dilluns, 15 de desembre del 2014

Sí podemos decrecer

Post de   Última Llamada Publicat a  eldiario.es
  •  El Colectivo Research & Degrowth presenta en este artículo 10 propuestas para lograr la prosperidad sin crecimiento económico
  • Estas propuestas son relevantes para Podemos, pero también para otros partidos en España, en Cataluña (ERC, ICV, las CUP), y otros territorios como Grecia, Italia, Francia y Portugal 
En este periódico ha tenido lugar un interesante debate sobre si Podemos puede expresar una agenda política de decrecimiento en su programa económico. Decrecimiento no es recesión, sino la hipótesis de que podemos lograr la prosperidad sin crecimiento económico. La aceptación de que la sociedad del crecimiento puede haber llegado a su fin, o que si aún no lo ha hecho debería hacerlo, se convierte en un potente argumento en favor de la redistribución, una de las propuestas clave de Podemos. El decrecimiento desafía al propio espíritu del capitalismo; la expansión. Pero escaparse del crecimiento no es tarea fácil. Casi ningún partido político lo ha intentado hasta ahora.
Recientemente (en vocabulary.degrowth.org) hemos recogido propuestas políticas concretas que pueden facilitar una transición al decrecimiento. A continuación presentamos 10 propuestas que son relevantes para Podemos, pero también para otros partidos en España, en Cataluña (ERC, ICV, las CUP), y otros territorios como Grecia, Italia, Francia y Portugal.  El programa que sigue no pretende ser exhaustivo ya que no incluye propuestas sobre temas cruciales (pensiones, hospitales y escuelas, banca pública, el fin de los desahucios, etc.) que ya abarcan los programas de partidos progresistas como Podemos y que cuentan con nuestro apoyo.
  1. Abolir el uso del PIB como indicador de progreso económico. Si el PIB es un indicador engañoso, deberíamos dejar de usarlo y buscar otros indicadores de prosperidad. Se pueden recoger y usar datos de contabilidad macroeconómica nacional con finalidades monetarias y fiscales, pero la política económica ya no se debería expresar en objetivos de PIB. Es necesario abrir un debate sobre qué es bienestar, planteándonos qué medir en vez de cómo medirlo.
  2. Establecer límites ambientales. Establecer topes absolutos y decrecientes a la cantidad total de CO2 que España puede emitir y a la cantidad total de recursos materiales que utiliza, muchos de ellos importados del Sur global. Estos topes serían en CO2, materiales, huella hídrica y las superficies de cultivo que los productos importados llevan incorporados. Estas contabilidades ya existen, deben hacerse políticamente relevantes y popularizarlas. Se deberían establecer otros límites similares como la extracción de agua, la cantidad total de suelo construido y el número de licencias para servicios turísticos en zonas de llegada masiva de turistas.
  3. Reestructurar y eliminar parte de la deuda. Una economía no puede ser forzada a crecer para devolver las deudas acumuladas que han contribuido a un crecimiento ficticio en el pasado. Es esencial no solo reestructurar sino también eliminar una parte de la deuda con una auditoría liderada por la ciudadanía, parte de una nueva cultura realmente democrática. Tal eliminación no se debería realizar a expensas de ahorradores o pensionistas modestos de España o de ningún lugar. Una vez reducida la deuda, los topes de carbono y recursos garantizarán que esto no sea utilizado como una oportunidad para más crecimiento y consumo.
  4. Reducir y compartir el trabajo. Reducir a 32 las horas semanales de trabajo y desarrollar programas que apoyen a las empresas y organizaciones que quieran facilitar el trabajo compartido. Esto debería ser orquestado de forma que la pérdida salarial solo afecte al 10% de la población que recibe las rentas más altas. Complementada con límites ambientales y la reforma fiscal propuesta más abajo, será más difícil que esta liberación de tiempo pueda ser utilizada para consumo material.
  5. Renta básica y renta máxima. Instaurar una renta básica para todos los residentes en España de entre 400 y 600 € mensuales, y concederla sin ningún otro requisito. Diseñar esta política en conjunto con otras de forma que aumente la renta del 50% inferior de la población, mientras que disminuya la del 10% superior para financiar el cambio. La renta máxima de cualquier persona – procedente tanto del trabajo como del capital – no debería sobrepasar el valor de 30 veces la renta básica (12.000 – 18.000 € mensuales).
  6. Reforma fiscal. Implementar un sistema de contabilidad para transformar a largo plazo el sistema fiscal, desde una fiscalidad basada principalmente en el trabajo hacia una fiscalidad basada en el uso de energía y recursos. Los impuestos a los salarios más bajos podrían ser reducidos y compensados con un impuesto sobre el carbono. Establecer tipos impositivos del 90% para las rentas más altas (tipos impositivos que eran comunes en EEUU en la década de 1950). Estos impuestos frenarían el consumo para presumir y eliminarían los incentivos a las ganancias excesivas, que llevan a la especulación financiera. Gravar también la riqueza del capital a través del impuesto de sucesión y de tipos impositivos mucho más elevados a la propiedad, como puede ser el caso de las casas, a partir de un nivel razonable (por ejemplo, en zona urbana una vivienda de no más de 80 m2 por cada miembro adulto del hogar).
  7. Optimizar el uso del parque inmobiliario. Frenar la construcción de nuevas viviendas, rehabilitar el parque existente y fomentar la plena ocupación de viviendas. En España esos objetivos se podrían lograr a través de impuestos muy altos sobre viviendas abandonadas, vacías y segundas casas, la priorización del uso social de las viviendas del SAREB y, si hace falta, expropiación por interés social de viviendas vacías de inversionistas privados. Como "uso social" entendemos políticas de alquiler social, economía cooperativa y bien común.
  8. Apoyar la sociedad alternativa. Apoyar con subvenciones, exenciones tributarias y legislación al sector económico cooperativo y no-mercantil que incluye redes alternativas de alimentación, cooperativas y redes de atención básica a la salud, cooperativas de vivienda compartida, de crédito, de enseñanza, de artistas y de otros trabajadores. Facilitar la desmercantilización de espacios y actividades como los grupos de apoyo mutuo, grupos de crianza compartida y centros sociales.
  9. Dejar de subsidiar actividades sucias y fuertemente contaminantes desplazando los recursos hacia actividades limpias. Reducir a cero las inversiones públicas o subvenciones a infraestructuras de transporte privado (como nuevas carreteras o ampliaciones de aeropuertos), tecnología militar, combustibles fósiles y gran minería. Utilizar los fondos ahorrados para invertir en la mejora de espacios públicos rurales y urbanos ya existentes como plazas, paseos o ramblas, subsidiar el transporte público y los sistemas de bicicletas compartidas. Apoyar el desarrollo de las energías renovables a pequeña escala, descentralizadas y bajo control local y democrático, en vez de macro-estructuras concentradas y masificadas bajo control empresarial.
  10. Reducir la publicidad. Establecer criterios muy restrictivos para la publicidad en espacios públicos, priorizando si acaso la publicidad pública y reduciendo mucho la de carácter comercial. Desarrollar políticas a través de impuestos y comités centrados en controlar la cantidad y calidad de la publicidad permitida en los medios de comunicación.
La semana pasada Podemos publicó un programa económico redactado por los profesores Navarro y Torres López. Aunque el documento tiene como objetivo estratégico la estimulación de la demanda y no se ocupa del decrecimiento ni se muestra favorable a él, muchas de sus propuestas como la aplicación de tasas a las transacciones financieras, la fiscalidad redistributiva, la jornada de 35 horas, la moratoria para las grandes infraestructuras o el viraje hacia inversiones limpias y actividades de cuidado, se acercan mucho a nuestro espíritu. El programa también menciona que se quiere estimular un tipo de consumo más sostenible pero no da las herramientas para conseguirlo. Aplicar impuestos sobre los recursos naturales en vez del trabajo, restringir la publicidad, y establecer límites claros sobre el uso del espacio físico, los materiales y el CO2 son algunas de nuestras propuestas en este sentido. El programa de Podemos necesita también dar más relieve y concretar cómo va a apoyar la economía cooperativa. Tampoco debería abandonar la idea de la renta básica universal, que concierne además muy directamente a la política europea de Podemos. Es positivo que los autores del informe no utilicen el PIB y reconozcan que al menos a corto plazo, sus propuestas no llevarán a un crecimiento en términos de PIB (creemos que esto será difícil incluso a largo plazo). Si es así, deberían también insistir en que el PIB dejará de ser un indicador políticamente relevante y especificar qué nuevos indicadores lo substituirán para mostrar las mejoras que sus políticas producirán.
No nos importa si lo correcto se hace en nombre del decrecimiento o no. Precisamente que nuestra actitud es la de seguir buenas políticas independientemente de sus efectos sobre el crecimiento. Y así podemos decrecer!

diumenge, 14 de desembre del 2014

Yayo Herrero: "La confluencia se alcanzará; lo contrario rompería con la lógica de Podemos"

Entrevista publicada a   eldiario.es
La activista, que deja la coordinación colegiada de Ecologistas en Acción tras nueve años en el cargo, advierte de la necesidad de explicar la verdad a la gente: "Los cambios que hay que hacer son de un calado muy grande y no le van a gustar a todo el mundo""Los planteamientos de la economía ecologista y feminista son más fáciles de entender que cuando pretendemos que la mayoría entienda qué es la prima de riesgo o la Bolsa"


Yayo Herrero (Madrid, 1965) cierra un ciclo al frente de Ecologistas en Acción, cuya coordinación colegiada ha ocupado durante nueve años. Ahora, el sistema de renovación de la ONG pone fin a su mandato, aunque se mantendrá en el organigrama como la encargada de mediación y resolución de conflictos, una figura que considera fundamental para lograr la cohesión de una organización.
Herrero entró en la coordinadora de Ecologistas en 2005 cuando, como ella misma relata, "convocabas una manifestación para cualquier cosa y éramos 300". Desde entonces la movilización social creció sin parar. Hoy, toda esa energía está concentrada en lograr entrar en las instituciones: "Hay que construir un modelo político que esté dispuesto a dejarse interpelar, exigir y apoyar por la ciudadanía para corregir sus desviaciones".
Parte del periodo que ha pasado al frente de Ecologistas en Acción ha coincidido con un auge de la conflictividad social y movilización. ¿Cómo ha notado la organización esta situación?
Yo recuerdo los tiempos en los que convocabas una manifestación para cualquier cosa y éramos 300. La irrupción de 'V de Vivienda' y de Juventud sin Futuro fue muy importante. En aquél momento Ecologistas era reconocido por su capacidad para hacer de bisagra entre grupos y gente muy diferente y con los partidos. Luego llegó el 15M, que nos hizo rejuvenecer muchísimo como movimiento porque habíamos interiorizado la derrota. Nos habíamos convencido de que éramos un movimiento de minorías. Luego llegaron las mareas, el 25S, resurgió un nuevo movimiento vecinal y estuvimos en todo eso.
La situación parece haber virado y la presión en la calle se ha reconducido a una movilización para entrar en las instituciones.

En este último año se ha producido un trasvase del peso de la movilización a la construcción de iniciativas electorales y para una organización como la nuestra que quiere seguir siendo un movimiento social no es fácil. Hay gente de Ecologistas en los círculos de Podemos, colaboramos mucho con algunos sectores de IU que están atrapados en unas estructuras incomprensibles desde fuera. Algunos quieren ocupar la centralidad del tablero, otros reconstruir la izquierda del tablero y algunos tenemos la sensación de que nos hemos quedado sin tablero.
El detonante de las movilizaciones fue una profunda crisis económica. ¿Los postulados ecologistas se resienten en una situación así?
Sí. Dicho de una forma muy bruta, en muchas ocasiones se hace un análisis de la crisis absolutamente miope. Hay muchos siglos de construcción de una utopía emancipadora desvinculada de la materialidad de la Tierra, con la idea de que se podía crecer económicamente al margen de las materias primas y de los ecosistemas que las sostienen o de la gran cantidad de trabajo que se hace en los hogares.
Cuando empiezas a escuchar a gente muy bien intencionada que plantea reflotar el sistema sobre modelos productivos de antes de la crisis y con los mismos parámetros, pero esta vez de buen rollo y sin corrupción, da mucha pena. Hay gente que no lo ha interiorizado, otros que no lo saben explicar y parece que a priori no permite recolectar votos. Si hay un éxito importante en las iniciativas emancipadoras que están surgiendo y se llegara a gobernar, la cuestión de la escasez de las materias primas, de una OMC que funciona como funciona y de unos tratados de libre comercio que te aprisionan y restan la soberanía estarán ahí. Y no tratarlo ni explicarlo es un riesgo enorme porque puedes estar generando ilusión sobre un conjunto vacío. Y la gente no es idiota: las personas nos merecemos un respeto y cuando se nos explican las cosas las entendemos.
¿Tendríamos que dejar de lado el productivismo y comenzar a pensar seriamente en el decrecimiento?

Me gustaría salirme de esa dicotomía keynesianismo-decrecimiento porque sitúan en una confrontación a gente que no confronta tanto. El  documento de Torres y Navarro para Podemos tiene elementos que son muy salvables e interesantes desde el punto de vista ecologista, como estimular sectores que sean compatibles con el desarrollo de la naturaleza. Que la gente debe tener empleo, que el Estado tiene que tener un papel fundamental y que el modelo tiene que ser compensador y distributivo de la riqueza es una cosa obvia en el momento actual.
De lo que hablamos nosotros no es de reducir el PIB, sino de que este se tome como una especie de tótem indicador. Nosotros hablamos del decrecimiento de la esfera material de la economía porque nuestras sociedades van a tener que aprender a vivir con menos materiales y energía, con menos cobre, menos platino, menos litio, menos petróleo... Si a esto le sumamos el calentamiento global, que básicamente significa un cambio en las reglas que organizan lo vivo, te encuentras en un momento en que ese decrecimiento es una obligación. Así que vamos a pensar cómo vamos a hacerlo para evitar que quienes tengan el poder económico, político y militar sigan sosteniendo su estilo de vida a costa de una especie de ecofascismo que expulsa cada vez a más mayorías fuera del terreno.
¿Se puede construir un discurso mayoritario con esta base?
Estoy convencida de que sí. En los últimos años hemos ido a todo tipo de espacios, desde foros cristianos de base a sindicatos. Y cuando tienes tiempo para poner estas cosas encima de la mesa la gente lo entiende. Es perfectamente capaz de entenderlo. Si algo tienen los planteamientos de la economía ecologista y feminista es que son tan cercanos y tienen tanto que ver que son más fáciles de entender que cuando pretendemos que la mayoría entienda qué es la prima de riesgo o la Bolsa.
Comentábamos antes que la gente que hace unos años estaba catalizando las movilizaciones sociales hoy están intentando un proceso de confluencia que no es nuevo en España pero que parece más cerca de lograrse que nunca. ¿Cuál es tu valoración de este escenario?
Yo el que más conozco es el de Madrid y me parece muy interesante. Que en Ganemos se hayan juntado los que se han juntado ya me parece bueno en sí mismo: gente de partidos políticos que hasta hace unos meses no hablaban ni entre ellos, gente de las mareas y de los movimientos sociales, personas que vienen del mundo de la autonomía, etcétera. Hace cinco años era imposible ni imaginarlo. Ahora es muy importante que se acaben de  recoger las firmas necesarias para seguir con el proyecto.
El proceso parece a la vez que está a punto de despegar y de venirse abajo. ¿Qué sensación tiene usted?
Los que ponen siempre más problemas para confluir son los partidos políticos. Y probablemente empiece ahora una parte delicada. Las  declaraciones que hizo el otro día Jesús Montero [candidato a la Secretaría General de Podemos Madrid] no ayudan. En Ganemos, por lo que sé, no hay muchas cosas cerradas porque se ha tenido un enorme respeto a que se fueran dando los pasos que se tenían que dar dentro de Podemos. Y lo que ya se ha avanzado ha sido con la participación de gente de Podemos.
Esa confluencia se alcanzará. Lo contrario rompería con la lógica que ha impulsado Podemos. También es importante lo que pase en IU, que tiene que abrir las ventanas.
Otro reto que queda es el de construir equipos ilusionados. Imagínate que se llega al Ayuntamiento y ves que está terriblemente endeudado, con contratos atados y con un organigrama que marea. En esa situación tienes que llegar con ilusión y convencido de que la gente que te acompaña son tus compañeros, con quien puedes reírte. Y que si tienes ganas de llorar sea alguien que te quiere y te aprecia. Cuando se habla de cómo conformar listas o equipos no sé si lo tienen tan claro.
Estas conversaciones, negociaciones y debates se producen ahora mismo en un agente externo como es Ganemos. ¿Puede darse la confluencia en otro escenario?
Lo que está en juego es la voluntad política. ¿Queremos juntarnos con otros y otras para construir ese cambio de modelo? ¿Queremos hacerlo en diálogo con los movimientos sociales? ¿Creemos que además de una lista electoral hace falta un movimiento de base que sea contrapoder y presione para que hagamos las cosas que hay que hacer en la institución?
Yo estoy segura de que Felipe González no quería ser lo que fue de mayor; o que muchos sindicalistas no querían ser lo que son. No hay persona humana que esté libre de derivas y trayectorias. La única manera de paliar eso es construir un modelo político que esté dispuesto a dejarse interpelar, exigir y apoyar por la ciudadanía para corregir sus desviaciones. Por eso el planteamiento inicial de Ganemos me gustaba, porque se hablaba de la lista y a la vez se apostaba por un movimiento municipalista.
¿No vale con llegar a las instituciones para que todo cambie?
Los cambios que hay que hacer son de un calado muy grande y no le van a gustar a todo el mundo. Dentro del 99% hay unas diferencias de clase enormes. No hablamos solo de aplicar reformas fiscales para el 1% que todo el mundo piensa que es cualquiera menos él, sino que son para todo el mundo. Muchas de las cosas que hay que hacer van a depender de que la gente las quiera y de que estén dispuestas a defenderlas y apoyarlas en la calle, por eso creo que construir el movimiento de esa manera es necesario.
¿Qué necesita Ganemos Madrid para cuajar?
Tengo la sensación de que está en un estado más lento de lo deseable esperando a que Podemos se decida. Espero y deseo que Podemos Madrid plantee cuanto antes qué quiere construir. Y también me parece que tiene que haber personas concretas que sirvan de referentes.
Barcelona tiene ese liderazgo en la figura de Ada Colau. ¿Quién podría ser en Madrid?
A mí lo que más envidia me da de Barcelona es el equipo que tienen tan sólido y tan plural. En Madrid yo no conozco una persona que lo englobe todo, pero hay muchas personas activistas que tienen una trayectoria importante pero que no tienen una proyección mediática que las haga ser conocidas.
En nueve años han pasado muchas cosas, ¿qué diferencia la Ecologistas en Acción de entonces y la actual?
En lo interno lo que más destacaría es que estamos mucho más cohesionados. Ya tenemos 16 años y eso se nota. Hemos aprendido a conceder mucha importancia y a dedicar mucho tiempo a la resolución de conflictos internos. Yo dejo la coordinación de Ecologistas pero sigo en la organización encargada de la parte de mediación y resolución de conflictos. No es que salgan muchos, pero para tener una organización cohesionada hay que abordarlos para que nadie sienta que ha perdido.
¿Qué tipo de conflictos surgen en una organización como Ecologistas?
Son diferencias de posición. Tenemos muchos grupos territoriales y, por ejemplo, una determinada obra puede afectar a dos zonas con visiones distintas. Ecologistas es una organización hiperplural, con grupos muy conservacionistas y otros que vienen de la ecología política, que tenían visiones encontradas en el tema de la energía eólica o del uso de agrocombustibles. Es fundamental llegar a una posición de consenso; aunque se tarde en llegar.
¿Por qué las organizaciones intentan que desde fuera la sensación sea de que no existen disputas y conflictos?

Si tú empleas tiempo para el debate, en pié de igualdad, limpio y sincero, la postura a la que llegas al final es mucho mejor que a la que hubieran llegado las partes por separado. Tendrá más matices y se llega a una postura mucho más defendible y con la que la gente se siente más cómoda. Eso sí, lleva tiempo y hay que armarlo bien.
En lo externo, ¿qué cambios aprecia?
El movimiento ecologista ha jugado un papel importantísimo en mucho de lo que estamos vivienda. Ecologistas en Acción ha estado en la mayor parte de los procesos judiciales que han hecho aflorar los escándalos de corrupción, que han permitido evidenciar cómo se trasvasaban cantidades ingentes de dinero público a constructoras vía sobornos y que han desvelado cómo se han invertido cantidades tremendas en proyectos sin contenido social.
¿Ha sido sencillo poder implicarse en tantos casos?
Los grupos locales, a veces de cinco personas, se han revisado toda la documentación, han hecho alegaciones y han planteado denuncias donde es difícil hacerlas. Denunciar en Madrid la  Marina Isla de Valdecañas es bastante más fácil que hacerlo en El Gordo [Cáceres, municipio donde se sitúa el complejo turístico] para que te acaben echando del pueblo tus vecinos y vecinas. que han interiorizado los mitos de que todos estos atropellos se hacen para crear puestos de trabajo. Aunque seamos un país récord en infraestructuras y en paro.
Ha sido muy difícil oponerse a estas cosas. Somos una organización muy cohesionada y con la autoestima alta, pero nos llamaban cavernícolas y catastrofistas. Ahora la gente ha interiorizado que no somos catastrofistas, sino que vivimos en la catástrofe.
¿Y ha servido para algo?
Cuando vas a un círculo de Podemos o una asamblea de Ganemos o IU, a un espacio donde se junta gente, es muy fácil que salga el asunto del pico del petróleo y de la crisis energética; que se hable de cambio climático y de los límites físicos del planeta. Esto hace cinco o seis años no salía en ningún sitio. Y ha sido gracias al movimiento ecologista.
También hemos podido abrir el diálogo entre el ecologismo y el feminismo o el sindicalismo, de tal manera que al final te das cuenta de que es la voracidad de los negocios quien se está cargando el empleo decente, los ecosistemas e intenta recluir los trabajos que sostienen cotidianamente la vida a la esfera del hogar y sus relaciones patriarcales de por medio.
En algunos de esos casos, como el que menciona en Extremadura o el desdoblamiento de la carretera de los pantanos en Madrid, la Justicia les ha dado la razón pero no se han ejecutado las sentencias. ¿Tiene sentido destruir parte de una carretera una vez que se ha construido aunque se declare ilegal?
Podríamos llenar paredes de sentencias ganadas y no ejecutadas. La M30 es una vía ilegal, ganamos la sentencia y mira la de coches que pasan por ahí. Salvo en casos como el del Bernabéu, donde el juez ha decretado una paralización cautelar, lo que suele suceder es que ganas el juicio en primera instancia, el tribunal impone una fianza para paralizar cautelarmente la obra mientras se resuelven los recursos y, si no la puedes pagar, nada. En el caso de la Marina Isla de Valdecañas era una fianza millonaria. Tú ganas la sentencia pero tienes que poner dinero para que, si al final el empresario es el que gana en un órgano superior, no haya perdido ningún tipo de inversión en ningún momento. Es la misma lógica del caso Castor o del tratado de libre comercio que negocian la UE y EE UU.
Yo esto lo veo como el tema de la impunidad y la memoria histórica. Cuando nos planteamos desenterrar a las personas que están en las fosas no vamos a recuperar su vida, pero hay un tema de dignididad. Para nosotros, cuando se gana una sentencia y esta no se ejecuta asentamos esa idea de impunidad; de que aquí no pasa nada aunque te saltes la ley.
¿Y cuál ha sido la cruz de estos nueve años?
No hemos conseguido conectar con el imaginario colectivo de la gente, con las ideas de progreso, riqueza y bienestar que las personas tenemos metidas en la cabeza. Para la mayoría de la gente siguen siendo las mismas que le vienen muy bien al capital. Ahí tenemos un esfuerzo muy grande que hacer.
La campaña de Podemos y su salida a la política me ha dado mucho que pensar porque hay que reconocer que el esfuerzo que hicieron Pablo [Iglesias] o Íñigo [Errejón] ha ido muy directamente a conectar con preocupaciones que tenía la gente. Eso no lo hemos sabido hacer, aunque es verdad que no es lo mismo conectar con la preocupación por la corrupción cuando era visible y estaba demostrada que conectar con otras menos tangibles como el cambio climático.





dimecres, 10 de desembre del 2014

La economía colaborativa se afianza

Article publicat a El País

Tras expandirse gracias a Internet, el comercio alternativo busca una regulación adecuada



Las aplicaciones para compartir viaje se han popularizado. / A. A.
El trueque de bienes y el intercambio de servicios entre particulares no constituyen de por sí nada nuevo. Su difusión a niveles desconocidos hasta la fecha a través de Internet es, por el contrario, una característica de estos últimos años. La red les ha transformado en un fenómeno de masas y los ha elevado al rango de alternativa al sistema económico tradicional. Y ahora, aún en fase de crecimiento pero mucho más cerca de su madurez, la que hoy en día se conoce como economía colaborativa necesita unas reglas que pongan orden en su ecosistema sin cortar las alas a sus posibilidades de desarrollo.
El negocio de compartir ya no es poca cosa. Ya en 2011, Jaime Contreras, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en sus siglas en inglés) estimaba que la economía colaborativa —o consumo colaborativo— es un mercado global valorado en 90.000 millones de euros; Rachel Botsman, experta de fama internacional en la materia y autora del volumen Lo que es mío es tuyo, valora el negocio del mercado mundial del alquiler entre particulares en 21.000 millones de euros.

El sector financiero se está adaptando a las necesidades de estas empresas
En España la evolución de esta realidad se sigue muy de cerca. “Hemos lanzado una consulta pública, se está produciendo un debate sobre la oportunidad de llevar a cabo una regulación sobre estas actividades. Hasta ahora solo se han adoptado restricciones o sanciones, algo negativo para la competencia” explicó el pasado miércoles María Sobrino, Subdirectora de la Comisión Nacional de los Mercados y La Competencia (CNMC), durante un debate que EL PAÍS organizó con el patrocinio del Banco Sabadell para analizar este fenómeno. “Los beneficios de la economía compartida son indudables: permite asignar de maneras más eficiente los recursos infrautilizados, favorece la competencia, reduce la asimetría informativa [el desquilibrio de información entre dos partes de una compraventa]. Hay que revisar el marco regulatorio, no establecer una aplicación automática de la regulación vigente, porque puede haberse quedado obsoleta”.

¿Qué normas deberían aplicarse?

La exigencia de crear un marco normativo que se ajuste a la economía colaborativa se ha convertido en una prioridad para la Comisión Nacional de los Mercados y La Competencia (CNMC). El organismo lanzó el pasado 6 de noviembre una consulta pública para, como se lee en la página web del organismo, “alcanzar conclusiones y recomendaciones que faciliten un desarrollo de la regulación eficiente de estos nuevos modelos económicos”.
El regulador ha decidido centrar esta iniciativa en turismo y transporte, “los sectores que más están notando su impacto”. Se trata de dos ámbitos en los que la necesitad de soluciones alternativas, que ayudan a gastar dinero de manera eficiente, se manifiesta con más fuerza: según la última Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2013 el 45,3% de los hogares españoles no podía permitirse ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año, 5,5 puntos porcentuales más que en 2009.
La consulta de la CNMC se desarrolla en tres fases. La primera, que se concluyó el pasado 27 de noviembre, cualquiera puede —a través una página web específica— plantear dudas y subrayar las necesidades de la normativa vigente. En la segunda y tercera fase se analizan dos aspectos: “Los efectos sobre el mercado de los nuevos modelos de prestación de servicios” y “la necesidad y proporcionalidad de la regulación conforme a las nuevas circunstancias del mercado”.
Cuando se concluyan las tres fases, la CNMC publicará una serie de recomendaciones para la aplicación de una “regulación eficiente a la economía colaborativa”.
La responsable de organismo regulador subraya que el comercio colaborativo conlleva “la oportunidad de disponer de más información sobre los productos, contar con menores costes de transacción y efectos medioambientales”, al promover “una economía basada más en el uso que en la propiedad”. Valores que según Luis Tamayo, Sociólogo y experto en economía y cultura colaborativa, han permitido “un increíble crecimiento, que se refleja en el impacto, la escala y la velocidad de este fenómeno. Esto tipo de servicios tienen mucho que ver con la tecnología, pero no solo. Se basan también en la mentalidad de las personas, que son capaces de consumir de otra manera”.
Además de profesor en varios centros académicos, Tamayo es conector en Madrid con OuiShare, una organización internacional que apoya a firmas y particulares que quieran asentarse en el ámbito colaborativo. Tras cuatro años “acompañando a estos emprendedores”, está convencido de que “la economía colaborativa es eficiente, y por eso a menudo funciona mucho mejor que la tradicional. Es un modelo práctico. Hay empresas que brindan servicios que las firmas tradicionales no ofrecen”, matiza.
Si por un lado el mundo de la economía colaborativa atrae cada vez más operadores, por otro el interés en sus potencialidades aumenta también entre los usuarios. Amaya Apesteguía, responsable del área de consumo colaborativo de la asociación de consumidores OCU, lo certifica: “Llevamos más de un año inmersos en el comercio colaborativo, y ya se puede decir que ha explotado. Esta manera responsable de actuar en el mercado puede empoderar a los usuarios, ya que se basa en cadenas más cortas y fomenta las relaciones entre personas, entre pares”.

Los consumidores destacan el empoderamiento de los usuarios
Esta expansión, sin embargo, implica también la necesitad de tener cuidado a la hora de clasificar los distintos negocios: “Hay que distinguir entre modelos positivos para los consumidores y otros que lo son para el conjunto de la sociedad, un banco de tiempo no es lo mismo que Uber [la plataforma que permite ofrecer un coche particular como medio de transporte alternativo al taxi tradicional]. Hay modelos de comercio compartido que simplemente son más eficientes, pero hay otros que pueden ser transformadores y beneficiar a toda la sociedad”, subraya Apesteguía.
El rompedor crecimiento del comercio colaborativo ha inducido también a la banca a secundar las necesidades de estas nuevas empresas. "El sector financiero se está adaptando a la nueva realidad que viene impulsada por el desarrollo de las nuevas tecnologías y el cambio de perfil de los usuarios de banca. Es fundamental ir modificando las prácticas habituales para adaptarlas a las nuevas necesidades y a los nuevos flujos económicos”, sentencia Julián Jiménez, Director Comercial de la Regional de Madrid de Banco Sabadell. Las claves de esta transformación pasan por “establecer canales de comunicación y apoyo con los jóvenes emprendedores, que están haciendo un gran trabajo en el desarrollo de nuevas funcionalidades. Casi todos llevan a cabo transacciones online, y por ello hemos actualizado nuestras plataformas informáticas y nuestros métodos de pago”, añade.

El novedoso sector representa un mercado global de 90.000 millones
La entidad ha decidido apostar por el desarrollo de las startup, empresas de nueva creación casi siempre vinculadas a las nuevas tecnologías y a menudo involucradas en la economía colaborativa. El banco ha creado la unidad BStartup, que cuenta con 70 oficinas en todo el territorio español y que ofrece un trato diferenciado para este tipo de proyectos. En lo que va de año ha otorgado financiación bancaria por valor de 28,4 millones de euros a más de 460 startups. Además tiene un programa de inversión y aceleración de startups que ya ha invertido un millón en 10 startups, incluida alguna de consumo colaborativo como WeSmartPark, dirigida a rentabilizar el uso de plazas de parking infrautilizadas.
La iniciativa del Sabadell evidencia un aspecto que, junto con las trabas burocráticas, es el obstáculo de mayor envergadura a la hora de montar una empresa en España. Y cuando el negocio que está naciendo se enmarca en un contexto alegal, como a menudo es el caso en el entorno colaborativo, la desconfianza puede amplificar los problemas: “Fundé mi empresa hace dos años. Al principio no fue fácil: no encontré ni un fiscalista, ni un abogado, nadie que me haya ayudado, asesorado o dicho que mi proyecto era viable”, relata Gloria Molins, fundadora de Trip4real, una empresa que permite a los viajeros contar con autóctonos como guías amateur particulares durante sus viajes.
Su empresa tiene 13 trabajadores y ofrece más de 2.500 actividades en España. Arrancó gracias a la inversión de todos sus ahorros, pero más tarde logró un millón de euros de financiación gracias al esfuerzo conjunto de un fondo de capital riesgo madrileño y de La Caixa. Hoy cuenta con el chef Ferran Adrià como socio y se prepara a dar el salto a Europa. Y ha conseguido encontrar su sitio en el mercado: “Al principio era un problema para los guías turísticos oficiales, pero ahora son ellos los primeros que usan nuestra plataforma”, asegura Molins.

Uno de los retos de estas compañías es encajar en el sistema tradicional
El encaje de las nuevas realidades colaborativas en el sistema tradicional es uno de los retos más grandes que estas empresas tendrán que afrontar. Aunque subraye las “ventajas inherentes de la economía colaborativa, sobre todo por lo que tiene que ver con la transparencia del mercado”, Álvaro Martín, socio y director del departamento Internacional de Analistas Financieros Internacionales (AFI), destaca las incógnitas todavía por solventar. En el sector del transporte, por ejemplo, “las licencias de los taxis y de las líneas de transporte públicas tienen un coste para los operadores del que las plataformas colaborativas no se hacen cargo, amén de una fuente de recaudación de impuestos que el auge de estos sistemas alternativos podría hacer peligrar”. Gloria Molins, de Trip4real, remacha sin embargo que “una regulación de las actividades colaborativas podría suponer unas abundantes entradas fiscales”.
Otro de los aspectos positivos de la economía colaborativa, insiste Amaya Apesteguía, de la OCU, “es que el usuario se transforma en un prosumidor, que consume y produce a la vez, y que puede contar con unas ganancias que van más allá del sueldo”. Pero “habría que preguntarse si es lícito que quien cobra dinero público por no tener trabajo gane ese dinero”, se pregunta Martín, y señala que la crisis económica ha hecho que este fenómeno se dispare.
“Pero la economía colaborativa no depende solo de la crisis. Conlleva un cambio de mentalidad. Bloquearla significa bloquear la innovación”, zanja el sociologo Luis Tamayo.

dilluns, 8 de desembre del 2014

Inclusión básica universal

Post publicat a  Autonomia y Bienvivir

lunes, 24 de noviembre de 2014

 En los últimos tiempos la propuesta de Renta Básica (RB) está pasando al debate general gracias al auge de Podemos pero, a la vez, parece que algunos de sus proponentes la han dejado en una mera aspiración a largo plazo en favor de un arreglo más convencional, ya en marcha en algunos lugares: una Renta de Inserción, condicionada a no tener más recursos. Esta última no dejaría de ser un buen paso en la medida en que logre cumplir con el principio de inclusión. De hecho quienes están promoviendo una ILP en favor de una Renta Básica también plantean abordarla en dos fases, adoptando en primer lugar una Renta de Inserción. Sin embargo es necesario poner de relieve que la diferencia entre una y otra propuesta no es meramente cuantitativa sino que la RB, al cobrarla todo el mundo, resolvería una carencia esencial de nuestra sociedad que no puede resolver ninguna otra medida de inclusión y que, lejos de ser accesoria, está en el origen de muchos de nuestros males: una falta de libertad que nos lleva a ser irresponsables con el futuro común.

Esto hace que la RB tenga su propio sentido. Trataré de explicarlo después de mencionar algunas limitaciones de las demás medidas de inclusión también necesarias. Aquí me centraré en el problema que supone esa falta de libertad aunque tiene otras virtudes propias, como suele explicarnos Daniel Raventós, por ejemplo en este artículo reciente: 

“En cuanto a la universalidad, hay muchas razones. Citaré algunas pocas: porque evita la estigmatización de los perceptores, porque también impide la intromisión en su vida, porque ahorra muchísimos recursos en costos de administración que pueden ser empleados en aspectos mucho más interesantes, porque evita la discrecionalidad, porque mitiga algunas tentaciones del pequeño fraude fiscal [como el trabajo en negro para no perder los subsidios condicionados], porque así es una medida esencialmente preventiva de la exclusión.”
Redistribución sin crecimiento (1/3)
De entrada, suele cuestionarse si es justo que una renta que intenta liberarnos de la penuria y de la dependencia económica sea cobrada también por quienes no tienen problemas económicos. La premisa que no siempre se comprende es que esta propuesta no se limita a la entrega de una renta sino que es necesario observarla como un sistema de redistribución que incluye otra forma de recaudar. No todo el mundo sale ganando. Se crea un flujo de dinero de ida y vuelta, pero en el movimiento de vuelta habrá cambiado la distribución de esas mismas rentas, con unos claros ganadores y unos claros perdedores, (los más pudientes), en un porcentaje que variará en función de cómo se concrete la forma de recaudarlo.

Del otro lado, cuando sus detractores dicen lo que habría que recaudar para una Renta Básica nunca dicen que ese mismo dinero volvería a la ciudadanía, la tratan como un coste. Dan a entender que es un mero detraer dinero de nuestros ingresos sin tener en cuenta que este vuelve a las manos de la población que la sufraga, sólo que con otra distribución. Tendría algún sentido que plantearan cómo debería ser esa nueva distribución pero no discutir una equivalencia contable.
http://www.ilprentabasica.org/
https://twitter.com/ilprentabasica
La RB es una forma de reorganizar entre todos el mismo dinero disponible dentro la economía privada: no se da un mayor trasvase de fondos al sector público. El papel del estado en cuanto a esta medida sería meramente administrativo. En realidad no es tanto una intervención del estado como la introducción de un criterio ético en el resultado económico: estaríamos matizando políticamente entre todos la distribución de las rentas que el mercado por sí mismo asigna de un modo abusivo y excluyente. Es una lógica que podría aplicarse a cualquier comunidad. Sea cual sea el nivel de producción, siempre es posible decidir esta redistribución basal de una parte de los excedentes. De hecho suele proponerse en términos relativos, por ejemplo indexada con el umbral de la pobreza, que también es una cifra relativa, derivada de los ingresos en el país de cálculo. Es decir, la Renta Básica es una proporción.

Discutir si la RB es financiable no es más que cuestionar hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar riqueza y lujo en favor de una mayor justicia económica y de una libertad básica para todos. En los términos en que está planteada, la RB es posible por definición. No se trata de cuánto dinero es necesario para implementarla sino de cómo administramos esa renta per cápita que nunca incluye, si quiera un poco, a todas las cabezas. Pero en realidad a las élites no les importa que pueda hacerse sin disminuir la renta disponible para el conjunto de los ciudadanos. Simplemente les aterra que dejemos de ser tan dependientes de quienes ya tienen mucho. Sin represión económica no podrían imponernos con tanta facilidad su visión economicista de la vida, esa que nos ata a la necesidad de crecimiento económico.

“Como lo expresa Wallich tan francamente en defensa del crecimiento: “El crecimiento es un sustituto de la igualdad en el ingreso. En tanto haya crecimiento hay esperanza y, eso hace las grandes diferencias en el ingreso tolerables” (1972). Somos adictos al crecimiento porque somos adictos a las grandes desigualdades en la renta y la riqueza. ¿Qué ocurre con los pobres?. ¡Dejemos que coman crecimiento! ¡Mejor aún, dejemos que se alimenten de la esperanza de crecimiento en el futuro!”
Herman Daly 
(Traducción de nuestro compañero Jordi Llanos)
La RB nos permitiría disminuir el consumo de recursos energéticos y materiales finitos sin que ello provocase exclusión social en la transición o en el reparto del trabajo restante. Esta disminución depende de establecer otros objetivos, en otras instancias, para no entrar en un nuevo impulso keynesiano a un crecimiento indiscriminado, pero sin una mínima seguridad para todos no podrá sostenerse socialmente. La redistribución que necesitamos no es la redistribución del crecimiento sino una de lo básico, decreciendo en lo excesivo y en lo insostenible. Es precisamente la inseguridad económica básica la que nos exige crecer sin límites: carecemos de libertad para no hacerlo. El daño ambiental se justifica con la creación de nuevos empleos en lugar de compartir mejor el empleo, sus rentas y el trabajo no remunerado. La imposibilidad de elegir esto último supone una irresponsabilidad. Por ello necesitamos una seguridad económica independiente del crecimiento.
Antes de pasar al siguiente punto enlazo esta interesante charla:  
Renta Básica y Sostenibilidad. "Somos ecodependientes y somos interdependientes".
La inclusión: uniendo las partes (2/3)
Empiezo por decir que, en mi opinión, debemos mejorar todas estas formas de inclusión aun aplicando una RB (con excepción de la primera que voy a mencionar, que como el resto de subsidios inferiores quedarían asimilados por la RB). Quienes insistan en llevarse las manos a la cabeza por la financiación necesaria deberían echar una mirada a la evolución de la tributación de las grandes fortunas o de las rentas del capital en las últimas décadas, o a la desigualdad extrema que denuncia Oxfam, o a lo que nos explica Thomas Piketty, o a los datos publicados por el banco Credit Suisse sobre la desigualdad patrimonial en el mundo -el 0,7 % de la población mundial es dueña del 44% de la riqueza, un 3% más que hace sólo un año- y en España.

Sin ánimo de ser exhaustivo, para este texto me centraré en los problemas relacionados con la libertad, esa carencia que cubriría una RB.
  • Renta de Inserción.
En los lugares en los que existe, como en el País Vasco -Renta de Garantía de Ingresos-, esta queda sometida a las limitaciones de toda inspección, (a menudo kafkiana), al coste añadido de la misma, y a la discrecionalidad en su concesión. Se vincula a la búsqueda activa de empleo, como el subsidio de paro, y si este surge, ha de aceptarse o perder la ayuda.

Aunque tener esta renta es mucho mejor que admitir el desamparo absoluto, en su aplicación se revela la alianza entre el estado y las élites económicas en favor de una represión económica dirigista: sobre el perceptor recae un clima de sospecha acerca de su disposición a aceptar cualquier forma de implicarse en la producción. Es un subsidio vinculado a la idea de ilegitimidad moral. La libertad para rechazar un empleo queda contemplada como un problema, un efecto colateral que se combate. Se da por sentado que tenemos el deber moral de ser colaboracionistas, en cualquiera de sus formas, con un sistema productivo que está destruyendo el futuro común.

Pero lejos de la presunción oficial, en realidad las personas no se conforman. Cabe señalar que la existencia de trabajo no declarado (para no perder el subsidio a causa de esa otra fuente de ingresos generalmente insegura) desmiente una y otra vez el temor a que con una RB no quisiéramos trabajar. Por el contrario, al ser compatible con el empleo, la RB no fomentaría el trabajo no declarado ni la pasividad.

En este caso también puede observarse un hueco que cubriría la RB. Esta implica una mayor redistribución porque no sólo saldrían beneficiados quienes no tienen nada sino además quienes cobran poco o trabajan de forma inestable. En la medida en que los trabajadores cobren más, el efecto vendría a ser el de un complemento parcial, por cuanto también tendrían que tributar una mayor cantidad de sus ingresos. Por último quienes más ganan, saldrían perdiendo más o menos en función de su privilegio económico, aunque a la larga también se beneficiarían por la mejora general que implica. A diferencia del subsidio condicionado, la RB aportaría seguridad económica a quienes más la necesitan sin desincentivar una mayor aspiración, y facilitaría la búsqueda de formas alternativas de producir.
  • Servicios públicos
Los servicios públicos no han erradicado la exclusión. Hoy en día se da la paradoja de que una persona puede tener médico y educación y no tener dinero para pagarse la comida, (la calefacción, la luz, etc,...). ¿No es surrealista la situación de esos niños que en verano han comido mal porque no se les facilitaba el comedor escolar aunque sí se les facilitaba toda la infraestructura educativa el resto del año? Cabe preguntarse si algún médico habrá recetado analgésicos y ansiolíticos gratuitos para calmar el sufrimiento del hambre o del frío.

Se puede decir que los servicios públicos son útiles para capacitar a las personas, pero no para evitar la exclusión social. La inclusión requiere acceso a bienes. Ambas cosas Renta Básica y servicios públicos deben pasar a ser derechos inalienables llegue hasta donde llegue la posibilidad de desarrollarlos en cada coyuntura.
  • Refuerzo de los convenios y de las posibilidades de la acción sindical
Hoy día esta no es propiamente una medida de inclusión sino de mejora de las posiciones de quienes tienen trabajo. Aun así no carece de relación con los problemas de exclusión y libertad: las condiciones de trabajo en el nuevo capitalismo de la flexibilidad y la inestabilidad, tanto para empresas pequeñas como para trabajadores, llevan a que la nueva fuerza negociadora dependa de las condiciones económicas fuera del centro; depende de que exista una base económica mínima a partir de la cual no pueda funcionar con nadie el chantaje del paro y la exclusión. Es en este sentido básico de la negociación donde la RB tendría un impacto positivo.

En las condiciones actuales tendría sentido un sindicalismo político y ciudadano, (no centrado en la empresa), que abanderara la RB, el reparto del empleo y el favorecimiento de las excedencias voluntarias, (mientras haya paro involuntario). Es necesario empezar a desvincular el reparto justo de los beneficios y el puesto de trabajo, al menos en alguna medida, ya que los empresarios sí tienen muy fácil la desvinculación entre esos beneficios y el trabajador concreto que los produce, lo que se traduce en una acaparación de las ganancias. Se trataría de pasar a entender el sistema productivo en su conjunto como una cooperativa de la que todos formamos parte y en la que todos tenemos derecho a cobrar una porción básica de sus beneficios. En realidad es algo que ya recogen las constituciones y los derechos humanos (art. 22 a 26) como principio pero sin que hasta ahora se haya dado cumplimiento al mismo. Sin embargo tendrá cada vez más importancia debido a que ese voluble y siempre insuficiente mercado laboral necesariamente decrecerá, por el avance de la productividad laboral y por los límites del crecimiento, con todos los desajustes que esto provoque.
Del mismo modo, no tenemos por qué concebirnos como trabajadores antes que como personas con pensamiento y motivaciones propias. Esta identificación con nuestro papel productivo nos impide tomar distancia respecto al mismo para valorar sus efectos sobre el sistema ecológico en el que se inserta y del que depende la vida. El trabajo actual enciende toda la maquinaria que depreda el planeta. 
  • Reparto del trabajo con mejores salarios
Esta parece la forma más directa e intuitiva de concebir el objetivo de una inclusión independiente del crecimiento. Es una aspiración irrenunciable. Pero distribuir adecuadamente el trabajo realmente necesario puede no ser nada fácil. El ajuste desde arriba no puede ser perfecto sino a golpe de leyes que gradualmente vayan introduciéndolo, (contra las horas extras, con prejubilación, excedencias, menores jornadas, etc.), y entre tanto la inclusión no queda garantizada. Por tanto habrá que buscarlo también mediante vías indirectas, como anteponer una RB que facilite elegir y organizar este reparto desde abajo, en función de las diversas necesidades, y que garantice la inclusión mientras se logra.

El reparto del trabajo es un propósito, un objetivo más que una herramienta económica. Requiere el soporte de una RB, que actúa con inmediatez y es resiliente ante las coyunturas. Esta haría posible precisamente que, quienes quieran, puedan trabajar menos en su empleo remunerado, haciendo sitio a quien no lo tiene. Por otro lado permitiría compartir mejor el trabajo no remunerado, (labores domésticas y cuidados), que sigue recayendo mayormente en mujeres sin autonomía económica, así como formarse libremente, trabajar como voluntario, implicarse más en la participación política o desarrollar la cultura libre, actividades todas ellas con un valor social que el mercado no puede reconocer.

Frente a la ansiedad por el crecimiento, busquemos autonomía. Liberemos tiempo en lugar de pretender más consumo. Repartamos tanto el empleo como el trabajo no remunerado en lugar de acumular a costa de la biodiversidad. El objetivo no es una propiedad media más grande sino una vida mejor.
  • Garantía Pública de Empleo
En cierto modo esta podría ser una forma indirecta de repartir el empleo acogiendo a quienes salieran del mercado laboral. Si el mercado al que hemos encargado la tarea de emplearnos y pagarnos no cumple con esa función a pesar de tener beneficios, parece lógico que esos beneficios devuelvan la parte necesaria para crear una GPE.

El empleo garantizado sería una buena forma de canalizar el deseo de integrarse activamente en la sociedad hacia producciones o formas de trabajo que no impliquen una mayor depredación del planeta o que incluso favorezcan la regeneración del daño ecológico infligido, (aunque en muchos aspectos es imposible de revertir). También actuaría como un marco de referencia en cuanto a las condiciones laborales, como elección de la jornada o incluso de la actividad a desarrollar dentro de las posibilidades, de modo que introduciría cierta democracia económica en el mundo laboral.

Sin embargo esta opción también tiene sus limitaciones. Si alguien decide abandonar su trabajo en el mercado o si le despiden ¿podría el estado proporcionarle un empleo garantizado con la suficiente agilidad como para no caer en una situación de penuria? Una opción intermedia sería que ese salario sustitutivo pudiera reclamarse con inmediatez, pero entonces habría que hablar más bien de un salario garantizado condicionado a la aceptación de un empleo público. La única diferencia con una renta de inserción estaría en la implementación de un plan de empleo público.

Esta otra propuesta de garantía de trabajo, en cambio, parte de la siguiente reflexión que introduce antes la noción de ingreso garantizado:

El problema del desempleo no es el problema de los ingresos, y supongo que la sociedad ofrece asistencia financiera a los más pobres o incluso un ingreso garantizado en su lugar.
En el texto se asume que las motivaciones para el trabajo tienen un componente psicológico y de integración social por encima de la mera huida de la miseria. No es necesaria la represión económica para que las personas deseen esa integración, esa actividad y una aspiración mayor. Basta con que las condiciones sean aceptables.
  • Autogestión colectiva
También sería posible intentar la inclusión mediante un acceso garantizado a bienes comunes o a recursos productivos con los que “labrarse” un sustento autogestionado en colectividad. Una fórmula que no depende de la competitividad y del crecimiento continuos. Pero en una sociedad en la que no existe un amparo económico básico, incluso los sistemas comunales pueden verse condicionados por la misma amenaza de exclusión de todo miembro que quiera abandonar su comunidad, quedando así coartada o viciada su convivencia, que en algunos casos podría no ser libremente decidida. Una vez más, nos falta algo.
  • Detrás de todo: la necesidad de una reforma monetaria
Finalmente hay que señalar este problema que condiciona todo lo demás. En cierto modo es el polo negativo de lo que he dicho hasta ahora. La RB es una medida monetaria y podría quedar inutilizada por el control del sistema monetario ejercido desde el poder financiero. Aunque exista un mínimo inembargable para las personas, el telón de fondo de la gestión del dinero condiciona las posibilidades de salir de la dependencia del crecimiento tanto como la organización social de la producción.

El dinero, creado y encauzado por la banca privada, exige la devolución de un irracional interés desde su mera emisión en forma de deuda, con independencia de la coyuntura y de las posibilidades del mundo real, material y finito. La actual crisis de deuda y su curso deflacionario dejan a las claras este estrangulamiento económico que a la vez exige un mayor crecimiento para pagar las crecientes deudas e impide el desarrollo humano al absorber las energías que podrían bastar a las personas sin esa carga añadida. Ninguna renta es bastante si la deuda es mayor y crece, y ningún crecimiento es bastante si la deuda es sistémica.

Pero en este terreno la RB también podría jugar su papel. Si además de llevar a cabo la reforma monetaria distribuyésemos la RB en monedas locales, estaríamos favoreciendo no sólo una mayor estabilidad frente a las fluctuaciones del mercado sino también cierta relocalización de la producción.

dissabte, 6 de desembre del 2014

Por un nuevo sentido común decrecentista

Article publicat a El Diario.es
  • El crecimiento continuo está trayendo el caos ambiental, utiliza materiales y recursos que están destruyendo los ecosistemas y las comunidades humanas, y es intrínsecamente contrario a la democracia real y descentralizada

  • El crecimiento se ha vuelto anti-económico y destructivo. Sin embargo, se continuará persiguiendo siempre y cuando las élites que se benefician de él puedan trasladar sus costes al resto de los mortales y convencernos de que es eso lo que realmente necesitamos

  • Se necesita un tipo diferente de política de izquierda, llamémosla eco-socialista u otra cosa, una política que se base en la premisa de que no queremos crecimiento, incluso si fuéramos capaces de tenerlo

En su artículo Lo que no Podemos, Antonio Turiel se refería al movimiento por el decrecimiento como "fracción minúscula del internet español, despreciable en su pequeñez". Probablemente, con esta expresión estaba siendo auto-sarcástico. Después de todo, 8800 personas habían compartido su artículo en Facebook, lo que significa que, al menos, se habría leido diez veces más. No parece que el tema del decrecimiento sea de interés minúsculo. En un sorprendente artículo de continuación, con el título de "Una tormenta en un vaso de agua", el dr. Turiel aclaraba que se refería a un "círculo muy, muy reducido de decrecentistas" que a él particularmente no le interesaba “como movimiento político".
El autor se equivoca. El interés por el decrecimiento está creciendo. En septiembre pasado, en Leipzig, tuvo lugar la IV Conferencia Internacional sobre Decrecimiento con más de tres mil participantes (entre otros Naomi Klein, Alberto Acosta y Michel Bauwens, así como más de quinientos científicos de todo el mundo, y un grupo vibrante de jóvenes estudiantes, activistas, representantes de partidos políticos y sindicatos, muchos de ellos, a la vez, científicos). Los participantes se reunieron en grupos de trabajo y asambleas y deliberaron seriamente sobre cómo sería una sociedad alternativa sin crecimiento. Una buena parte de estas ideas están recogidas en nuestro reciente Diccionario del decrecimiento, vocabulary.degrowth.org
El dr. Turiel escribe que "ni milita ni militará jamás en una opción decrecentista [porque a él no le] interesan los argumentos ideológicos, sólo los lógicos". El trabajo internacionalmente reconocido del dr. Turiel sobre el pico de petróleo y los límites de los recursos es una referencia para nosotros. Pero eso no nos dice nada sobre "lo que se debe hacer", y la ideología no se puede evitar en esta discusión. La nueva extrema derecha en Francia está utilizando el mismo argumento de los límites para cerrar las fronteras a los inmigrantes. Los defensores de la austeridad lo pueden utilizar para trasladar el coste a los pobres y asegurarse de que la riqueza menguante se mantenga acumulada en las élites. Los  decrecentistas, junto a Thomas Piketty, sostenemos que el final del crecimiento es la mejor razón para la redistribución de la riqueza.
Tal vez con la distinción entre lógica e ideología lo que el dr. Turiel expresa es que no desea que el crecimiento llegue a su fin: él predice que así será, aunque no lo desea. En primer lugar, las predicciones del autor acerca del pico del petróleo y la escasez de otras fuentes de energía, y de los materiales necesarios para la producción de energía renovable, en todo el planeta, oscilan entre el 2050 y el 2100. No existen pruebas de que estos límites ya estén perjudicando la economía española. Es verdad que un crecimiento del 2% anual lleva a duplicar la economía en solamente 35 años y tal vez resulta imposible mantener esa acumulación geométrica de capital. Y como muestra Thomas Piketty, el extraordinario período de alto crecimiento que siguió a la segunda guerra mundial es una excepción histórica, resultado de la destrucción causada por la guerra. Pero deberíamos tener cuidado en no repetir el error de la década de 1970 al apresurarse a anunciar el final del crecimiento. De hecho, ¿quién hubiese imaginado entonces el crecimiento de China, y que Occidente saldría por sí mismo de la recesión de los setenta con las burbujas financieras y de la construcción? Sin duda, el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, pero uno nunca puede estar seguro de que aquí y ahora es el momento del fin del crecimiento. Sin embargo, sí se puede estar muy seguro de que el crecimiento, con o sin nuevas burbujas, no es deseable.
Estar en contra del crecimiento resulta tan lógico y está tan empíricamente respaldado como lo está la existencia de límites al crecimiento. En primer lugar, el crecimiento continuo está trayendo el caos ambiental, sobre todo en términos de cambio climático. España tiene una enorme deuda ecológica y de carbono con el Sur Global y sólo ralentizando o revirtiendo su crecimiento será capaz de compensarlo.
En segundo lugar, el crecimiento utiliza materiales y recursos que están destruyendo los ecosistemas y las comunidades humanas en las fronteras de los recursos mundiales.
En tercer lugar, el crecimiento es intrínsecamente contrario a la democracia real y descentralizada. Si su puerto y su ciudad son una zona de tránsito a través de la cual pasan todas las materias primas y los turistas del mundo, va a ser muy poco lo que puedan controlar realmente sus círculos o las asambleas de su barrio.
En cuarto lugar, el bienestar no aumenta a partir de un cierto nivel de crecimiento y supone más costes sociales que los beneficios que reporta: tráfico, contaminación y problemas de salud. El crecimiento tampoco nos llegará a dar nunca lo suficiente. El PIB de España se ha multiplicado varias veces desde la década de 1960 y ha crecido con vigor desde la década de 1980, pero ya antes de la crisis tanto ricos como pobres consideraban que no era suficiente.
El crecimiento se ha vuelto anti-económico y destructivo. Sin embargo, se continuará persiguiendo siempre y cuando las élites que se benefician de él puedan trasladar sus costes al resto de los mortales y convencernos de que es eso lo que realmente necesitamos. El dilema, como Serge Latouche dijo, es "decrecimiento o barbarie". Como señaló, no hay posición más anti-capitalista que la del decrecimiento porque refuta no sólo los resultados, sino el propio espíritu del capitalismo. En la conferencia de Leipzig las críticas al crecimiento y al capitalismo concurrieron. Escapar del crecimiento significa escapar del capitalismo, aunque algunas experiencias del siglo XX nos enseñaron que escapar del capitalismo no significa escapar del crecimiento y de la destrucción de  la naturaleza. Se necesita un tipo diferente de política de izquierda, llamémosla eco-socialista u otra cosa, una política que se base en la premisa de que no queremos crecimiento, incluso si fuéramos capaces de tenerlo.
El dr. Turiel bromea diciendo que los "decrecentistas" son "gente de mal vivir" porque saben que el mundo está llegando a su fin. Sin embargo, los decrecentistas son, muy al contrario, los del “Buen Vivir”, llenos de energía con el fin de este crecimiento sin sentido: plantan jardines, cultivan alimentos, crean cooperativas, ocupan las plazas y participan en los movimientos políticos que quieren recuperar el Estado para el pueblo. Proyectos como el de la Cooperativa Integral Catalana construyen lentamente utopías de decrecimiento ahora. Los decrecentistas quieren cambiar las instituciones públicas para que todos tengan acceso garantizado a los servicios sociales básicos y disfruten de tiempo libre para sus proyectos autónomos. Este es un camino difícil, pero vale la pena perseguirlo.
El dr. Turiel tiene razón en que, por el momento, los decrecentistas somos una minoría, aunque no minúscula. Tampoco estamos seguros de que estemos tan lejos de la opinión pública como él sugiere. Sí, "la gente" quiere más cosas, y no les gusta que se les diga que van a tener menos, pero tal vez sólo en la medida en que ven que otros mantienen sus yates y sus mansiones mientras que las pensiones públicas se están recortando. Cuando toda la comunidad sufre un poco, nadie se siente peor, sólo aumenta la solidaridad. Es la extrema desigualdad del capitalismo la que hace que el decrecimiento sea difícil de aceptar por parte de los que tienen menos. Con la redistribución, el decrecimiento será posible. No pensamos que la gente no sabe y que debemos "educarlos". Lo que podemos hacer es ayudar a despertar los sentimientos comunes latentes que existen en el imaginario de la mayoría.
El sentido común dice que el crecimiento infinito no es posible en un planeta finito. El sentido común señala que lo que estaba ocurriendo con las viviendas y los préstamos antes de la crisis era una locura. El sentido común es que la búsqueda de más y más es a costa de la libertad de cada uno. Y el sentido común enseña que con solidaridad un mundo diferente es posible.


dijous, 4 de desembre del 2014

Malentendiendo el significado de decrecimiento

Article publicat a  Público 

Giorgos Kallis y el colectivo Research & Degrowth
Podemos es una de las formaciones políticas más frescas y más prometedoras que la izquierda europea ha visto en décadas. Para aquellos que creemos que una sociedad igualitaria sólo puede ser aquella que denuncia la obsesión por el crecimiento, el hecho de que Pablo Iglesias firmara el manifiesto “la Última Llamada” fue una gran noticia. Aunque alguno pueda pensar que no tan grande, después de enterarnos de que posteriormente Podemos asignó su programa económico al profesor Vicenç Navarro, quien en una serie de artículos ninguneó el decrecimiento, a menudo con declaraciones duras. Preferimos seguir siendo optimistas y constructivos, ya que detestamos el sectarismo de izquierdas, especialmente cuando algo nuevo y potente está naciendo. Pero intelectualmente es importante especificar con precisión de qué trata el decrecimiento, aclarando algunos malentendidos incluidos en estos concretos  textos de Navarro (quien tan buen trabajo ha hecho durante décadas) y de ahí centrarnos sólo en nuestras diferencias reales, abriendo la posibilidad de converger.
En primer lugar, es importante señalar que se han producido avances importantes en el debate acerca del decrecimiento, señalados en  la cuarta Conferencia Internacional sobre Decrecimiento en Leipzig, el septiembre pasado, a la que asistieron 3.000 personas, avances que Navarro tal vez no conozca. En la conferencia destacó  una convergencia  significativa  entre el pensamiento radical de  izquierdas y  el verde, simbolizado por  el apoyo de las dos  fundaciones, Rosa Luxemburgo y  Heinrich Böll. En los textos de Navarro, el Decrecimiento se entiende en gran medida con referencia a los límites que los recursos naturales imponen al crecimiento y a la necesidad de adaptar nuestras políticas económicas a esta nueva realidad. Sin duda, esto forma parte de la teoría del decrecimiento, pero no es el único ni el principal punto como hemos explicado en nuestro reciente libro: vocabulary.degrowth.org.
El decrecimiento argumenta no sólo que el crecimiento no es posible, sino también que es indeseable. Es indeseable porque el crecimiento es destructivo para el medio ambiente y nos está llevando al borde del desastre climático. Tiene más costos que beneficios sociales en los países ricos, se produce a expensas de las comunidades situadas en las fronteras de las materias primas de donde se extraen los recursos. Y todo ello no nos hace más felices. El crecimiento tampoco puede erradicar la pobreza, una pobreza que es relativa y solo puede solucionarse con la redistribución.
A continuación  detallamos los principales errores en los que, en nuestra opinión, cae Navarro:
Primero, critica el decrecimiento por ser malthusiano. Pero lo que él describe no tiene nada que ver con lo que muchos de los que nos llamamos “decrecentistas” pensamos. Él dice que una figura de referencia para el movimiento pro decrecimiento es Paul Ehrlich, el autor en 1968 de “La bomba demográfica”. Acabamos de publicar ese volumen internacional sobre decrecimiento con más de 50 capítulos y 300 referencias (vocabulary.degrowth.org). Paul Ehrlich se cita una sola vez y esto, en un texto que sostiene que los decrecentistas no comparten su malthusianismo “top-down”. Los decrecentistas no se inspiran en Malthus, sino en los neo-malthusianos anarco-feministas de 1900, con Emma Goldman, Madeleine Pelletier, etc. Goldman y sus compañeras reclamaban el control sobre sus cuerpos y no querían producir un ejército de reserva barato y prescindible de mano de obra para las fábricas capitalistas ni “carne de cañón” para los militares imperialistas. Su elección prefiguraba el mundo que querían crear. Por cierto, apoyadas en Cataluña por Francisco Ferrer y Guardia.  Como escribió Maria Lacerda de Moura de Brasil, “amaos más y no os multipliquéis tanto”.  Del mismo modo, los decrecentistas, hoy, simplifican sus vidas y reducen el consumo, no para salvarse o salvar un “planeta” abstracto, sino como un acto político para socavar un sistema capitalista que se alimenta del consumo. Consumen menos y producen de manera diferente para crear un mundo más igualitario y más ecológico.
Segundo, sostiene que el decrecimiento es nostálgico de un pasado romántico que nunca existió. Cita a Serge Latouche que, durante su trabajo de campo en Laos, descubrió una sociedad que “no estaba ni desarrollada  ni sub-desarrollada, sino literalmente ” a-desarrollada “, es decir, fuera del desarrollo”. Navarro sostiene que Latouche omite que Laos era una sociedad feudal. Nos sorprendería que a Latouche, un antropólogo y economista capacitado, se le escapase que Laos era feudal. Cuando uno invoca una sociedad diferente para extraer lecciones para la nuestra, no significa que acepte todo lo que esta sociedad trae consigo; sólo está postulando posibilidades para la nuestra. El movimiento a favor de los bienes comunes (Commons), por ejemplo, se inspira en la gobernanza de los bienes comunales que precedieron a los cercamientos (enclosures) capitalistas. ¿Significa esto que aboga por un retorno al feudalismo y a las monarquías “por Dios, por la Patria y el Rey” contra el liberalismo burgués privatizador de bienes comunales? Claro que no. Extraemos del pasado lo que puede ser útil para hoy: por ejemplo, la idea de los bienes comunes es útil para repensar la gobernanza de los espacios públicos en las ciudades o de los espacios digitales en  Internet. De  forma parecida, Latouche se basa en Laos para reflexionar sobre la posibilidad del “a-desarrollo” en nuestra sociedad. Una tercera opción al dilema desarrollo o subdesarrollo, o crecimiento o crisis.
Como Latouche y otros antropólogos, los decrecentistas rechazan una marcada distinción entre  “un antes” y “un después” (después de ilustración, modernidad, desarrollo), esta distinción temporal que toma una expresión geográfico-espacial entre  “nosotros,  el Occidente avanzado ” y “ellos, el resto atrasado”. El decrecimiento ve el presente capitalista como lleno de elementos latentes de un pasado no capitalista, como las economías del regalo o los mercados de trueque o los bienes comunes de los parques urbanos; y es allí donde se encuentran  las semillas para un futuro diferente. Los restos de la “economía moral” como escribió E. P. Thompson, que hay que reavivar.
Tercero, afirma que “ser anticrecimiento, sin más, es una actitud que refleja un cierto inmovilismo que perjudicará a los mas débiles de la sociedad” y que “las necesidades de la población mundial son enormes” por lo que “una enorme redistribución de los recursos será necesaria pero insuficiente ya que habrá la necesidad de producir más y mejor. ” No está claro porqué el decrecimiento tiene que promover el inmovilismo. Lo que es cierto es que el argumento a favor de la redistribución se fortalecerá más que lo que se consigue en los periodos de bonanza económica, cuando los problemas se alejan simplemente porqué la marea sube elevando a la vez el nivel de todos los barcos. En un escenario de decrecimiento, ciertas actividades decrecerán y otras florecerán, abriendo oportunidades para nuevos trabajos y la innovación creativa. Decrecerá el uso de energía de los combustibles fósiles, por ejemplo, y el uso de muchos materiales. La movilidad social no es una cuestión de recursos totales, sino de acceso relativo a los bienes comunes, a las infraestructuras públicas, a la educación y la creatividad; nada de esto requiere crecimiento económico per se. Si todavía hay  necesidad de “producir más”, Navarro debería decirnos entonces, cuánto será suficiente, finalmente, para satisfacer las necesidades democráticas que él tiene en mente. Nuestra economía ha multiplicado el tamaño de sus fuerzas de producción varias veces desde el tiempo en que Marx escribía, o incluso Keynes. Sin embargo, todavía no  parece ser suficiente y la pobreza todavía está aquí. Esto podría ser un recordatorio de que el problema no es que no tengamos suficiente, sino que todavía no hemos establecido las relaciones de poder necesarias para una distribución equitativa y asegurar que todo el mundo tenga lo básico para una vida digna. Extraer y producir más es lo que el capitalismo sabe hacer mejor. Sólo una sociedad que finalmente se da cuenta de que ha tenido suficiente y que establece las instituciones para vivir con lo suficiente, se escapará del capitalismo.
Cuarto, declara que el decrecimiento no es, políticamente, ni de derechas ni de izquierdas. No podemos hablar en nombre de  todos, pero nosotros en Research&Degrowth, así como casi todas las 3.000 personas que fueron a nuestra Cuarta Conferencia Internacional, en Leipzig, se consideran de izquierdas (y la mayoría, radicales de izquierdas). La conferencia,   raramente para un evento científico, terminó con los 3.000 participantes saliendo juntos del auditorio y manifestándose en las calles de Leipzig contra el crecimiento y contra el capitalismo. A esto le siguió  un ejercicio de desobediencia civil en el exterior de una central térmica de carbón. ¿Suena esto a ser conservador? Serge Latouche escribe que no hay una postura más anticapitalista que el decrecimiento ya que no sólo critica los resultados, sino el espíritu del capitalismo. Escapar del crecimiento implica escapar del capitalismo, pero escapar del capitalismo no significa escapar del fetichismo del crecimiento, como la experiencia de los regímenes del socialismo real del siglo 20 nos enseña. De ese tema podemos aprender mucho de Navarro, un crítico del productivismo en la URSS como fue él mismo.
Quinto, de forma reiterada, Navarro sostiene en sus textos que el decrecimiento es una vieja idea, y que todo lo que se puede decir ya se dijo en los debates de la década de 1970 entre él y Ivan Illich o entre Paul Ehrlich y Barry Commoner. Los ecologistas ibéricos más viejos han citado continuamente a Barry Commoner desde 1971 (releamos las páginas de Mientras Tanto, por ejemplo). Y la mayoría de los miembros de Podemos ni siquiera habían nacido en los años 70. Los jóvenes tienen derecho a descubrir por sí mismos los viejos debates y quién sabe si podrían llegar a nuevas respuestas o, incluso, a nuevas preguntas. La historia no se repite y  cada generación debe  tener su propia oportunidad de hacer historia.
En lo específico de estos debates, Navarro tiene argumentos válidos en contra del  extremo al que podrían llegar  las ideas de Ivan Illich sobre autonomía en los sistemas médicos y de educación. Pero nada es blanco o negro. Illich sin duda tenía razón en su famosa crítica al automóvil y en general al afirmar que los sistemas industriales modernos, basados en expertos, tienen un sesgo de desigualdad inherente, quitándoles a las personas y colectivos el poder de controlar de forma autónoma aspectos importantes de sus vidas y sus cuerpos. Lewis Mumford tambien criticó la “megamáquina” desde mucho antes, y la energía nuclear “pacífica” desde 1952. No tenemos  porqué llegar  al extremo la lógica de la crítica de Illich y proponer el desmantelamiento de tales servicios públicos. En cambio, podemos inspirarnos en el pensamiento de Illich para hacer lo que varios colectivos están haciendo hoy en Barcelona, es decir, auto-organizarse para complementar los servicios públicos vitales, desde la provisión de alimentos, el cuidado de niños y la educación, hasta la  asistencia primaria de la salud (ver Cooperativa Integral Catalana, Aurea Social, COS). Estos proyectos no tienen porque demoler el Estado y cumplir el sueño de Milton Friedman, como sugiere Navarro que hacen las teorías de Illich. No sabemos que Illich haya hecho nunca un elogio de Milton Friedman. Por el contrario, estos proyectos pueden apoyar al Estado mediante la participación de los ciudadanos en los servicios, en lugar de  externalizar y privatizar. Cuando el estado es reivindicado por una fuerza de izquierdas como Podemos, son estas iniciativas autónomas las que habrán cambiado el sentimiento común de la sociedad civil, así como, a la vez que proporcionan un proyecto de reforma y de control para un sistema del bienestar coste-efectivo que funcione.
Los decrecentistas no tienen figuras paternas. Les gusta Illich pero también leen a  Gorz que pedía una sociedad dual, con la industria socializada y los servicios públicos. Si uno viene a nuestras conferencias, oirá hablar  de la bioeconomia de Georgescu-Roegen y Odum, pero también de Marx, Gramsci, Foucault, Hanna Arendt o Judith Butler. Estamos creando nuevas ideas mezclando y sintetizando, no dividiendo y separando en sectas.
Sexto, Navarro rechaza el decrecimiento (o incluso “la prosperidad sin crecimiento” de Tim Jackson)  porque no quiere pedir a las clases trabajadoras que reduzcan su consumo y porque cree que el crecimiento es necesario para el estado de bienestar. Estamos de acuerdo con él en que el apoyo del Estado a la salud y la educación públicas, al cuidado a las personas  y a los bienes comunes,  ha sido un gran logro en los lugares donde se ha dado y debe ser sostenido y ampliado. No deberíamos olvidar, sin embargo, que en muchos casos los recursos que se utilizaron para financiar estos servicios han sido, al menos en parte, tomados de los excedentes obtenidos por el poder occidental colonial del resto del mundo. Así, a la vez que Gran Bretaña organizaba en National Health Service y otros logros tras el 1945, otros ingleses al servicio del mismo estado organizaban la división del Golfo Pérsico en pequeños principados para el suministro de petróleo barato y otras fechorías.  Para una izquierda internacionalista, la apuesta para el futuro es cómo mantener el estado del bienestar sin crecimiento y sin una mayor explotación del entorno y de los territorios de otras partes del mundo. Es decir,  con una alianza entre el decrecimiento y el movimiento global de justicia socio-ambiental, reconociendo y pagando parte de nuestra deuda ecológica al Sur global. Esto podría implicar una reducción del consumo. Esto no es necesariamente malo si lo que se reduce es innecesario o es consumo por presumir de estatus social y si se reduce de manera que  la gran carga de la reducción recaiga sobre los ricos.
Séptimo, uno de sus principales argumentos es que hay un crecimiento bueno y otro malo y, mientras que el crecimiento capitalista es malo, otro tipo de crecimiento, presumiblemente socialista, puede ser bueno. A modo de ejemplo, utiliza el trabajo de Barry Commoner que argumentaba que podemos sustituir productos sucios por limpios y combustibles fósiles por energías renovables. Suscribimos esto al 100%, pero Commoner no discutió y mucho menos demostró, que podemos hacer todo esto y tener todavía un crecimiento de actividad económica del 2 o 3% anual no ya en las periferias del mundo sino en las propias metrópolis. Navarro sostiene que podemos crecer construyendo escuelas o curando el cáncer. Todas estas son actividades formidables, pero es difícil ver cómo van a hacer crecer la economía año tras año. No tenemos conocimiento de ningún caso histórico en que una economía permanentemente haya crecido mediante la construcción de escuelas, sino que se construyeron escuelas debido al crecimiento. Hasta ahora, el único crecimiento que hemos conocido es crecimiento cuantitativo de energía y materiales y siempre ha ido acompañado de más emisiones nocivas y más agresión.
Sí, podemos y debemos invertir en el cuidado de los unos a los otros, en la producción limpia, en la educación de de niñas y niños y en la creación artística. Pero, ¿por qué tenemos que enmarcar el florecimiento de este tipo de actividades maravillosas en los términos cuantitativos y economicistas del crecimiento? La educación y la salud son buenos en sí mismos, no porque lleven al crecimiento económico. ¿No deberíamos enseñar  humanidades o curar enfermedades si esto tuviese un coste muy alto y un efecto negativo sobre el crecimiento? Nos parece bien que haya sectores de la economía que  florezcan (la educación, el cuidad, la salud, la agricultura orgánica, la rehabilitación de viviendas) mientras le economía en conjunto decrece. Navarro ha declarado explícitamente que cuando habla de crecimiento no está pensando en el PIB sino en el bienestar. Abolamos el PIB, entonces, y no discutamos nunca más si estamos creciendo o no. Centrémonos en las buenas políticas que nos  lleven al bienestar y en en sus indicadores concretos.
Finalmente, estamos de acuerdo con sus palabras: “la  solución pasa por un cambio en estas relaciones de poder, con la democratización del Estado que originaría no solo una nueva redistribución …”. Sí, la democratización es clave para las soluciones futuras. Pero el poder no es sólo algo que está “allá afuera” que transformaremos mecánicamente y luego democratizaremos el Estado y generaremos una nueva redistribución. El poder también reside en la colonización de nuestro imaginario por conceptos y principios que han causado estragos a nuestro alrededor y han justificado la desigualdad y la destrucción en nombre del progreso. El crecimiento es el rey de estos conceptos. Y el desarrollo uniformizador (denunciado por Arturo Escobar, Gustavo Esteva, Wolfgang Sachs…) es el emperador.   Es ya tiempo de inciar el proceso de echar el “crecimiento” y el “desarrollo” al basurero de la historia.