directo es muy simple: un país con alta intensidad energética necesita consumir más energía por euro de PIB producido que un país con menos intensidad energética. Desde un punto de vista más conceptual, la intensidad energética nos informa sobre el metabolismo de las economías: nos indica cómo de eficientes son convirtiendo energía en (ejem) riqueza. Se supone que las economías más avanzadas del mundo tienen menores intensidades energéticas, dado que su progreso tecnológico las lleva a ser más eficientes.


Desde un punto de vista matemático, la intensidad energética nos da una medida de la sensibilidad del PIB al consumo energético (o viceversa) y por tanto es una magnitud cuyo cálculo es un poco delicado, ya que hay multitud de factores que pueden hacer cambiar este valor con carácter transitorio (ciertas inercias económicas, por ejemplo). Por otro lado, no todos los tipos de energía consumida son equivalentes y no todos los países están adaptados a los mismos tipos, lo cual puede proyectar una imagen un tanto confusa de la verdadera eficiencia de cada país. Por otro lado, si ya estimar la Tasa de Retorno Energético de una determinada fuente de energía tiene sus intríngulis contables, entre otros ser capaz de controlar todos los flujos de entrada y salida, imaginen cómo debe ser de complicado aislar todos esos factores cuando se refieren a un país. Precisamente, para aislar mejor todos los efectos transitorios, los cambios que llevan años a materializarse, etc es conveniente intentar estimar la intensidad energética de un país es una situación de cierta estabilidad, tras varios años operando bajo una situación lo más parecida posible. Sin embargo, los economistas suelen tomar los datos brutos de cada año, estimar la intensidad energética de cada año particular y sacar de ello conclusiones, incluso en momentos como el actual donde es evidente que se están produciendo cambios bastante radicales año a año y la situación está lejos de haberse estabilizado. No deja de ser curioso que no pocos economistas, embarcados en la suicida cruzada negacionista del cambio climático, exijan que les presentes décadas y más décadas de datos de temperatura superficial terrestre para hacer una buena caracterización de la tendencia global al calentamiento y no sean capaces de ver que las variaciones en la intensidad energética están siendo en determinados momentos mucho más fuertes y eso no les impide considerarlas descriptores fiables de la realidad a escalas de un año.
 

Como comentamos, la evolución de la intensidad energética de los países más industrializados (y como estandarte, los EE.UU.) es lo que lleva a algunos a afirmar que se está produciendo una desmaterialización de la economía; vean la siguiente gráfica, en la que se muestra la evolución de la intensidad energética (normalizada por el valor en 1950) de los EE.UU.:

Gráfica de la Energy Information Administration, Departamento de Energía de los EE.UU. Los datos históricos llegan hasta el 2013, a partir de ahí son proyecciones hacia el futuro: https://www.eia.gov/todayinenergy/detail.cfm?id=10191

Visto de esta manera, se comprueba que, efectivamente, los EE.UU. han hecho una impresionante mejora en su intensidad energética durante las últimas décadas, y especialmente a partir de las crisis de 1973. Las proyecciones de los mejores especialistas del BAU nos dicen que tal mejora va a continuar y que, por tanto, estamos delante de un proceso histórico, el de la desmaterialización (al menos energética) de los EE.UU.

Lo cierto es que tal afirmación no resiste el más mínimo análisis. Si uno toma los datos del último anuario estadístico de BP, el BP 2015, nos encontramos que la evolución del consumo total de energía de los EE.UU. ha sido netamente creciente en todo ese período, con un cierto bache final fruto de la crisis económica que se desencadenó en 2008 y aún estamos padeciendo (y que, como sabemos, no acabará nunca):

Gráfico extraído de la web Flujos de Energía, http://mazamascience.com/OilExport/index_es.html
 
Vemos, por tanto, que aunque en los EE.UU. el consumo de energía por unidad de PIB producido haya disminuido, la realidad es que su consumo total de energía ha crecido a buen ritmo durante todas estas décadas, con algunos sobresaltos como las crisis del 73 y la de principios de los 80, el estancamiento del 91, la ligera caída de 2001 y la actual crisis. Por tanto, resulta difícil justificar que la economía de los EE.UU. se esté "desmaterializando" si consume más energía que nunca. Pero los economistas no son gente que se arredre porque la realidad les contradiga, y así asistimos al nacimiento del concepto de "desmaterialización débil", o relativa: aunque el consumo total de energía haya seguido subiendo en los EE.UU. durante los últimos 30 años, la energía por unidad de PIB ha bajado y a buen ritmo. Siendo como son conscientes, los economistas, de que su argumento de desmaterialización no se sostiene en términos absolutos (consumo total de energía), suelen pasar directamente a los términos relativos (intensidad energética) para intentar convencernos con su discurso, mil veces repetido, de que el ingenio humano todo lo puede y que vamos a solucionar la crisis energética de esta manera.

Pero es que las estadísticas de intensidad energética son muy cuestionables. De entrada, por la presencia de factores transitorios como comentábamos más arriba. Por otro lado, el momento en que en los EE.UU. comienza el proceso más fuerte de reducción de su intensidad energética coincide, y no casualmente, con el momento en que las empresas del sector secundario comienzan a deslocalizarse a otros países con manos de obra y demás costes estructurales más baratos. De ese modo, todos los sectores de mayor valor añadido (y típicamente menos demandantes de energía y recursos, y por tanto también menos contaminantes) se quedan en EE.UU., mientras que las industrias de menos valor añadido (típicamente más pesadas y más consumidoras de energía) se van a Taiwan, China o la India. Con una hiperespecialización en los servicios, sobre todo los de intermediación financiera, se consigue incrementar el PIB al tiempo que el consumo de energía no sube tanto (no baja, sino que sigue subiendo porque los productos de China se siguen consumiendo en los EE.UU., y porque el consumo de la población sigue aumentando y en el caso de los EE.UU. de una manera bastante desenfrenada). De ese modo se consigue mejorar la intensidad energética de los EE.UU., pero a costa de disminuir la del mundo (como ahora las mercancías han de viajar largas distancias, se consume mucha más energía en todo la cadena desde la producción hasta la venta). Como que además esta táctica de desembarazarse de la industria más pesada no la pueden hacer todos los países porque al final en algún lado se han de producir los bienes consumidos por Occidente, lo ejemplar de la "desmaterialización débil" de EE.UU. resulta bastante cuestionable. Pero es que además ni siquiera EE.UU. es un ejemplo a seguir en materia de intensidad energética: un simple vistazo a la Wikipedia nos muestra que los países que tienen mejores intensidades energéticas (menores valores de consumo energético por unidad de PIB) no son precisamente los que se suelen reseñar como ejemplos de éxito económico: Congo, Perú, Uruguay, Marruecos... Hong Kong sale en el tercer lugar, pero justamente porque esa pequeña ex-colonia británica no tiene apenas actividad productiva y sí mucha actividad de servicios, lo cual favorece tener una baja relación entre energía consumida y PIB. EE.UU. tiene un intensidad energética (221,7 toneladas equivalentes a petróleo por millón de dólares, en 2003) por encima de la media mundial (212,9). Y si se quiere pensar que los países poco favorecidos que salen al principio de la lista son anomalías estadísticas merece la pena resaltar que los primeros países europeos que aparecen (todos por debajo de la media mundial y muy por debajo de la intensidad energética norteamericana) son, por ese orden, Irlanda (con 107,6 toe/M$), Suiza (122,3),  Malta (130,7), Dinamarca (133,2), Grecia (137,8), Portugal (138,2),  Austria (139,1), Reino Unido (141,2) y España (142,5). Si se fijan, aparecen países donde el sector financiero es fuerte (Suiza, Malta, Austria, Reino Unido) y países industriales que son de los menos eficientes en Europa (Irlanda, Grecia, Portugal y España), con la sola particularidad de Dinamarca. Así que en realidad el concepto de intensidad energética tampoco parece estar ofreciéndonos un diagnóstico muy útil sobre la eficiencia de las economías o su grado de desempeño; más bien, en el caso de las economías desarrolladas favorece a aquellos países donde el peso del sector servicios es muy grande. Esto explica también por qué los economistas prefieren mostrar la curva de evolución de la intensidad energética de los EE.UU. sin mostrar cuál es su posición real en el mundo porque su discurso se les tambalearía.
  
Incluso dejando de lado que resulte cuestionable que se esté produciendo una efectiva desmaterialización energética de la economía, hay razones fundadas para pensar que, en realidad, cualquier proceso de "desmaterialización", es decir, de mejora de la eficiencia económica a la hora de usar la energía, tiene un recorrido limitado. La razón es que la energía es la capacidad de hacer trabajo, y por tanto hay una correlación bastante estrecha entre consumo de energía y PIB: incluso aunque el coste económico de la energía suponga generalmente menos del 10% del PIB, su impacto en el crecimiento del PIB es de más del 60%, como muestra Gaël Giraud en sus trabajos. Por otro lado, James Hamilton argumentó que el coste de la energía no puede superar el 10% del PIB so pena de desencadenar una recesión económica, al menos en los EE.UU., al transmitirse sus costes por toda la cadena productiva. Pero, por otro lado, dada su importancia para el PIB, hay un coste mínimo para la energía, aún por determinar pero que no es ni mucho menos el 0%, como argumentaba Tom Murphy en un post traducido en este blog que vivamente les recomiendo leer: "Encuentro del economista exponencial con el físico finito". Como argumentaba el Dr. Murphy, en última instancia hay un ratio máximo de tamaño de la economía dividido por el consumo de energía y no puede aumentarse más; o dicho con otras palabras, si mejoramos la eficiencia para consumir menos energía entonces o los agentes económicos destinan la energía sobrante a otras actividades productivas (Paradoja de Jevons) o bien el valor de la economía cae, pues al final refleja el valor de la energía que consume.


Dejando de lado estas abstracciones, como sabemos, hemos entrado en una época donde la volatilidad del precio del petróleo será una norma. Los actuales precios bajos del petróleo vendrán sucedidos, pasando demasiado rápido a través de los valores intermedios, por precios muy elevados, y en ese momento se evidenciará que los desequilibrios en el mercado del petróleo son inherentes a él mismo y al momento que estamos viviendo. En ese momento probablemente los economistas insistirán en la selección de argumentos que favorecen su punto de vista desdeñando los que lo contradicen (cherry picking), y en ese sentido intentarán continuar hacer creer que la economía se está desmaterializando, como una manera de tranquilizar las conciencias en medio de un proceso de general depauperización. Esa misma estrategia siguió la AIE en su último informe, en el cual nos pretendía hacer tragar las ruedas de molino de que los EE.UU. y Europa van a conseguir aumentar su PIB en los próximos 25 años a pesar de que ambas regiones van a sufrir un descenso energético, más acusado en el caso de Europa. Es decir, según la AIE va a pasar algo extraordinario (una desmaterialización fuerte de la economía) que no se ha observado jamás y que, por las razones explicadas arriba, es físicamente imposible.




En realidad si uno baja de los análisis de hoja Excel y se va a pie de calle se da cuenta en seguida de que la "desmaterialización débil" (es decir, la mejora de la intensidad energética) de los EE.UU. es, en realidad, una cosa indeseable, por un detalle que los economistas suelen olvidar mencionar. Los años en los que EE.UU. mejoró su intensidad energética, que son los años en los que deslocalizó sus industrias pesadas, coinciden con los años en los que se ha producido, en los EE.UU., un más que considerable empobrecimiento de las clases medias. En las últimas décadas ha sido muy acusado, especialmente en zonas como el Rust Belt, que otrora fueron altamente industrializadas y ahora están en un penoso declive. Según diversas estadísticas, más del 10% de los estadounidenses son pobres (Feeding America cifra esta proporción en 1 de cada 7 - cuando yo empecé este blog hace 6 años decían que era 1 de cada 8). A falta de un estudio más detallado que analice causas y consecuencias, no es aventurado apuntar que la tan cacareada "desmaterialización débil" de la economía americana se ha conseguido sumiendo en el desempleo crónico y en la miseria a una parte apreciable de la población del país (el cual, por cierto, tiene una de las peores proporciones de población activa de Occidente: es la manera de hacer ver que el paro se mantiene por debajo del 9%, ya que hay gente que ya ni busca empleo y por tanto no se consideran población activa). Quizá esa creciente Gran Exclusión americana es la que está favoreciendo el ascenso de líderes populistas como Donald Trump (les recomiendo encarecidamente el análisis que a ese respecto hace John Michael Greer).

En resumen: No hay, a día de hoy, indicios que razonablemente sustenten la hipótesis de desamaterialización de la economía en ningún país del mundo y mucho menos en los EE.UU. Sí que los hay, abundantes y en la mayoría de Occidente, de destrucción de la clase media. Quizá, después de todo, la desmaterialización de la economía significa eso: la desmaterialización de la clase media. Pero eso no parece tan deseable, formulado de esta manera.

diumenge, 15 de juny del 2014

Vientos de cambio

Post publicat al web d'Antonio Turiel The Oil Crash


jueves, 12 de junio de 2014



Queridos lectores,

Durante las dos últimas semanas se han producido varias noticias de gran impacto en el mundo de la energía, todas las cuales merecerían tener un puesto destacado en la primera página de los diarios y algunos minutos en los noticieros televisivos, cosa que por supuesto o bien no ha pasado o bien se ha disfrazado de otra cosa. Todas estas noticias implican una creciente angustia y preocupación por el futuro no ya de la energía sino de la economía mundial, y anticipan que el declive energético puede entrar en una nueva fase más rápida, en una caída más precipitada. Hagamos una revisión rápida de estos sucesos:

  • El World Energy Investment Outlook de la Agencia Internacional de la Energía: Como hace 11 años, la Agencia ha sacado un informe sobre las necesidades de financiación y oportunidades para inversores en el sector de la energía global. El informe ha causado un gran revuelo entre la comunidad concienciada con la crisis energética por dos motivos: porque indica que se necesitarán 48 billones (¡españoles!) de dólares en inversión en energía de aquí a 2035, y porque dice que el sistema europeo de precios para la electricidad garantizan que la red eléctrica europea no es sostenible. Respecto a la primera de las amenazas, hay que ponerla en contexto: 48 billones a gastarse en 22 años implica un gasto medio de 2,18 billones al año (comenzando por 1,5 billones este año y acabando por 2,5 billones el año 2035). Entiendo que todas estas cifras se dan en dólares constantes. Comparado con el PIB actual (2012) del planeta Tierra (unos 71,8 billones de dólares) ese gasto medio anual representa un 3% del PIB; significativo, pero no impresionante; incluso los 2,5 billones del 2035 representarían sólo el 3,5% del PIB de hoy en día. El problema, como apunta Gail Tverberg, es que la AIE está asumiendo un crecimiento de la economía mundial del 3,6% anual, cosa que viendo el actual frenazo económico parece cada vez más difícil y, lo que es peor, teniendo en cuenta el indisimulable ocaso del petróleo que conlleva que esta crisis no acabará nunca, en ese período tan dilatado de tiempo el PIB del planeta comenzará a contraerse. Lo cual es grave porque, aparte de que las previsiones de necesidades de inversión de la AIE son seguramente optimistas, en una situación de PIB menguante el peso del coste energético será cada vez mayor. Recordemos que, como indica James Hamilton, cuando el coste final de la energía excede del 10% del PIB una economía entra en recesión. Y los 48 billones que indica la AIE no son el coste total de la energía, sino sólo la inversión total necesaria (según ellos) para que siga fluyendo (y eso asumiendo que la OPEP cogerá el relevo de la fallida aventura americana del fracking, que el propio informe muestra que tiene las alas muy pequeñas). Es por ello fácil suponer que el precio de la energía es un porcentaje mayor del PIB global que ese 3% de costes de producción, y en una economía que no crece será muy fácil superar ese umbral de dolor del 10% del PIB, a partir del cual la economía entrará en una barrena irrecuperable  puesto que la recesión implicará menos inversión en energía y un aumento de precio de la misma que aún hundirá más la economía en una espiral mortal y por primera vez global. Con respecto al segundo riesgo que apunta la AIE, poca cosa hay que decir: el sector eléctrico europeo (recordemos, no obstante, que la electricidad representa un porcentaje minoritario, de alrededor del 20%, de todo el consumo de energía final en economías desarrolladas y sólo un 10% a escala global) está en crisis y las eléctricas no tienen demasiado interés en invertir en su mantenimiento y expansión; parece por tanto que los apagones serán inevitables en las próximas décadas. Para un análisis más en profundidad recomiendo el excelente artículo de Gail Tverberg en Our Finite World y también este otro de Richard Heinberg traducido al castellano.
  • El documento sobre la Estrategia Europea de Seguridad Energética: Hace dos semanas la Comisión Europea sacó una luz un documento de estrategia energética cuyo objetivo es el de preparar a la Unión a una posible interrupción repentina en el suministro de gas natural a Europa. Aunque no se dice abiertamente, el choque entre Occidente y Rusia por el caso de Ucrania está detrás de este planteamiento estratégico. La Comisión considera verosímil que pueda haber problemas este mismo invierno y ha encargado que se hagan a la menor dilación pruebas de estrés (stress tests) para ver la capacidad del sistema europeo de resistir a estas interrupciones. Aunque se habla mucho de gas natural, no se habla poco de petróleo, y en principio las pruebas de estrés son para todo el sistema energético, o sea que también se contempla una interrupción del suministro de petróleo;  aunque se enfatiza lo mucho que depende Europa del petróleo ruso, se le quita hierro a esta posibilidad dejando claro que Rusia hasta ahora ha dependido mucho de los refinados que le enviamos desde aquí  - pero, claro, hoy en día los movimientos de los países son cada vez más imprevisibles. Para combatir estos riesgos y en el breve plazo que resta - meses de aquí a invierno - los medios son favorecer interconexiones, apelar a la solidaridad entre los Estados miembros y apoyar la producción energética autóctona mediante renovables (ignorando todas las limitaciones de éstas últimas y que de hecho no están funcionando demasiado bien a nivel europeo, ya no en el caso particularísimo de España, sino en Alemania).
  • La producción de petróleo crudo y condensados de planta, descontando el tight oil de fracking, está cayendo ya: Matthieu Auzanneau se hace eco de este hecho en el último artículo de su blog, de donde tomo esta gráfica:
    Como Matthieu hace notar en la gráfica de arriba, la caída no se justifica ni descontando los países donde se está observando problemas serios (ahora hablaremos de ellos), con lo que la conclusión es que realmente la OPEP ya no puede más (cosa que se disfraza diciendo que "el mundo está bien abastecido" a pesar de la abundancia de evidencia en contrario). En particular, Arabia Saudita ha puesto a plena producción el campo de Manifa, cuyo petróleo fuertemente contaminado de vanadio y muy sulfuroso es muy difícil de refinar, y coloca este mal producto en mezclas de precio más barato. Era ya su última bala, no le queda nada más. Mal asunto, cuando el informe de la AIE que comentábamos al principio hacía reposar sobre los hasta ahora amplios hombros de la OPEP la responsabilidad de aguantar (petroleramente) al mundo.
  • La interrupción de las exportaciones de petróleo libio: Hace días transcendía la noticia de que Libia dejaría de exportar los exiguos 200.000 barriles de petróleo diarios que aún era capaz de producir para abastecer sus necesidades nacionales. Lo cierto es que después de la guerra relámpago de hace 3 años el país no se ha estabilizado sino que ha ido progresivamente colapsando, convirtiéndose en un reino de taifas, como evidencia la siguiente gráfica de producción petrolífera (casi la única exportación del país), sacada también del artículo de Matthieu Auzanneau:
    Antes de la guerra el país era capaz de producir más de 1,6 millones de barriles de petróleo diarios (Mb/d); ahora prácticamente nada. Las potencias occidentales no tienen capacidad para implantar su voluntad sobre un tablero de juego cada vez más grande y complejo, y los países, en vez de quedar controlados, colapsan. Y en una situación en que la producción de petróleo está en su máxima capacidad y bajando, los 1,6 Mb/d de Libia no son nada despreciables. O no lo eran.
  • La guerra civil en Irak: El paradigma de colapso incontrolado está viniendo del país que más tiempo llevaba bajo el nuevo orden petrolero del mundo: Irak, el eterno Eldorado del petróleo cuya producción debía pasar de los 3 Mb/d actuales a los 6 Mb/d en unos años e incluso llegar a 12 Mb/d algún día, resulta que también está colapsando. La guerra civil nunca cesó por completo y con la retirada de las tropas de los EE.UU. se fue agravando. El conflicto civil en la cercana siria ha favorecido que un movimiento yihadista que se mueve entre los dos países haya tomado fuerza y ahora haya conquistado la ciudad de Mosul, ciudad clave para el control del petróleo del Kurdistán por su refinería y por el paso del oleoducto Mosul-Haifa (situado bastante más al sur). Si el grupo armado sigue avanzando podrán tomar el control de una de las zonas más productivas del Irak y el sueño de la abundancia petrolera en el país se acabará para siempre; como demuestra el caso libio y la historia del propio Irak, cuesta décadas borrar las improntas de la guerra en una industria tan delicada como es la petrolera.
  • La inestabilidad general en algunos productores: La producción sigue cayendo en Angola y en Venezuela (en esta última, empujadas por las protestas y huelgas); el desastre ecológico del Delta del Níger tiene mucho que ver con el alzamiento de grupos como Boko Haram y hace huir algunos inversionistas del país, poniendo aún más en compromiso la producción; Yemen está a punto de colapsar, Egipto y Siria ya lo hicieron... la lista podría hacerse bastante más larga, pero creo que ya se hacen una idea.
  • El reconocimiento cada vez más sonoro de que las explotaciones de shale gas y shale oil con la técnica de fracking son completamente ruinosas económicamente: Hace poco más de un año abordamos aquí la escasa (o negativa) rentabilidad del fracking, y hace unos siete meses cómo se empezaban a manifestar los síntomas del hundimiento de esta burbuja financiera. Pues bien: parece que comienza a ser una verdad a voces.  Ahora es la mismísima Bloomberg quien ha hecho un análisis en profundidad de las pérdidas de las empresas del sector, llegando a la conclusión de que muchas de ellas desparecerán. No habrá, por tanto, salida al problema petrolero por aquí, aunque fuera provisional (hasta 2020, según reconocía la propia AIE). El modelo de importar energía exportando miseria, propiciado por la condición de moneda de reserva del dólar, ya no se sostiene más, y es que las compañías petroleras no pueden seguir invirtiendo en negocios de rentabilidad dudosa y se han lanzado a una agresiva desinversión con consecuencias nefastas para nuestro futuro inmediato. Esto ocasionará no que no aumente la producción de petróleo en un futuro inmediato, sino que el colchón que nos daba actualmente el fracking prácticamente se desvanezca en cuestión de meses. Añadido a todo lo comentado arriba pone en una nueva y más inquietante perspectiva el informe de la AIE, y hace comprender que su lenguaje moderado oculta una realidad cada vez más inquietante.


Después de tal colección de nefastas noticias, con malos augurios para nuestro futuro, ¿qué vemos? En vez de sonar las lógicas señales de alarma, lo único que se oye por estas latitudes y por muchas otras son las bocinas de los aficionados al fútbol, disfrutando como nunca de uno de los últimos campeonatos mundiales de este deporte. Habiendo fútbol, ¿quién tiene interés en ver que el mundo se desmorona? Y sin embargo, una parte de la muy futbolera población de la anfitriona del campeonato, Brasil, sale a la calle a decir que eso no, que así no...


Quizá son ellos la última esperanza de que no todo está perdido.

Salu2,
AMT