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dilluns, 20 de febrer del 2017

Les dones guanyarien un 25% més si el treball i les cures es distribuïssin igualitàriament

Article publicat a Aldia.cat
Publicat 15/02/2017




El PIB català s'incrementaria un 23,4% si es tingués en compte la feina domèstica i les cures

BARCELONA, 15 Febr. (EUROPA PRESS) -
Les dones catalanes podrien obtenir uns ingressos salarials bruts un 25% superiors als actuals si hi hagués una distribució igualitària de les tasques domèstiques i de cures com en el treball remunerat, ha revelat un estudi de l'Observatori Dóna, Empresa i Economia (Odee), la Cambra de Comerç de Barcelona i l'Institut Català de les Dones (ICD) de la Generalitat.
L'estudi 'Quantificació econòmica del treball domèstic i de la cura de persones no remunerat a Catalunya' ha conclòs que el PIB català s'incrementaria un 23,4% si es tingués en compte el treball domèstic i de cures, perquè ho faria augmentar en 50.321 milions d'euros --segons dades del 2015 calculat amb una metodologia que usa l'INE--, fins als 265.248 milions, ha explicat aquest dimecres en roda de premsa la presidenta de l'Odee, Núria Lao.
En dedicar una mitjana de gairebé dues hores diàries més, les dones són les que farien una major aportació si es calcula aquest PIB de l'economia domèstica i de cures, amb el 67%, per la qual cosa han conclòs que les dones contribueixen el doble en el valor econòmic d'aquests treballs.
"El valor econòmic que aporta la dona a la societat és exactament el mateix que els homes", ha explicat la directora d'anàlisi econòmica de la Cambra, Carme Poveda, que ha afegit que de mitjana les dones suporten una càrrega de treball --remunerat i no remunerat-- d'una hora més diària que els homes, la qual cosa trenca la imatge que treballen menys.
Poveda ha afirmat que "la dona continua assumint la major càrrega en els treballs de cures i organització de la llar" --independentment de la seva edat, situació laboral i nivell d'estudis--, la qual cosa té un cost de 2.759 euros anuals per dona.
El temps dedicat a la llar es doblega quan té fills, amb el que la maternitat actua com un "sostre de cristall" per a la carrera professional, ha afegit la presidenta de l'ICD, Teresa M. Pitarch.

TASQUES INVISIBILITZADES

L'estudi ha volgut donar visibilitat i crear indicadors per fer un seguiment d'un treball invisibilitzat, sense reconeixement social, ha destacat Pitarch, i la directora de l'Odee, Anna Mercadé, ha afegit que un apoderament real passa per arribar a una igualtat de retribució i a una coresponsabilitat social, pel que ha demanat la gratuïtat de les guarderies i els serveis de la dependència.
Ha proposat mesures transitòries, com fer una reforma horària per adoptar horaris europeus, tenir en compte el treball de cures en aspectes com les pensions i que desgravessin les guarderies i contractar cures.
"Arrosseguem una societat de l'època industrial", ha lamentat Mercadé, que ha detallat que no estan proposant una retribució per als treballs en la pròpia llar, sinó que es reconegui i no es penalitzi en la carrera professional --com ocorre amb excedències de maternitat penalitzades, quan no ho són les excedències per a una funció política--.

PRESSUPOSTOS SENSE VISIÓ DE GÈNERE

En ser preguntada pels Pressupostos de la Generalitat per al 2017, la directora de l'Odee ha dit que no ha vist encara uns pressupostos amb visió de gènere, i que opina que no es donarà fins que les dones representin la meitat dels llocs de presa de decisions.
"Les dones hem sortit a treballar fora de casa, però els homes no han entrat dins", ha explicat Pitarch, que ha relatat que les dones es troben amb les barreres internes d'una herència social patriarcal, una falta de coresponsabilitat d'homes i de la societat en general i una falta de medidias efectives per conciliar la vida laboral.
L'Enquesta d'usos del temps de 2010-11 --l'última disponible a Catalunya-- mostra un augment gradual de dedicació dels homes a les tasques de la llar, amb 23 minuts més que en l'enquesta de 2002-03, però encara que és una tendència positiva, passaran 40 anys abans d'arribar a la igualtat --amb 2,9 minuts per any--, ha conclòs l'estudi, que presentaran al març davant un congrés de l'ONU sobre igualtat de gènere.

"Es un engaño que el trabajo asalariado sea la clave para liberar a las mujeres"

Article publicat a El Diario

Entrevista con la pensadora feminista Silvia Federici, que reivindica que el trabajo reproductivo y de cuidados que hacen gratis las mujeres es la base sobre la que se sostiene el capitalismo

"Ahora las mujeres tienen dos trabajos -el de fuera de casa y el de dentro- y aún menos tiempo para luchar, y participar en movimientos sociales o políticos"







La escritora y activista feminista Silvia Federici. / Marta Jara
La escritora y activista feminista Silvia Federici. / Marta Jara



Silvia Federici (Italia, 1942) es una pensadora y activista feminista, un referente intelectual por su análisis del capitalismo, el trabajo asalariado y reproductivo, siempre desde una perspectiva de género. Profesora en la Universidad de Hofstra de Nueva York, Federici fue una de las impulsoras de las campañas que en los años setenta comenzaron a reivindicar un salario para el empleo doméstico. "El trabajo doméstico no es un trabajo por amor, hay que desnaturalizarlo", defiende. La escritora está de gira por España: allá donde ha estado las librerías y salas se han llenado para escucharla. Su último libro publicado en español es "Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas", publicado por Traficantes de Sueños.
¿Es esta crisis económica una crisis también de igualdad?



Sí, es una crisis de igualdad y que amenaza especialmente a las mujeres. Hay muchas consecuencias de las crisis que impactan en las mujeres de forma particularmente intensa. Por un lado, los recortes de servicios públicos, de la sanidad, de la educación, de los cuidados, las guarderías... eso trae a las casas un montón de trabajo doméstico que todavía siguen haciendo mayoritariamente las mujeres. La mayoría de las mujeres trabajan fuera de casa pero siguen encargándose de este trabajo y tienen que absorber esta parte de tareas que antes eran públicas. Por otro lado, la crisis del empleo y del salario crea nuevas tensiones entre las mujeres y los hombres. Que las mujeres tengan más autonomía ha creado tensiones y un aumento de la violencia masculina. El hecho de que los hombres no tengan el poder económico y al mismo tiempo las mujeres reivindican una mayor autonomía ha creado formas de violencia masculina contra las mujeres que se pueden ver en todo el mundo.
¿En qué momento diría que estamos entonces?
Estamos en un periodo en el cual se está desarrollando un nuevo tipo de patriarcado en el cual las mujeres no son solo amas de casa, pero en el que los valores y las estructuras sociales tradicionales aún no han sido cambiadas. Por ejemplo, hoy muchas mujeres trabajan fuera de la casa, muchas veces en condiciones precarias, lo que supone una pequeña fuente de mayor autonomía. Sin embargo, los lugares de trabajo asalariado no han sido cambiados, por tanto, ese trabajo asalariado significa adaptarse a un régimen que está construido pensado en el trabajo tradicional masculino: las horas de trabajo no son flexibles, los centros de trabajo no han incluido lugares para el cuidado, como guarderías, y no se ha pensado formas para que hombres y mujeres concilien producción y reproducción. Es un nuevo patriarcado en el que las mujeres deben ser dos cosas: productoras y reproductoras al mismo tiempo, una espiral que acaba consumiendo toda la vida de las mujeres.
De hecho, usted dice que se ha identificado la emancipación de las mujeres con el acceso al trabajo asalariado y que eso le parece un error, ¿lo es?
Es un engaño del que hoy podemos darnos cuenta. La ilusión de que el trabajo asalariado podía liberar a las mujeres no se ha producido. El feminismo de los años 70 no podía imaginar que las mujeres estaban entrando al trabajo asalariado en el momento justo en el que éste se estaba convirtiendo en un terreno de crisis. Pero es que, en general, el trabajo asalariado no ha liberado nunca a nadie. La idea de la liberación es alcanzar la igualdad de oportundiades con los hombres, pero ha estado basada en un malentendido fundamental sobre el papel del trabajo asalariado en el capitalismo. Ahora vemos que esas esperanzas de transformación completa eran en vano. Al mismo tiempo sí vemos que muchas mujeres han conseguido más autonomía a través del trabajo asalarido, pero más autonomía respecto de los hombres no respecto del capital. Es algo que ha permitido vivir por su cuenta a muchas mujeres o bien que tuvieran un trabajo, mientras su pareja no lo tenía. De alguna forma esto ha cambiado las dinámicas en los hogares, pero en general no ha cambiado las relaciones entre hombres y mujeres. Y, muy importante, eso no ha cambiado las relaciones entre mujeres y capitalismo: porque ahora las mujeres tienen dos trabajos y aún menos tiempo para, por ejemplo, luchar, participar en movimientos sociales o políticos.
Es también muy crítica con organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial o la ONU. Algunos de ellos publican informes animando a la participación femenina en el mercado laboral, mientras alientan medidas de recorte que perjudican la igualdad y la vida de las mujeres...
Sí y esto es fundamental. Es un error no ver el tipo de planificación capitalista que se está desarrollando dentro del proyecto de globalización. Hubo una intervención masiva en la agenda y en las políticas feministas con el objetivo de usar el feminismo para promover el neoliberalismo y para contrarrestar el potencial subversivo que tenía el movimietno de mujeres en términos, por ejemplo, de lucha contra la división sexual del trabajo y contra todos los mecanismos de explotación. Por un lado, el trabajo de la ONU fue redefinir la agenda feminista y creo que fueron bastante efectivos. A través de  varias conferencias mundiales, por ejemplo, se presentaban así misma como la representación de las mujeres del mundo y de lo que es o no el feminismo. Por otro lado, su otro objetivo era 'educar' a los gobiernos del mundo en que algo tenía que cambiar en la legislación laboral para permitir la entrada de las mujeres en el trabajo asalariado.
¿Cómo salir entonces de esa trampa, cómo conseguir reivindicar la igualdad sin caer en esas trampas? Porque, por ejemplo, usted rechaza que las mujeres se incorporen en igualdad a los Ejércitos.
No a las mujeres en el Ejército, de ninguna manera. Hay que tener en cuenta que los hombres también son explotados. Entonces, si decimos simplemente que queremos la igualdad con los hombres estamos diciendo que queremos tener la misma explotación que los hombres tienen. La igualdad es un término que congela el feminismo: por supuesto que en un sentido general no podemos estar en contra de la igualdad, pero en otro sentido decir solo que luchamos por la igualdad es decir que queremos la explotación capitalista que sufren los hombres. Creo que lo podemos hacer mejor que eso, hay que aspirar a transformar el modelo entero, porque los hombres tampoco tienen una situación ideal, los hombres también deben ser liberados, porque son sujetos de un proceso de explotación. Por eso no a las mujeres en el ejército, porque no a la guerra, no a la participación en ninguna organización que nos comprometa a matar a otras mujeres, a otros hombres en otros países con el objetivo de controlar los recursos del mundo. La lucha feminista debería deicr en ese sentido que los hombres deberían ser iguales a las mujeres, que no haya hombres en los ejércitos, es decir, no a los ejércitos y no a las guerras.
¿Y cómo salir de la trampa en el caso del trabajo asalariado?
Esto es diferente porque en muchos casos el trabajo asalariado es la única forma en la que podamos ser autónomas y no estamos en la posición de decir no al empleo. La cuestión es considerar el trabajo asalariado como una estrategia más para la liberación, no como la gran estrategia para liberarnos. Por ejemplo, en EEUU la cuestión del trabajo reproductivo no se tiene en cuenta para nada e incluso cuando las mujeres luchan por liberarse de las tareas de cuidado eso solo se tiene en cuenta como una forma de que ellas puedan dedicar más tiempo al trabajo fuera de casa. El capitalismo devalúa la reproducción, y eso significa que devalúa nuestras vidas para continuar devaluando la producción de trabajadores. Es un asunto fundamental que no se está teniendo en cuenta. Así que no se trata de decir no al trabajo asalariado sino de decir que el trabajo asalariado no es la fórmula mágica para liberar a las mujeres. Las mujeres no están afuera de la clase trabajadora, la lucha feminista debe estar totalmente imbricada en la lucha trabajadora.
Entonces, ¿qué más estrategias se pueden seguir para conseguir esa liberación?
El trabajo que la mayoría de mujeres hacen en el mundo, que es el trabajo reproductivo y doméstico, es ignorado. Y ese trabajo es la base del capitalismo porque es la forma en la que se reproducen los trabajadores. El trabajo de cuidados no es un trabajo por amor, es un trabajo para producir a los trabajadores para el capital y es un tema central. Si no hay reproducción, no hay producción. Si ese trabajo que hacen las mujeres en las casas es el principio de todo lo demás: si las mujeres paran, todo para; si el trabajo doméstico para, todo lo demás para. Por eso el capitalismo tiene que devaluar este trabajo constantemente para sobrevivir: ¿por qué ese trabajo no está pagado si mantiene nuestras vidas en marcha? La corriente de la que yo provengo vimos que si el capitalismo tuviera que pagar por este trabajo no podría seguir acumulando bienes. Y al menos que lidiemos con este asunto no produciremos ningún cambio en ningún otra plano.
¿Defiende el salario para el trabajo doméstico?
Sí. Muchas feministas nos acusan de institucionalizar a las mujeres en casa porque entienden que esta demanda es una forma de congelar a las mujeres en los hogares, pero es exactamente lo contrario, es la forma en que podemos liberarnos. Porque si este trabajo es considerado como tal los hombres también podrán hacerlo. El salario sería para el trabajo, no para las mujeres.
Sí, pero aún hoy son las mujeres las que hacen mayoritariamente ese trabajo, esa sigue siendo la tendencia a pesar de que ha habido otros cambios, ¿qué haría cambiar esa inercia?
La tendencia es esa porque la ausencia de salario ha naturalizado la explotación. ¿Te imaginas que los hombres hubieran hecho un trabajo industrial gratis durante dos años porque es lo propio de los hombres? Estaría totalmente naturalizado, igual que lo está el trabajo doméstico, que está ligado a la feminidad y a lo que se considera propio de las mujeres. En una sociedad conformada para las relaciones monetarias, la falta de salario ha transformado una forma de explotación en una actividad natural, por eso decimos que es importante desnaturalizarla.
¿Y la forma de desnaturalizarla es precisamente mediante un salario?
Sí, es un primer paso para hacerlo. Pero nunca vemos el salario como un fin, sino como un medio, un instrumento para empezar la reivindicación. Ya solo pedir un salario tiene el poder de revelar toda un área de explotación, de sacar a la luz que esto es un trabajo propiamente dicho, y que es esencial para el capitalismo, que ha acumulado riqueza gracias a ello.
¿No se corre el riesgo de perpetuar así la división sexual del trabajo?
No, es una forma de romperla. Se puede demostrar que la división sexual del trabajo está construida sobre la diferencia salario-no salario.
Sin embargo, en muchos países como España el trabajo doméstico ya está reconocido como tal (no con todos los derechos) y aún así ese trabajo sigue siendo femenino mayoritariamente, es decir, que esté remunerado no ha hecho que los hombres se incorporen a esos empleos. ¿Por qué pensar entonces que pagar por las tareas del hogar hará que los hombres se incorporen a ese área?
En una situación en la que el trabajo doméstico no es reconocido como trabajo y millones de mujeres lo hacen gratis en todo el mundo, las mujeres que lo hacen por dinero están en una situación de debilidad, de no poder negociar mejores condiciones. Yo espero que se construya un nuevo movimiento feminista que una a las mujeres que hacen trabajo doméstico pagado y a las que lo hacen no pagado. Empezar una lucha sobre qué significa este trabajo, reivindicar nuevos recursos al servicio de este trabajo y proponer nuevas formas de organización. Este trabajo se hace separadas las unas de las otras y hace falta unión, nuevas formas de cooperación que nos permitan unir nuestras fuerzas para contestar esta devaluación del trabajo doméstico. La conexión entre mujeres y trabajo doméstico es muy fuerte y no será fácil, pero creo que sí se podrían conseguir cosas. La reinvidicación del salario para el trabajo doméstico ha sido muy liberadora porque muchas mujeres podían comprender así que lo que hacían era trabajo y era explotación, y no algo natural.

diumenge, 29 de gener del 2017

Francia obliga a hacerse autónomos a los agentes de la economía colaborativa

Article publicat a  Tendencias 21

La mujer adquiere también un creciente protagonismo en este nuevo escenario

Francia obliga a los agentes de la economía colaborativa a cotizar a la seguridad social, según una nueva ley aprobada esta semana en la Asamblea Nacional. Los que ganen más de 23.000 euros por alquilar una vivienda o 7.720 euros por alquilar su coche, tendrán que hacerse autónomos. La mujer adquiere también un creciente protagonismo en ese nuevo escenario.


Francia se ha convertido en uno de los países europeos pioneros en poner un marco legal y fiscal a la economía colaborativa.

Esta semana, la Asamblea Nacional ha aprobado una ley según la cual a partir de un cierto nivel de ingresos obtenidos por el alquiler de una vivienda o de un coche, los particulares deberán darse de alta a la seguridad social y cotizar como cualquier otro trabajador.

La nueva ley constituye un paso más en el proceso francés de regular la economía colaborativa. Otras leyes anteriores regulan las estaciones del año destinadas al hábitat participativo, las obligaciones de informar de actividades relacionadas con las plataformas de internet, y establece el estatuto de los trabajadores colaborativos.

Lo que establece la nueva ley es que cuando una persona obtiene ingresos superiores a los 23.000 euros por el alquiler de un apartamento o vivienda, o más de 7.720 euros al año por alquilar cualquier bien como un coche, esta persona debe afiliarse a la seguridad social y pagar la cotización correspondiente. Las plataformas colaborativas deberán asimismo gravar las estancias.

Pero Francia no sólo grava, también impulsa. El Gobierno lanzará a principios de año un proyecto para seleccionar 30 territorios colaborativos. También suprimió en 2014 el monopolio bancario sobre los préstamos remunerados y un decreto aprobado hace ahora un año autoriza a cualquier colectivo a recurrir a la financiación colectiva para realizar proyectos culturales y educativos.

Al igual que en otros países, las autoridades pretenden controlar un fenómeno que en Francia se manifiesta con fuerza: 9 de cada 10 franceses recurren a la economía colaborativa al menos una vez al año (datos de 2014). El mercado de esta economía se estima actualmente em 3.500 millones de euros y podría triplicarse de aquí a 2018.

Francia alberga además un total de 276 plataformas colaborativas, el 70% de ellas genuinamente francesas. Airbnb supera ya los 10 millones de estancias. Uber tiene 1,5 millones de usuarios en el país. Más de 2,3 millones de franceses han obtenido financiación para sus proyectos mediante sistemas colaborativos.

Como fenómeno social, el auge de la economía colaborativa desempeña un papel importante como impulsor del consumo en un país afectado por la caída del poder adquisitivo. Al mismo tiempo potencia el empleo, aunque sea precario.

Y como señala Les Echos, la economía colaborativa responde a nuevas aspiraciones sociales, ya sean generacionales (difunde una forma de vida emergente), ecológica (racionaliza el consumo), dinamiza las zonas rurales facilitando la movilidad y por último erosiona los monopolios que contienen la innovación.

Más información sobre la comparativa España-Francia en economía colaborativa

El caso de las mujeres

Otro  factor de cambio es la creciente importancia de las mujeres en el marco de la economía colaborativa, según se puso de manifiesto esta semana en el Foro de Mujeres celebrado en Deauville, más conocido como el Davos de las Mujeres.

En este foro se destacó que el  auge de la economía colaborativa favorece la feminización del trabajo. A medida que la economía colaborativa evoluciona hay quienes dicen que las mujeres pueden estar mejor preparadas para los cambios que van a llegar: no sólo están más habituadas a compartir, sino también al empleo precario.

“Tradicionalmente las mujeres eran las únicas con esta clase de empleos que no tienen la misma seguridad, incluso en la empresa tradicional. Ahora, un sector mucho más amplio de la sociedad está en idéntica situación. Podría argumentarse que los hombres se enfrentan ahora a los mismos problemas que las mujeres tienen desde hace tiempo”, explica la profesora de marketing de la Universidad de Londres, Giana Eckhardt, citada por Euronews.

El futuro de la mujer en esta forma de nueva economía está por descubrir, en opinión de la presidenta del Foro de Mujeres para la Economía y la Sociedad, Clara Gaymard, ya que nadie sabe qué va a ocurrir, ni los hombres y ni las mujeres. Pero ambos son actores del proceso porque estamos en un mundo horizontal. “Es menos jerárquico, se pueden romper barreras.

Así que es una herramienta de la que disponen las mujeres para empoderarse, actuar de la manera que quieren y participar activamente en este escenario”, señala.

El resumen de la reflexión del Davos de las Mujeres sobre la economía colaborativa señala que  se abre un nuevo capítulo en el que las mujeres pueden redefinir el mercado laboral y quizás, incluso, ser los actores principales en este nuevo escenario.

dimarts, 19 de gener del 2016

El bebé de Bescansa, el feminismo y la nueva política

Article publicat a Píkara
Ilustración de Paula Pé
Ilustración de paulapé
El feminismo se mueve al ritmo de las vidas de las mujeres. Y que siempre está en movimiento es algo que no parecen haber entendido algunas diputadas del PSOE (de las del PP ni hablo) cuando criticaron el gesto de Bescansa. Yo, que no soy sospechosa de alentar la lactancia ni el apego, que he luchado por no dar de mamar y que apoyo a las que eligen este camino, entiendo que criticar a Bescansa no sólo no es feminista, sino que es muestra de no entender por dónde va el feminismo y por dónde van las mujeres jóvenes.
Bescansa iba con su anterior bebé a todas partes y con este se ha hecho toda la campaña; ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida
Creo que la cuestión del Bebé de Bescansa puede enfocarse desde otro punto de vista, no tratado hasta ahora y también creo que hay que salir de los debates descontextualizados y maniqueos en los que a veces caemos. Voy a enfocar este artículo sin tocar ni juzgar un determinado método de crianza (que no me gusta, que no comparto) y sin detenerme en las dificultades de las mujeres para conciliar, cosa en la que todas estamos de acuerdo. Voy a enfocar la cuestión desde el cambio; un cambio que tiene, como todos los cambios, aspectos ambivalentes pero, que en todo caso, exige nuevos argumentos. Cuando digo cambio digo cambio político, pero también cambio generacional, que es algo que hasta ahora está quedando fuera del debate.
Las feministas que criticaron el gesto de Bescansa pertenecen a otra tradición feminista que, en parte, está ligada también a otra generación (la mía, por cierto) que ha dado mucho al feminismo pero que si no mira alrededor con curiosidad y ganas de aprender y, sobre todo, de escuchar, corre el riesgo de quedarse completamente al margen. Los y las jóvenes que entraron en el Congreso el martes pasado pertenecen a otra generación social y política, que piensa distinto de casi todo y que vive distinto también. Su entrada al Congreso fue, como ha sucedido antes en todas las instituciones en las que venimos entrando, absolutamente demostrativa de la apertura de un tiempo muy diferente. No es sólo un cambio político, es un cambio generacional muy importante. Y eso afecta también al feminismo.
Ya expliqué cuando yo misma entré en la Asamblea de Madrid que al compararnos con los demás diputados y diputadas parecíamos de otra raza. El martes, pudimos verlo y no sólo con el bebé. Los diputados y diputadas de Podemos parecían marcianos en una reunión de la trilateral. No nos parecemos en nada a los tradicionales, y no es sólo una cuestión de adscripción política, es también una cuestión de experiencia vital que se refleja en el aspecto exterior pero también en la relación que establecemos con la vida, con nuestra vida cotidiana. Y no es una pose, ni es un show.
Y es ahí donde creo que hay que situar la cuestión del Bebé de Carolina Bescansa. La gente que entra en el Congreso (y que ha entrado antes en otras instituciones) viene del activismo social, de posiciones que se podrían considerar antisistema, que es una posición no sólo política, sino también vital. Esta gente no viene, como es lo tradicional en los cargos públicos, de hacer méritos durante años en un partido político, ni de un bufete de abogados, ni siquiera de las facultades de derecho privadas o de una empresa. Viene, venimos, directamente de las manifestaciones, del desempleo, de los trabajos más precarios y de un tiempo político distinto. Esto hace que esa distinción radical, tan propia del capitalismo liberal, entre esfera pública y privada, no la vivamos de manera tan estricta.
Y esto es un tema propiamente feminista. Para ellos y ellas, para nosotras, el ideal de ciudadanía que se sustenta sobre la separación radical entre la esfera pública (lugar de la ciudadanía, del trabajo remunerado y del debate político; el Mundo del Estado, que dice Habermas) y la esfera privada (la crianza, el cuidado de ancianos y enfermos, el Mundo de la Vida, según el filósofo alemán), es una separación que, en gran parte, ya no opera. Carolina Bescansa no llevó a su bebé al Congreso como un gesto de nada, sino como una manera de estar ella misma en la vida. Mucho antes de ser diputada ella iba con su anterior bebé a todas partes y después con este pequeño de ahora se ha hecho toda la campaña; quienes la hemos visto lo sabemos. Simplemente, ella escogió en su momento ese método de crianza y no lo ha cambiado aunque la hayan elegido diputada. Ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida.
Debido a que un bebé en el Congreso es algo profundamente incongruente con esa radical separación entre las esferas pública y privada, todos los medios se cebaron en ello, pero sin bebé por medio, la actitud de Bescansa era la misma de los otros diputados y diputadas. La gente que entró con Bescansa llegó en bicicleta, en metro, con sus rastas, con sus melenas, con los mismos vaqueros que llevaban el día anterior para ir a hacer la compra; llegaron con sus maletas de gente normal con vidas normales que no han aprendido a dejar en el guardarropa (y esperemos que no aprendan). La esfera pública, para estas mujeres y hombres jóvenes, no ha sido nunca un compartimento estanco en el que se ejerce la ciudadanía, se gana el salario, se trabaja. Nuestras vidas van con nosotras, y eso es feminista aunque, naturalmente, tiene sus sombras. El bebé de Bescansa puede enmarcarse en una manera diferente de posicionarse en la política y en la vida que no es únicamente propia de Bescansa o de las madres, o de las mujeres. Es la propia de esta generación salida del 15M.
Antes luchábamos por escoger el momento de tener hijos, pero hoy existe toda una generación que vive con angustia la imposibilidad de tenerlos
Respecto al bebé y al método elegido para criarlo, claro que hay un debate feminista ahí. Pero antes de criticarlo con dureza y calificarlo sin más, como antifeminista, hay que contextualizarlo, no para abandonar la crítica, sino para poder entender que aquí, con el cambio político, se ha producido al mismo tiempo un profundo cambio generacional. Y los cambios generaciones hay que juzgarlos con parámetros del tiempo que les corresponde.
Lo primero que hice antes de ponerme a escribir este artículo fue realizar una mini encuesta en mi trabajo a mis compañeras diputadas y a las trabajadoras del Grupo Parlamentario, y comprobé que existe ante este asunto una clara cesura que condiciona la respuesta. A las mujeres de mi generación o un poco mayores que luchamos por acceder al mundo público cuando este acceso estaba vedado, que luchamos también por librarnos e de la obligación de ser madres en exclusiva, el bebé en el Congreso no ha gustado. Quienes tuvimos que luchar por estudiar, por trabajar fuera de casa, por ser iguales en la familia, por tener los hijos que quisiéramos, y cuando quisiéramos, o por no tener ninguno, leemos el bebé de Bescansa no en clave de su libertad para criar como quiera y para llevar su condición de madre hasta el último rincón de su ocupación pública, sino como un recuerdo muy vivo de los tiempos en los que esto era una penosa carga de desigualdad.
Pero para las jóvenes la lectura es muy diferente. Las jóvenes a las que he preguntado crecieron sabiendo que no tenían que ser madres si no querían, que tenían que estudiar, que formarse, y que tenían que conseguir un trabajo remunerado sin el cual no hay igualdad ni tampoco hipoteca posible. Y con lo que se han encontrado es con lo que de sobra conocemos; que en realidad no pueden ser madres (ni padres) aunque quieran. ¿Cómo van a ser madres (o padres) si ni siquiera pueden independizarse de sus propios progenitores?
No importa lo mucho que hayan estudiado, se hayan formado y hayan trabajado. La realidad es que los salarios, la precariedad y el desempleo no dan para tener hijxs, (si acaso uno, y ya cuando la edad aprieta). El tamaño de los pisos y la inexistencia de servicios públicos hace que verdaderamente tener hijxs se haya convertido en un lujo al alcance de las familias ricas. Cuando decimos que no es una crisis, que es una estafa, no nos referimos únicamente al desempleo, al precariado perpetuo, a la pobreza. Todo eso hay que referirlo al ciclo vital.
Las jóvenes de hoy se han quedado colgadas en el tiempo, sin trabajo, sin casa, sin familia, sin vida, atrapadas en un limbo en el que vivirán como adolescentes hasta… no sé sabe hasta cuándo. Algunas pasarán directamente a la jubilación sin haber vivido las etapas normales de la vida. Los hijos, además, sólo son posibles en un tiempo vital relativamente corto en el caso de las mujeres. Antes luchábamos por escoger el momento de tener hijos, pero hoy existe toda una generación que vive con angustia la imposibilidad de tenerlos, y de eso no se habla.
Estas jóvenes ven el bebé de Bescansa como un desafío a unas exigencias productivistas cada vez mayores que están tensando hasta el límite la esfera reproductiva. Para ellas, el gesto de Bescansa es un alivio, es rebelde, es lo que quisieran poder hacer. Las jóvenes de hoy quieren, sí, un trabajo como el que conseguimos nosotras; pero quieren también cuestionar las exigencias de un productivismo atroz que no nos permite, ni a hombres ni a mujeres, simplemente vivir. No se trata de trabajar y ver cómo nos las apañamos en la otra parte de la vida; se trata de que todo es la vida, el trabajo remunerado y ese otro ámbito que es el que sostiene a aquel y que es, nada menos, la única vida que tenemos, y reivindicar que la queremos no sólo para tener hijos e hijas (que a lo mejor no queremos tenerlos), sino para leer, pasear, charlar, ver cine, amar, jugar…
Y, como todo esto es ambivalente y difícil, para acabar diría que las feministas tenemos siempre que tener presente la historia para no perdernos. Ir a trabajar con los hijos o dejarlos en guarderías es liberador o es una carga dependiendo del contexto. Las mujeres han acudido a trabajar siempre con sus bebés a cuestas, al campo, en las granjas, a las fábricas. Esto no es nuevo. Las ricas, por el contrario, siempre han dejado a sus bebés en manos de otras mujeres. En el siglo XIX las obreras llevaban a sus bebés a las fábricas, llenas de ruido y contaminantes. Fue un avance social muy importante poder acudir a trabajar dejando al bebé en un lugar seguro. Las mujeres burguesas, por el contrario, quedaron en el XIX reducidas a la crianza de los hijos e hijas y su acceso al mundo del trabajo quedó vedado. También fue un avance social de las mujeres poder acceder a ese mundo y elegir no tener hijos si no los deseaban. Esta es la historia, y ahora se está escribiendo otra diferente que tiene avances y retrocesos, luces y sombras; pero que es distinta.

El bebé de Bescansa, el feminismo y la nueva política

Article publicat a Píkara
Ilustración de Paula Pé
Ilustración de paulapé
El feminismo se mueve al ritmo de las vidas de las mujeres. Y que siempre está en movimiento es algo que no parecen haber entendido algunas diputadas del PSOE (de las del PP ni hablo) cuando criticaron el gesto de Bescansa. Yo, que no soy sospechosa de alentar la lactancia ni el apego, que he luchado por no dar de mamar y que apoyo a las que eligen este camino, entiendo que criticar a Bescansa no sólo no es feminista, sino que es muestra de no entender por dónde va el feminismo y por dónde van las mujeres jóvenes.
Bescansa iba con su anterior bebé a todas partes y con este se ha hecho toda la campaña; ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida
Creo que la cuestión del Bebé de Bescansa puede enfocarse desde otro punto de vista, no tratado hasta ahora y también creo que hay que salir de los debates descontextualizados y maniqueos en los que a veces caemos. Voy a enfocar este artículo sin tocar ni juzgar un determinado método de crianza (que no me gusta, que no comparto) y sin detenerme en las dificultades de las mujeres para conciliar, cosa en la que todas estamos de acuerdo. Voy a enfocar la cuestión desde el cambio; un cambio que tiene, como todos los cambios, aspectos ambivalentes pero, que en todo caso, exige nuevos argumentos. Cuando digo cambio digo cambio político, pero también cambio generacional, que es algo que hasta ahora está quedando fuera del debate.
Las feministas que criticaron el gesto de Bescansa pertenecen a otra tradición feminista que, en parte, está ligada también a otra generación (la mía, por cierto) que ha dado mucho al feminismo pero que si no mira alrededor con curiosidad y ganas de aprender y, sobre todo, de escuchar, corre el riesgo de quedarse completamente al margen. Los y las jóvenes que entraron en el Congreso el martes pasado pertenecen a otra generación social y política, que piensa distinto de casi todo y que vive distinto también. Su entrada al Congreso fue, como ha sucedido antes en todas las instituciones en las que venimos entrando, absolutamente demostrativa de la apertura de un tiempo muy diferente. No es sólo un cambio político, es un cambio generacional muy importante. Y eso afecta también al feminismo.
Ya expliqué cuando yo misma entré en la Asamblea de Madrid que al compararnos con los demás diputados y diputadas parecíamos de otra raza. El martes, pudimos verlo y no sólo con el bebé. Los diputados y diputadas de Podemos parecían marcianos en una reunión de la trilateral. No nos parecemos en nada a los tradicionales, y no es sólo una cuestión de adscripción política, es también una cuestión de experiencia vital que se refleja en el aspecto exterior pero también en la relación que establecemos con la vida, con nuestra vida cotidiana. Y no es una pose, ni es un show.
Y es ahí donde creo que hay que situar la cuestión del Bebé de Carolina Bescansa. La gente que entra en el Congreso (y que ha entrado antes en otras instituciones) viene del activismo social, de posiciones que se podrían considerar antisistema, que es una posición no sólo política, sino también vital. Esta gente no viene, como es lo tradicional en los cargos públicos, de hacer méritos durante años en un partido político, ni de un bufete de abogados, ni siquiera de las facultades de derecho privadas o de una empresa. Viene, venimos, directamente de las manifestaciones, del desempleo, de los trabajos más precarios y de un tiempo político distinto. Esto hace que esa distinción radical, tan propia del capitalismo liberal, entre esfera pública y privada, no la vivamos de manera tan estricta.
Y esto es un tema propiamente feminista. Para ellos y ellas, para nosotras, el ideal de ciudadanía que se sustenta sobre la separación radical entre la esfera pública (lugar de la ciudadanía, del trabajo remunerado y del debate político; el Mundo del Estado, que dice Habermas) y la esfera privada (la crianza, el cuidado de ancianos y enfermos, el Mundo de la Vida, según el filósofo alemán), es una separación que, en gran parte, ya no opera. Carolina Bescansa no llevó a su bebé al Congreso como un gesto de nada, sino como una manera de estar ella misma en la vida. Mucho antes de ser diputada ella iba con su anterior bebé a todas partes y después con este pequeño de ahora se ha hecho toda la campaña; quienes la hemos visto lo sabemos. Simplemente, ella escogió en su momento ese método de crianza y no lo ha cambiado aunque la hayan elegido diputada. Ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida.
Debido a que un bebé en el Congreso es algo profundamente incongruente con esa radical separación entre las esferas pública y privada, todos los medios se cebaron en ello, pero sin bebé por medio, la actitud de Bescansa era la misma de los otros diputados y diputadas. La gente que entró con Bescansa llegó en bicicleta, en metro, con sus rastas, con sus melenas, con los mismos vaqueros que llevaban el día anterior para ir a hacer la compra; llegaron con sus maletas de gente normal con vidas normales que no han aprendido a dejar en el guardarropa (y esperemos que no aprendan). La esfera pública, para estas mujeres y hombres jóvenes, no ha sido nunca un compartimento estanco en el que se ejerce la ciudadanía, se gana el salario, se trabaja. Nuestras vidas van con nosotras, y eso es feminista aunque, naturalmente, tiene sus sombras. El bebé de Bescansa puede enmarcarse en una manera diferente de posicionarse en la política y en la vida que no es únicamente propia de Bescansa o de las madres, o de las mujeres. Es la propia de esta generación salida del 15M.
Antes luchábamos por escoger el momento de tener hijos, pero hoy existe toda una generación que vive con angustia la imposibilidad de tenerlos
Respecto al bebé y al método elegido para criarlo, claro que hay un debate feminista ahí. Pero antes de criticarlo con dureza y calificarlo sin más, como antifeminista, hay que contextualizarlo, no para abandonar la crítica, sino para poder entender que aquí, con el cambio político, se ha producido al mismo tiempo un profundo cambio generacional. Y los cambios generaciones hay que juzgarlos con parámetros del tiempo que les corresponde.
Lo primero que hice antes de ponerme a escribir este artículo fue realizar una mini encuesta en mi trabajo a mis compañeras diputadas y a las trabajadoras del Grupo Parlamentario, y comprobé que existe ante este asunto una clara cesura que condiciona la respuesta. A las mujeres de mi generación o un poco mayores que luchamos por acceder al mundo público cuando este acceso estaba vedado, que luchamos también por librarnos e de la obligación de ser madres en exclusiva, el bebé en el Congreso no ha gustado. Quienes tuvimos que luchar por estudiar, por trabajar fuera de casa, por ser iguales en la familia, por tener los hijos que quisiéramos, y cuando quisiéramos, o por no tener ninguno, leemos el bebé de Bescansa no en clave de su libertad para criar como quiera y para llevar su condición de madre hasta el último rincón de su ocupación pública, sino como un recuerdo muy vivo de los tiempos en los que esto era una penosa carga de desigualdad.
Pero para las jóvenes la lectura es muy diferente. Las jóvenes a las que he preguntado crecieron sabiendo que no tenían que ser madres si no querían, que tenían que estudiar, que formarse, y que tenían que conseguir un trabajo remunerado sin el cual no hay igualdad ni tampoco hipoteca posible. Y con lo que se han encontrado es con lo que de sobra conocemos; que en realidad no pueden ser madres (ni padres) aunque quieran. ¿Cómo van a ser madres (o padres) si ni siquiera pueden independizarse de sus propios progenitores?
No importa lo mucho que hayan estudiado, se hayan formado y hayan trabajado. La realidad es que los salarios, la precariedad y el desempleo no dan para tener hijxs, (si acaso uno, y ya cuando la edad aprieta). El tamaño de los pisos y la inexistencia de servicios públicos hace que verdaderamente tener hijxs se haya convertido en un lujo al alcance de las familias ricas. Cuando decimos que no es una crisis, que es una estafa, no nos referimos únicamente al desempleo, al precariado perpetuo, a la pobreza. Todo eso hay que referirlo al ciclo vital.
Las jóvenes de hoy se han quedado colgadas en el tiempo, sin trabajo, sin casa, sin familia, sin vida, atrapadas en un limbo en el que vivirán como adolescentes hasta… no sé sabe hasta cuándo. Algunas pasarán directamente a la jubilación sin haber vivido las etapas normales de la vida. Los hijos, además, sólo son posibles en un tiempo vital relativamente corto en el caso de las mujeres. Antes luchábamos por escoger el momento de tener hijos, pero hoy existe toda una generación que vive con angustia la imposibilidad de tenerlos, y de eso no se habla.
Estas jóvenes ven el bebé de Bescansa como un desafío a unas exigencias productivistas cada vez mayores que están tensando hasta el límite la esfera reproductiva. Para ellas, el gesto de Bescansa es un alivio, es rebelde, es lo que quisieran poder hacer. Las jóvenes de hoy quieren, sí, un trabajo como el que conseguimos nosotras; pero quieren también cuestionar las exigencias de un productivismo atroz que no nos permite, ni a hombres ni a mujeres, simplemente vivir. No se trata de trabajar y ver cómo nos las apañamos en la otra parte de la vida; se trata de que todo es la vida, el trabajo remunerado y ese otro ámbito que es el que sostiene a aquel y que es, nada menos, la única vida que tenemos, y reivindicar que la queremos no sólo para tener hijos e hijas (que a lo mejor no queremos tenerlos), sino para leer, pasear, charlar, ver cine, amar, jugar…
Y, como todo esto es ambivalente y difícil, para acabar diría que las feministas tenemos siempre que tener presente la historia para no perdernos. Ir a trabajar con los hijos o dejarlos en guarderías es liberador o es una carga dependiendo del contexto. Las mujeres han acudido a trabajar siempre con sus bebés a cuestas, al campo, en las granjas, a las fábricas. Esto no es nuevo. Las ricas, por el contrario, siempre han dejado a sus bebés en manos de otras mujeres. En el siglo XIX las obreras llevaban a sus bebés a las fábricas, llenas de ruido y contaminantes. Fue un avance social muy importante poder acudir a trabajar dejando al bebé en un lugar seguro. Las mujeres burguesas, por el contrario, quedaron en el XIX reducidas a la crianza de los hijos e hijas y su acceso al mundo del trabajo quedó vedado. También fue un avance social de las mujeres poder acceder a ese mundo y elegir no tener hijos si no los deseaban. Esta es la historia, y ahora se está escribiendo otra diferente que tiene avances y retrocesos, luces y sombras; pero que es distinta.

dijous, 14 de gener del 2016

Ésas que lo quieren todo

Publicat a El País
Por: | 14 de enero de 2016
Bescansafoto
Resulta que, para que en el Congreso todos los focos se centren en los temas que afectan a las mujeres, hay que montar polémica. Sea con un bebé, como ayer Carolina Bescansa, o a pecho descubierto, como Femen. No es a ellas a quienes cuestiono, sino a los que las critican porque dan por supuesto que no hay que seguir luchando. Pero si el recién elegido presidente del Congreso, Patxi López, todavía a estas alturas tiene que recordar a Clara Campoamor y hacer recuento de las víctimas de la violencia machista en su discurso, será porque no todo está conseguido.
A mí me emociona que haya mujeres con la valentía de ponerse bajo los focos para que lo que todavía no es habitual, se visualice. Para que los derechos de las mujeres sean objeto de debate. ¿Que Bescansa se quiso hacer la foto? Por supuesto. Igual que todo el arco parlamentario. Como los ecologistas que van a la Cámara en bicicleta, los que se colocan una mordaza en la boca o hablan en catalán en la tribuna para ser amonestados y expulsados. De esto va la política.
Las críticas a la diputada de Podemos han ido dirigidas a cuestionar que defienda así la conciliación, a que ya está solucionado “su” problema porque hay guardería, a que lleva al bebé al trabajo, cuando la mayoría no pueden hacerlo. Pero creo que lo que ella ha subrayado, probablemente sin pretenderlo, no es la conciliación en sí, sino algo que afecta a todas las mujeres que deciden ser madres: en algún momento tienen que optar entre la profesión o los hijos. Y la elección de Bescansa es bien clara: no quiere perderse ninguna de las dos cosas. No es nuevo que vaya a todas partes con su hijo. Ya lo hacía en los mítines; respetemos al menos la coherencia.
La diferencia es que este camino hasta ahora no lo habíamos visto públicamente. Pero es tan lícito como el de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, cuando decidió que no iba a renunciar al puesto para el que llevaba toda una vida preparándose. O el de Elvira Fernández, Viri, la esposa de Mariano Rajoy, que aparcó una carrera de ejecutiva para ocuparse de sus dos hijos en La Moncloa. O el de Carme Chacón, que compatibilizó la crianza de su bebé como ministra de Defensa.
He oído críticas a la diputada de Podemos sobre la base de que ella “puede” llevarse al bebé al trabajo y tenerlo a su lado. Exactamente. Elegimos cuando podemos. Hay miles de madres que, si quieren trabajar, dependen de abuelos, padres en paro o de tener dinero para pagar una niñera. Y, si no tienen nada de eso, se ven obligadas a renunciar a un proyecto profesional. O que, teniendo la logística solventada, no pueden soportar la presión laboral o sienten que abandonan a sus hijos. Porque, desafortunadamente para todas ellas, España sigue estando a la cola en conciliación.
Y así sólo quienes pueden, eligen. Pero que haya guarderías no nos obliga a dejar allí a los niños, si elegimos criar en el apego. Que tengamos hijos no nos obliga a ocuparnos de ellos las 24 horas, si tenemos ambición profesional. Lo deseable es que las mujeres (y los hombres) puedan elegir. Entre ser madres gallina o malasmadres. También el camino intermedio, el que ha tomado Bescansa. Y, en nombre de las que querríamos haber tenido todo y no pudimos, le doy las gracias a la diputada de Podemos por hacer lo que le sale del escaño.