Paco Puche ….
19/10/2014
Especialmente atacadas se ven
aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad humana de
compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza
John Berger
Todo viene de considerar a la
economía actual como el “todo” social, político y cultural.
De la economía
Como dice Polanyi (2009:42) “es
por la desproporcionada influencia que el sistema de mercado ha ejercido en la
sociedad y en nuestra propia experiencia por lo que encontramos difícil comprender
el carácter limitado y subordinado de la economía tal como ésta se presenta
fuera
de dicho sistema”.
La economía ha de entenderse
como un proceso institucionalizado de interacción que sirve para satisfacer las
necesidades materiales; en este sentido forma parte vital de todas las sociedades
humanas. O en un sentido más amplio, como “las formas en que cada sociedad resuelve
sus problemas de sostenimiento de la vida” (Carrasco, 2001:12). Toda sociedad,
por tanto tienen que tener alguna forma de economía dentro de la concepción
anteriormente expuesta.
Esto nos lleva a dos cuestiones
centrales que van a tener mucho que ver con las propuestas de decrecimiento: el
trabajo y las necesidades.
Del trabajo
El trabajo puede considerarse
una invariante antropológica en el sentido objetivo del segundo principio de
termodinámica. Como dice Georgescu – Roegen (1996: 353) “el proceso económico
depende de la actividad de los seres humanos que transforman la baja entropía
en alta entropía”, esto significa la tarea de ordenar una naturaleza que no
está al servicio de los seres humanos en otra que sí pueda servirles, sometiéndose
a sus leyes, especialmente a las de la termodinámica, como hemos dicho. Al fin
y al cabo la segunda ley mencionada, que dice que la materia y la energía
aunque no se crea ni se destruye se transforma en otra de mayor entropía, significa pérdida de
utilidad para los seres humanos. Es por tanto una ley en cierto modo
antropocéntrica.
Este “trabajo necesario” tiene
una finalidad, como la propia economía: satisfacer necesidades, mantener la
vida, o el placer de vivir como sostiene Geogescu-Roegen (1996:353). No se debe
confundir ni con el empleo remunerado, ni con la penosidad que algunas
actividades tienen
asociadas, ni con la sociedad
salarial, ni con la remuneración, etc., que son meras formas históricas de esta
actividad necesaria que hemos llamado “trabajo”. El diálogo entre José Manuel
Naredo y Jorge Riechmann sobre este asunto resulta esclarecedor (ver Papeles de
relaciones ecosociales y cambio global nº 108, 2009, pp 147-161)
La economía feminista no deja
dudas sobre la falacia de confundir trabajo con empleo remunerado, porque “esta
actividad- los trabajos domésticos y de cuidados- es la que debería servir de
referente y no el trabajo realizado en el mercado… por que es el trabajo
fundamental
para que la vida continúe”
(Carrasco 2006:46)
De las necesidades
Sobre las necesidades también
hay mucho que decir en unos tiempos en que impulsos inducidos por la propaganda
masiva, los deseos, los caprichos y la emulación se toman como necesidades
irrefrenables. Las declaraciones de Patrick Le Lay, director general de la
televisión francesa TF1, son reveladoras: “para que un mensaje sea percibido es
necesario que el
cerebro del espectador esté
disponible. Nuestras emisiones tienen esta vocación… Lo que vendemos a
Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible” (L’Expansion, 9 de julio de 2004)
El chiste de El Roto en el que
un airado varón amenaza con defender lo superfluo con puño amenazante, es más
que ilustrativo de la diferenciación que decimos.
El esquema de Sempere
(2009:243) nos ofrece una buena síntesis del estado de la cuestión.Él nos
propone distinguir entre dos grandes grupos de necesidades: la universales, transhistóricas
e invariables y las emergentes, históricas y variables.
Las primeras abarcan todas las
necesidades biopsicosociales (nutrición, seguridad física y psíquica, salud,
descanso, ejercicio, sexo, reconocimiento, autoestima, pertenencia, confianza, etc.)
y de potencial humano (autonomía, libertad, participación, autorrealización,
afecto, amor, crecimiento moral, etc.); las segundas, históricas y variables,
abarcan todas las necesidades instrumentales (satisfactores) y los sistemas sociales
pertinentes.
Muchas de las necesidades
tienen un carácter inmaterial y están fuera de la actividad económica
propiamente dicha, aunque como otras actividades de la vida personal, social o política
tengan que ver con esos que hemos llamado “el mantenimiento de la vida” o el
“placer de vivir”, que caracterizan la economía tal como la venimos
entendiendo. Al fin y al cabo no es posible segregar unas actividades de otras
a lo largo de un día, pues el tiempo en el que discurren es común a todas
ellas. Por eso tiene sentido, como recuerda Riechmann en el diálogo citado más
arriba, que la actividad laboral pueda ser a la vez productiva, autorrealizadora
y socializante, claro, cuando se cumplan condiciones de trabajo no alineado.
Explica también el que algunas
comunidades primitivas, como las de las islas Trobriand, se afanen en las
tareas laborales (huertos, onstrucción, mantenimiento, etc.) mucho más de lo indispensable.
Es como una suerte de trabajo lúdico, o confluencia de ocio y trabajo
necesario.
Por el contrario, en la
Antigüedad había constancia del desprecio por aquellas tareas dependientes y
generalmente forzadas por la necesidad (Naredo, 2006:157)
Claro que es difícil separar la
economía de la vida, al fin y al cabo aquella es un subsistema de la biosfera,
como propone la economía ecológica.
Manfred Max- Neef (1994:42)
establece la pedagógica distinción entre necesidades y satisfactores. Las
primeras “finitas, pocas y clasificables… son las mismas en todas las culturas y
en todos los periodos históricos”, lo que cambia, lo que está culturalmente
determinado son los segundos, los satisfactores de esas necesidades, que son
las maneras y medios utilizados para subvenir esas necesidades humanas
fundamentales. Con matices (Sempere: 16), coinciden estas propuestas con las de
este autor arriba consignadas.
Es ilustrativa la tabla que
Max-Neef propone, cruzando necesidades existenciales y axiológicas, que dan
lugar a la matriz de satisfactores siguiente:
Fuente: Max-Neef (1994: 58-59)
(Nota: lo subrayado es
inmaterial)
Esta matriz nos revela la
cantidad de satisfactores (medios) que podemos usar para satisfacer nuestras
múltiples necesidades y cómo la mayoría están fuera del mercado o de la
economía entendida sólo en sentido material.
Del tiempo
La satisfacción de las
necesidades implican trabajo y éste implica tiempo. Y el tiempo es un límite
absoluto para el conjunto de actividades humanas. Su distribución a lo largo de
un día es un juego de suma cero, lo que dedicamos a una actividad lo sustraemos
de otra.
Una distinción que nos
permitirá avanzar en nuestra indagación, es aquella que reestablece entre el
tiempo de trabajo socialmente necesario para satisfacer necesidades y el tiempo
excedente. El tiempo necesario incluye no solo el trabajo remunerado sino
también el tiempo de trabajo doméstico y de cuidados, casi no remunerado.
Una enfermedad de nuestro
tiempo es la falta de tiempo. Del lado del trabajo necesario, por la centralidad
del trabajo asalariado (con el trabajo sombra asociado) y el empuje del sistema
al consumo despilfarrador, y del lado del tiempo excedente por el predominio
del ocio mercantilizado y pasivo.
Una breve historia del tiempo
de trabajo nos llevaría desde las dos horas diarias dedicadas a la agricultura
de subsistencia de los Papous Kapauku de Nueva Guinea, a las 20 semanales del siglo
XVIII, a las dos o tres de los campesinos rusos antes de la Revolución de
Octubre, a las más de 18 diarias en los inicios de la revolución industrial-
incluyendo niños-, a las 48 conquistadas después de 1920, para luego con el
fordismo aumentar la intensidad del trabajo.
Después de 1945, en EEUU, se ha
revertido la tendencia y a finales de los ochenta en este país trabajaban 320
horas más al año que en Alemania o Francia. La petición, de momento frustrada,
de elevar el horario en la UE hasta las 65 horas semanales marcan las
tendencias de nuestro tiempo (Latouche, 2008: 86; Sempere, 2009: 56;
Teitelbaum, 2010: 99-100).
Como señalaba Georgescu-Roegen
(1996: 314) “uno de los secretos por los que las economías avanzadas han
conseguido su espectacular desarrollo económico es una larga jornada laboral”
En cuanto al denominado tiempo
excedente, también solemos conocerlo como tiempo de ocio. El ocio tiene un
doble estatuto en cuanto a su consideración: o es denostado como fuente de todos
los vicios o es tenido como fuente de sabiduría. “Si el ocio es vulgar trae
denuesto; pero si es philosófico, loase” (Corominas, 1993, Tomo IV: 262)
Bajo el capitalismo, éste
desarrolla una elaborada estrategia para secuestrar el tiempo de la gente fuera
del trabajo propiamente dicho. Es el capitalismo cultural que lucha por ocupar
el máximo de tiempo posible de conciencia de cada individuo con contenidos
prefabricados. Por ejemplo, en España en el año 2000, la media de horas viendo
la televisión era de tres y media al día; en el caso del Japón eran más de ocho
y más de siete en EEUU.
Por otra parte, “la
concentración oligopólica de los medios de comunicación de masas y de los productos
del entretenimiento está en su apogeo. Grandes empresas tienen el control
mundial de casi todos estos productos, entre ellas General Eletric, AOL,
Time-Warner, AT&T, Viacom,
Walt Disney, News Corp,
Bertelsmann, Sony y Liberty Media Corp, que dictan a los seres humanos cómo
deben pensar, qué deben consumir, cómo deben utilizar su tiempo libre”
(Teitelbaum, 2010:117). El Gran Hermano ya operativo. El capital, pues, ha
conseguido en menos de medio siglo colonizar el tiempo de ocio de una gran
parte de la población.
Tiempo para la vida
Se trataría de luchar por el
tiempo de nuestra vida en las dos dimensiones que hemos analizado, en el
trabajo y en el ocio, en un “combate cultural y político por convertir el
“tiempo libre” de la industria del ocio en verdadero tiempo liberado, y el
tiempo enajenado del trabajo asalariado en tiempo con sentido (Riechmann, 2003:
48).
En este combate podemos echar
mano de tendencias antropológicas sustantivas que operan en el sentido
propuesto. Nos referimos al sentido lúdico de la existencia y a la fiesta. Es necesario
acudir a dos textos clásicos para referirnos a estos dos temas: “el “Homo
ludens” de
Huizinga y la “Cultura popular
en la Edad Media y en el Renacimiento” de Mijail Bajtin.
Huizinga muestra cómo el juego
existe previamente a la cultura y la acompaña y penetra desde su comienzo a su
extinción. Responde al carácter supralógico de nuestra situación en el cosmos.
Es una suspensión temporal de la vida ordinaria, una actividad libre,
superflua, sometida a reglas, en su expresión más desarrollada, impregnada de
ritmo y armonía y que se
agota en sí mismo. Es una de
esas actividades llamadas autotélicas, como la experiencia poética o el
disfrute emocional de estar con los amigos. De ellas nos dice Riechmann (2003:
50) que “son unas de las
principales fuentes de sentido para la xistencia humana”.
Bajtin nos deja perplejos al
examinar cómo el pueblo en la Edad Media y en el Renacimiento se defendía de la
opresión y de la jerarquía. Afirma que “a diferencia de la fiesta oficial, el carnaval
era el triunfo de una especie de liberación transitoria, la abolición
provisional de las
relaciones jerárquicas,
privilegios, reglas y tabúes (…) que adoptaba la forma de una segunda vida del
pueblo, que temporalmente penetraba en el reino utópico de la universalidad, de
la libertad, de la igualdad y de la abundancia (…) Esta segunda vida (basada en
el principio de la risa) le permitía establecer nuevas relaciones,
verdaderamente humanas con sus
semejantes (…) de aquí que
todos los símbolos de la legua carnavalesca estén impregnados del lirismo de
sucesión y renovación, de la gozosa comprensión de la relatividad de las verdades
y autoridades dominantes” (p.15 y 16).
Las festividades, concluye “son
una forma primordial determinante de la civilización humana”.
No en vano, en las grandes
ciudades, las celebraciones carnavalescas llegaban a durar tres meses por año,
y no en vano también la literatura cómica medieval se desarrollo durante más de
un milenio.
Lafargue, yerno de Marx , en su
“Derecho a la pereza” lanza la consiga que sigue siendo de actualidad: trabajar
tres horas al día y producir en ese tiempo lo necesario, no lo superfluo.
Keynes, cincuenta años después,
realiza la misma propuesta. Y ya hemos visto, el sistema propone más de diez
horas al día.
Reparto del tiempo de trabajo
¿Es posible el pleno empleo
remunerado con los horarios actuales?
La búsqueda de pleno empleo es
hoy día un oxímoron. En efecto, si la productividad aumenta un 2%, para
mantener el empleo se necesita un crecimiento del orden del 2,5% anual. La carrera
hacia el pleno empleo en las actuales condiciones de reparto del tiempo de
trabajo, con
productividad creciente, exigen
un crecimiento exponencial e, igualmente, la maximización del beneficio exige
también ese crecimiento exponencial.
Pero en un mundo lleno, en el
que ya hemos sobrepasado la capacidad de carga del planeta,un crecimiento
exponencial es imposible a largo plazo, y a corto plazo solo es posible para unos
cuantos y a costa de las capacidades del planeta para mantener a las siguientes
generaciones. Se dice, con razón, que extender los modos de vida de un
americano medio al
resto de los habitantes es un
imposible, estallaría el mundo.
“No se trata de recuperar el
pleno empleo porque este nunca ha existido, sino que se ha basado siempre en
exclusiones múltiples: la apropiación de los trabajos gratuitos de las mujeres,
el expolio de la naturaleza y la explotación de los países no occidentales”
(Amaia Pérez, 2005: 28)
De aquí se desprenden dos
conclusiones:
Una, que el pleno empleo sólo
es posible con un reparto del tiempo de trabajo, en un contexto de decrecimiento
de materiales, energía y contaminación y en deshacer la ecuación de trabajo igual
a empleo, es decir en no seguir invisibilizando el trabajo no remunerado de
cuidados en manos, mayormente, de las mujeres.
La segunda es que para que ese
empleo sea de calidad, como se propone, es necesario atender a las
observaciones que la economista Joan Robinson (1976) nos daba hace ya unas décadas;
ella nos advertía que:
“El éxito económico nacional se
identifica con las estadísticas del Producto Nacional Bruto (PIB). Nadie se
cuestiona acerca del contenido de la producción. El éxito del capitalismo durante
los últimos veinticinco años ha estado fuertemente ligado a la carrera de
armamentos y al comercio de armas (para no mencionar las guerras en que han
sido utilizadas); los gobiernos capitalistas no han logrado superar la pobreza
en sus propios países, y tampoco se han visto acompañados del éxito a la hora
de ayudar (por llamar de algún modo) a promocionar el desarrollo del Tercer
Mundo. Se nos dice ahora que ese capitalismo está en camino de hacer el planeta
inhabitable, incluso en tiempo de paz”.
En una sociedad del
decrecimiento hay que repartir el tiempo dedicado al trabajosocialmente
necesario que proporcionan valores de uso, incluidos los trabajos de cuidados,
en condiciones de calidad laboral y democracia en la empresa. Y aquellos
trabajos necesarios con dosis aún de penosidad y alienación (de ahí la
etimología latina del trabajo como tripalium,
instrumento de tortura con tres
palos) hay que también repartirlos equitativamente (ver Naredo y Riechmann,
Papeles…)
Como resume muy bien Carlos
Taibo (2009: 60) “el decrecimiento que defendemos tiene por fuerza que reducir
la oferta de empleos en la economía competitiva, como tiene la necesidad de
redistribuir aquellos y de trabajar menos horas. En paralelo habrán de aumentar
las actividades vinculadas con las economías domésticas, con la educación y con
el trabajo voluntario”
Y Stuart Mill, cien años ha,
profetizó: “hay que subrayar que un estado estacionario no significa el
estancamiento del mejoramiento humano. Habría más campo que antes para el mejoramiento
del arte del vivir cuando las mentes se liberen del dominio del avance
material”
Sentido del tiempo de ocio
Y esto nos lleva al otro
tiempo, al que hemos llamado excedente o tiempo de ocio. El término “ocio”
tiene una raíz etimológica griega muy interesante.
“Ocio” viene del griego s....,
skhole, de ahí la palabra “escuela”. Para los griegos el saber y la ciencia no
han nacido en la escuela tal como
ahora se entiende, sino que era
fruto de su ocio, de su tiempo libre, que era aquel en que no estaba reclamado
por sus actividades públicas, por la guerra o por el culto.
Alfabeto griego arcaico
De principio a fin de este
artículo hemos ido llenando de sentido y de fundamentación al tiempo libre o de
ocio para esta sociedad que reclamamos del decrecimiento: compartir, legar, consolar,
condolerse y tener esperanza: Y también de “tiempo”, es decir de trasvase de
cantidades de tiempo de trabajo
al tiempo libre de él.
Santiago Alba (2010: 70), en
los tiempos que corren, se permite hacer un elogio del aburrimiento. Dice: “el
capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento”,
porque hay dos formas de impedir pensar, la una trabajar sin descanso y la otra
divertirse sin parar. Como afirma Leopardi “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría”.
Nada más revolucionario que esta imagen del no hacer nada frente a la realidad
que las multinacionales se esfuerzan en crear: la del consumidor
permanentemente insatisfecho. Hay que recordar aquel afán de un directivo de la
General Motors que propugnaba que “la clave de la prosperidad económica
consiste en la creación organizada de un entimiento de insatisfacción”; el
resultado de esta filosofía ha sido que este gigante ha tenido que ser nacionalizado.
Este tiempo liberado, este
tiempo de ocio, podemos también “llenarlo” de múltiples actividades necesarias
para el sostenimiento de la vida y para llevar una vida digna, fuera del
mercado y fuera de un consumo creciente de materia y energía. La matriz de
Max-Neef arriba consignada es muy ilustrativa de la cantidad de satisfactores
inmateriales a los que “necesitamos” acceder para subvenir nuestras necesidades
fundamentales.
En un contexto de
decrecimiento, podemos resumir como sigue los tiempos alternativos, los otros
tiempos para la vida:
-Tiempos para la soledad, el
aburrimiento y el pensar. Lleva razón Pascal al afirmar que “he descubierto que
toda la desdicha de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber
permanecer en reposo, dentro de una habitación”. Ninguna receta mejor que ésta
para ser más felices sin consumir. Cada cual tiene que poder llegar a habitar
con contento su
respectiva “habitación de
Pascal”. Sería como el tiempo para perder el tiempo.
-Tiempo para la democracia. Es
evidente que si queremos una democracia participativa desde la empresa a la
vida propiamente política, hemos de dedicar tiempo a deliberar, a discutir, a aproximar,
a reunirnos con frecuencia y a hacer una pedagogía de asamblearismo respetuoso.
El socialismo cuesta demasiadas tardes libres, se quejaba Oscar Wilde; por eso
la democracia exige tiempo y aprendizaje. Y no supone más que un poco de
consumo de materia gris y atención. El activismo ha de ser ilustrado.
-Tiempo para los encuentros y
las relaciones. Somos seres sociales y anhelamos la compañía, de ahí también la
dificultad de la necesaria soledad de vez en cuando. Como nos recuerda Maturana
"los seres humanos modernos somos animales sensuales. Nos acariciamos
tocándonos con palabras, y disfrutamos de la cercanía y el contacto
corporal".
Tiempo, pues, para la familia,
los amigos y el amor.
Como relataba en mi libro “ Un
librero en apuros” (2004: 108), “Si uno va a Granada y visita El Bañuelo
-antiguos baños árabes, en la carrera del Darro -al llegar a una estancia de la
derecha, oirá decir a la guía que ´éste era el lugar de reunión, perdón el
lugar de encuentro´.
Ya en el siglo XI distinguían
muy bien los cruces esporádicos de los convenidos, y en estos contactos
imprevistos, pero buscados, se hablaría de lo divino y de lo humano”.
-Tiempo para el juego, la
fiesta y todas los demás actividades autotélicas, que como hemos visto
responden a invariantes antropológicas que quizá den sentido a la vida y hagan más
soportable nuestra finitud y contingencia.
-Tiempo para sentirnos seres
vivos y hacer la inmersión mística en nuestra condición gaiana. Tiempo de gozar
de la naturaleza y de la poesía, que solo exigen unas buenas botas y unos oídos
atentos.
-Tiempo para la autoproducción,
la artesanía y el bricolaje, como actividades que nos hacen menos dependientes,
más creativos y que nos permiten valorar los trabajos ajenos.
-Tiempo para la belleza y la
sabiduría. Siguiendo la lectura que hace Castoriadis (1988: 130) de la oración
fúnebre de Pericles, el ciudadano ateniense existe y vive la unidad de tres elementos:
el amor y la práctica de la belleza, el amor y la práctica de la sabiduría y la
responsabilidad del bien
público, de la polis. “Los griegos, nos dice, son para nosotros un germen que
nunca dejaron de reflexionar sobre la cuestión de saber qué debe realizar la institución
de la sociedad”.
-Tiempo para la rebelión y la
disidencia, para imaginar y luchar por un mundo nuevo, otro mundo posible
dentro de este mundo terrenal
Aunque hemos reclamado el
aburrimiento para oponerlo al capitalismo y como ocasión para el pensamiento y
la sabiduría, tenemos tantas actividades pendientes, fuera del mercado y de la crematística,
como para no aburrirnos, en un contexto que además es de decrecimiento. Pero
necesariamente hemos de superar
el imaginario productivista y consumista en el que muchos andamos enredados.
“Tenemos derecho a decir que,
en las circunstancias presentes, un plan de demolición sostenible (o de
decrecimiento acelerado) supondría un gran progreso para el género humano”
(Alba y Fernández: 169) Fuera del capitalismo nos
espera el tiempo para la vida
Un buen remate de todo lo que
hemos pretendido comunicar sería leer el capítulo XXXI del libro de Lao Zi
(1981: 63), que nos dice así:
Las palabras verdaderas no son
agradables,
las palabras agradables no son
verdaderas.
El saber no es la erudición,
el erudito nada sabe.
El bien no es lo mucho,
lo mucho no es bueno.
El sabio no acumula;
obrando para los otros,
tiene cada vez más;
dando a los demás,
posee más cada vez.
Es propio del dao del cielo,
beneficiar y no causar daño;
Es propio del dao del hombre,
actuar y no luchar.
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Paco Puche es librero jubilado,
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octubre 2014
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