dissabte, 7 de maig de 2016

Las crisis del capitalismo. El medio ambiente como escenario de conflicto de clases

Publicat a  El salmón Contracorriente
5 de mayo de 2016
Constantino Cuenca Sánchez

Las crisis ecológica, energética, económica y social se potencian mutuamente. La construcción de una alternativa social y ecológicamente sostenible, soldada en base a principios de justicia social y ambiental está todavía pendiente.



El medio ambiente como escenario de conflicto de clases
Que la humanidad enfrenta una crisis ecológica de implicaciones profundas no es ninguna novedad. Resulta demasiado familiar oír a los locutores hablar de Cambio Climático, leer en los periódicos que emitimos grandes cantidades CO2 a la atmósfera, o ver cómo algunos ecologistas, cuidadamente presentados como parias por los mass media, defienden posiciones relacionadas con el fin de los carburantes fósiles o con el declive de algo que llaman biodiversidad; asuntos, sin duda, ajenos al interés material inmediato del grueso de la población.

La ‘normalización del desastre’

El sociólogo valenciano Josep Vicent Marquès acuñó el término «naturalización» para definir el proceso que lleva a una determinada sociedad a enmarcarse en una esfera de normalidad cuyos parámetros han sido definidos (y condicionados) por ella misma y su contexto histórico-cultural. En este espacio, las certezas y los actos sociales vienen determinados por un discurso social hegemónico que establece lo que es normal y lo que no lo es.
De manera similar, en los últimos años se ha generado un proceso social que denominaremos ‘normalización del desastre’ ambiental, algo que resulta ciertamente chocante teniendo en cuenta que la hipótesis del cambio climático, hoy innegable, durante años ha sido apartada sistemáticamente. Todos nos acordamos del primo de
Rajoy. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, parece que la estrategia ha dado un giro completo con una maniobra loca pero muy hábil. De algún modo, en la mayor parte de las sociedades, fundamentalmente en las del llamado norte global, se ha interiorizado la crisis ecológica como una evidencia que, con todo, ha sufrido una reorientación hacia su concepción como algún tipo de fenómeno natural que sucede en la otra punta del globo; como un suceso que, si bien puede resultar más o menos trágico, en el mejor de los casos nos toca sólo de forma tangencial y no rompe los estándares de horror habituales.
La dimensión internacional-mercantilista del neoliberalismo ha generado múltiples y profundas contradicciones

La industria de Hollywood, que ha colocado en escena los grandes desastres humanitarios de la historia una vez han sido digeridos por el gran estómago social, también se atrevió con escenarios ambientalmente apocalípticos y postapocalípticos: reprodujo un cambio brusco y fatal del clima global en El día de mañana, creó una raza súper avanzada de aliens ecologistas que lanzaron su "Ultimátum a la Tierra", y proyectó una situación de inhabitabilidad del planeta a través de "Wall-E", ese robot adorable, de la mano del gigante Disney. Desde tal perspectiva, se hace inevitable caer en la cuenta de que asistimos a algo mucho más terrible y fatídico que el propio desastre: nos hallamos ante su normalización social, ante una suerte reemplazo cinematográfico que observamos desde la butaca mientras comemos palomitas, lo que nos lleva al razonamiento natural de que todo acabará en cuanto salgamos de la sala de proyecciones.
Persistiendo en la jerga cinematográfica, la sinopsis de todo esto vendría a exponer que la lógica capitalista se ha apropiado no sólo de la propia naturaleza, sino que su maquinaria de espectacularización también lo ha hecho de la capacidad de aceptación social de su degradación. Ha logrado trivializar y ‘ficcionar’ el desastre ecológico, poniéndolo en el mismo plano abstracto en el que ha colocado a "Superman" o a "Godzilla".

“¡Más madera!”

Poco hay que decir sobre la señalada apropiación de la naturaleza que no haya sido ya objeto de sesudos estudios y debates, fundamentalmente desde ópticas marxistas y altermundistas. Para exponerlo de manera sintética, basta con una sola idea central: el modelo económico capitalista, fundamentado en el crecimiento continuo e ilimitado, choca frontalmente con la propia naturaleza finita de nuestro planeta. Y es que si hay algo que podemos dar por rotundamente cierto es que la Tierra tiene unos límites físicos perfectamente definidos. A partir de este punto, no es osado decir que la forma de orden social y económico dominante en las cuatro o cinco últimas décadas ha declarado una guerra sistemática y brutal al planeta y a sus pueblos. No es casual que lo que hoy se conoce como crisis ecológica se emplace en el mismo período histórico que la consumación de las prácticas geopolíticas y económicas neoliberales.
“Lo realmente utópico es creer que es viable vivir cada vez con más y más en un planeta finito”

La dimensión internacional-mercantilista del neoliberalismo ha generado múltiples y profundas contradicciones con la mera idea de justicia social, aun en su sentido más blando. Ha dotado a los grandes capitales de una potestad de exigencia sobre los gobiernos para que actúen en su beneficio bajo el chantaje de trasladar su producción a países que resulten más amables con sus intereses. Ésta es, probablemente, la manera más sencilla que encuentra el cuerpo corporativo transnacional de potenciar rebajas salariales al tiempo que ve reducida su carga impositiva. Y todo ello sin necesidad de ganar ningunas elecciones. Por descontado, hay un pretexto muy atractivo que justifica tal desliz: el crecimiento económico; ya no en un significado monetario, sino más bien como una construcción social, poetizada desde las altas esferas, que encarna un papel de superhéroe incorpóreo con el que resulta difícil no alinearse. Su potencial de seducción se ve, además, acrecentado ante el actual contexto de crisis económica, erigiéndose como único bálsamo capaz de bajar la fiebre social.
Pero hay objeciones para nada desdeñables. Resulta importante reiterar que, en el marco capitalista, el crecimiento económico constituye necesariamente un motor en continuo funcionamiento con una demanda crónica de combustible, algo inherentemente contradictorio con la naturaleza, aun suponiéndola como una simple dispensadora de recursos. Un antiguo profesor de la facultad solía comparar esta idea con aquella escena de Los hermanos Marx en el Oeste en la que un Groucho metido a maquinista bramaba su célebre “¡Es la guerra! ¡Traed madera! ¡Más madera!”, a lo que Harpo y Chico, enfervorecidos, respondían arrojando maletas, asientos, puertas a la locomotora. El acto concluye con el tren transitando a toda velocidad pero completamente despedazado.

Crisis ecológica y energética, claves en la guerra contra los pobres

El símil es tristemente ilustrativo y extrapolable a buena parte de los problemas ambientales, si no a todos. Cambio climático, pérdida de infraestructura verde, pérdida de diversidad biológica, y un largo etcétera. Todos ellos íntimamente vinculados a la acción del hombre, no de un modo generalizador, que supondría atribuir responsabilidades equitativas, sino más bien a una determinada marca histórica en la que esa ‘acción del hombre’ se ubica. Hablo de esa forma de hacer tan siglo XX, tan american way of life, que se ha vertebrado en torno a la energía fósil, fundamentalmente, cuyo cénit rozamos ya con la punta de los dedos y que, según
grandes expertos en la materia, en modo alguno podrá ser sustituida por fuentes de energía renovables con la actual demanda energética.

Con el agotamiento de los combustibles fósiles no sólo se hunde una fuente de energía, ni tan siquiera sólo un modelo energético. Se hunde el mismo esquema organizativo que rige las actuales sociedades, arrastrando consigo elementos tan esenciales como el propio acceso a los alimentos. Con un sistema alimentario global
absolutamente dependiente de los combustibles fósiles
, tanto a nivel de producción como de transporte, el rumbo apunta hacia un aumento brusco del precio mundial de los alimentos supeditado al incremento del precio del combustible. Este escenario invoca un severo impacto social caracterizado por el ensanchamiento de la brecha económica, no ya entre el norte y el sur globales, donde la brecha está ya consolidada, sino también en la esfera interna de países occidentales, donde el porcentaje de personas en situación de pobreza es cada vez mayor. Además, el perfil globalizado del modelo estimula un oligopolio de grandes corporaciones con capacidad competidora en detrimento de pequeñas empresas y campesinos, que difícilmente pueden asumir los costes necesarios para entrar en la fiesta tétrica del libre mercado.
Las crisis ecológica, energética, económica y social se antojan como un agregado indisoluble

Paralelamente, tales megacorporaciones, asentadas sobre la obtención del máximo beneficio y el cortoplacismo, son las que contribuyen de la manera más brutal y deliberada al cambio climático mediante el uso de agroquímicos nocivos, la degradación sistemática del recurso suelo o la emisión de gases invernadero, cuyos efectos globales (desastres naturales, alteración de las estaciones y cambios en los estándares climáticos en general) redundan en la agudización de las desigualdades: los más afectados por tales efectos son, naturalmente, los países más empobrecidos y los estratos obreros de las sociedades opulentas.
Tal y como se entrevé, las crisis ecológica, energética, económica y social se antojan como un agregado indisoluble. No sólo son inseparables, sino que se potencian mutuamente, componiendo un lienzo macabro al estilo de Los cuatro jinetes del Apocalipsis que hace ya tiempo que siembran guerra, hambre y muerte en las capas poblacionales empobrecidas. Mientras tanto, la comunidad internacional responde con instrumentos como la reciente Conferencia de París que, por muy histórica y positiva que haya sido dibujada por los grandes medios, reviste gran insuficiencia y unos tintes de optimismo que no concuerdan con la magnitud del problema.
No. Esto no es un film de Hollywood, no va a venir un héroe radiante a salvar el planeta, y ni por asomo este será encarnado por el crecimiento económico. Pero claro que existe salida. De hecho, la solución es forzosa y debe ser sistémica. El modelo capitalista global está obligado a desaparecer, ciertamente no porque las tesis
ecologistas y anticapitalistas gocen de posiciones políticas hegemónicas, sino por la propia inviabilidad del modelo. En absoluto es utópico pensarlo; parafraseando al escritor, politólogo y profesor universitario Carlos Taibo, “lo realmente utópico es creer que es viable vivir cada vez con más y más en un planeta finito”.
Sólo queda pendiente la construcción de una alternativa social y ecológicamente sostenible, soldada en base a principios de justicia social y ambiental, con todo lo que esto acarrea. La solución, efectivamente, será radical o no será, en el sentido de que necesariamente afectará a los cimientos de la actual sociedad, a su raíz. Se ha alcanzado un abismo complejo en el que la salida pasa por desaprender lo aprendido en las últimas décadas, y esto involucra algunas construcciones socio-culturales fuertemente afianzadas (cultura del consumo, transporte, cultura de la inmediatez, arquitectura de ciudades, etc.), y las formas de relación social y de convivencia con la naturaleza.
Constantino Cuenca Sánchez

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