dilluns, 11 de juliol de 2016

Polémica en torno a los transgénicos y la nutrición humana

Copiem dos articles, el primer de Jorge Riechmann i el segon de Manolñis Kogeminas publicats a Viento Sur i a   respectivament, rederents a la carta de 100 premis Novel en contra de Greenpeace

¿Es oro todo lo que reluce en el arroz dorado?

07/07/2016 | Jorge Riechmann

La complejidad de la alimentación humana en un mundo rasgado por la fractura Norte-Sur, dominado por megacorporaciones y enfrentado a una crisis socioecológica global se pone de manifiesto en el caso del “arroz dorado”, una variedad de arroz transgénico creado por investigadores suizos que contiene cierta dosis de betacaroteno (sustancia precursora de la vitamina A). De entrada, hay que reconocer que con esta planta estamos en un terreno de discusión distinto al de otras variedades transgénicas resistentes a herbicidas o productoras de toxinas insecticidas: aquí cabe debatir sobre un auténtico beneficio potencial para gentes desfavorecidas. En efecto, muchos millones de personas en todo el mundo no ingieren suficiente vitamina A (en un contexto general en el que el 40% de la población mundial, al menos, padece deficiencia en micronutrientes); según la OMS, para 2’8 millones de niños menores de cinco años la falta de vitamina A es tan grave que produce ceguera.
¿Podría este arroz enriquecido ser una solución? La industria biotecnológica emprendió ya hace lustros una intensa campaña de public relations para convencer al mundo de que sí, y de que por fin llegan los cultivos transgénicos “buenos”. Es cierto que desde el año 2000 “ el arroz dorado ha funcionado como pararrayos en la batalla en torno a los cultivos transgénicos”. Para la industria se trataba sobre todo de una escaramuza de contención de daños que se jugaba en el plano de la aceptabilidad política. No es la primera vez que llaman “asesinos” a los colectivos ciudadanos y ecologistas que se oponen a los cultivos y alimentos transgénicos, pero en esta ocasión el grito ha resultado especialmente estridente: una carta firmada por más de cien premios Nobel que ha sido ampliamente publicitada en el mundo entero.
Sin embargo, e incluso dejando de lado los posibles riesgos ecológicos (aún no investigados), y las incertidumbres sobre si el betacaroteno del “arroz dorado” podrá ser asimilado fácilmente por las personas (especialmente por los niños desnutridos a quienes se supone va dirigido), y si podrán ser transferidos los nuevos e inestables constructos genéticos a las variedades de arroz empleadas en los países pobres, y si las más de setenta patentes sobre pasos del proceso propiedad de multinacionales no supondrán en algún momento obstáculos insalvables para que las semillas estén a disposición de los más pobres, incluso dejando de lado todo eso –que ya es dejar de lado-, las cosas están lejos de ser sencillas. ¿Por qué padece la gente en muchos países malnutrición, con carencias de vitamina A, C, D, hierro, yodo, zinc, selenio, calcio, riboflavina y otros micronutrientes? A causa de las dietas empobrecidas típicas de la agricultura de la “revolución verde”, que ha llevado a que hoy más de dos mil millones de personas tengan una alimentación menos diversificada que hace cuarenta años.
Por ejemplo, una investigación en granjas de Corea del Sur mostró que sólo en el período 1985-1993 se perdió el 25% de las variedades cultivadas en ellas, con el consiguiente empobrecimiento de la dieta. En Filipinas, Bangladesh y otros países se ha observado una mengua constante del consumo por persona de frutas y verduras. La pauta que aparece con la “revolución verde” es pérdida de calidad nutricional a cambio del aumento de cantidad y el incremento de desigualdad con las consiguientes carencias de micronutrientes. Por eso, apostar por una “nueva revolución verde” basada en plantas transgénicas no parece una buena solución al problema:
· la erosión genética y la pérdida de biodiversidad que conduce a la malnutrición continuarán;
· “enriquecer” las variedades transgénicas con uno o dos micronutrientes no resolverá por lo general el problema, ya que las carencias habitualmente son múltiples y cruzadas;
· las fuentes naturales de vitamina A abundan incluso en los países más castigados con esta carencia, lo que remite a soluciones más “culturales” que a cambios tecnológicos;
· sin abordar directamente el problema de la pobreza, lo poco ganado en un terreno se manifestará previsiblemente como nuevo problema en otro.
Se diría que un enfoque racional del problema lleva a aumentar la biodiversidad en los cultivos y la variedad en las dietas, más que a fiar en las seductoras promesas del “arroz dorado”. De hecho, un importante programa internacional se orienta a introducir entre los campesinos del África subsahariana –donde cientos de miles de niños menores de 5 años padecen ceguera por deficiencia en vitamina A— variedades de boniatos adaptadas al clima y los gustos culinarios africanos. Los boniatos son ricos en betacaroteno, y sólo con incorporar pequeñas porciones de estas nuevas variedades a la dieta africana habitual se eliminan las deficiencias en vitamina A. A menudo las soluciones más sencillas son preferibles a la agricultura high-tech: en esto, una noción clave es la de resiliencia.
Indicaba con sensatez Pedro Prieto en alguna ocasión que “si en algún momento nuestra orgullosa civilización colapsase (debería decir con más seguridad: cuando nuestra civilización actual inevitablemente colapse) los productos transgénicos que ahora se hacen prevalecer frente a las variedades tradicionales, sin el apoyo de la agroindustria, terminarán perdiendo la batalla de la supervivencia frente a éstas. Las vacas cuyos vientres llegan al suelo para optimizar la producción de carne caerán, frente a las reses bravas si quedan o las de alta montaña. Lo mismo para todas o prácticamente todas las especies vegetales amañadas por aprendices de brujo de universidades, laboratorios y centros de investigación de grandes corporaciones, que no podrán ganar la batalla a campo abierto de las especies cuyo experto manipulador ha sido la naturaleza durante milenios”. Un sistema agroalimentario demencialmente dependiente de los combustibles fósiles ¿puede ser considerado viable en la era del peak oil? ¿Una elemental sensatez no aconseja más bien orientarse hacia la agroecología, la producción local, la soberanía alimentaria –en definitiva, la resiliencia en el terreno de los productos del campo?
En las turbulencias del Siglo de la Gran Prueba, poner nuestra alimentación bajo el control oligopólico de megaempresas es todo menos una buena idea. En el mundo de calentamiento global, descenso energético y conflicto humano acrecentado que es nuestro mundo real del siglo XXI –no el fantaseado en ensoñaciones tecnolátricas-, nada más disfuncional que el capitalismo. Cuanto más tardemos en entenderlo y en poner fuera de juego a las elites nihilistas que están al mando, peor será el desastre.
04/07/2016
* Jorge Riechrmann e profesor titular de filosofía moral en la UAM . Desde 2013 coordina el Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas.
http://www.eldiario.es/ultima-llamada/Transgenicos-Greenpeace-Nobel_6_533756656.html 

 Acusar a Greenpeace de “crimen contra la humanidad” es ridículo (y peligroso)








En una carta publicada hace unos días, más de 100 premios Nobel critican a Greenpeace por su postura contra el uso de organismos modificados genéticamente (OGM) y específicamente por su posición crítica contra la eficiencia del arroz dorado como recurso para atajar la deficiencia de vitamina A. En su documento usan un lenguaje particularmente duro, llegando a acusar a la ONG de “crimen contra la humanidad”. Es indiscutible que los nobeles son personas sumamente capacitadas que han ayudado a la humanidad por medio de su ciencia. Sin embargo, ello no los convierte necesariamente en personas especialmente sensibles, bien informadas o suficientemente críticas como para abordar asuntos tan complejos como la malnutrición humana o el desarrollo sostenible.
Existen pruebas abundantes sobre los efectos potenciales del uso de los organismos modificados genéticamente sobre el medio ambiente. Está bien documentado que es frecuente la contaminación involuntaria del genoma de especies silvestres (por ejemplo, CN Stewart y col, Transgene introgression from genetically modified crops to their wild relatives Nature Rev Genetics, 2003), aunque los efectos a largo plazo de dicha contaminación no son siempre obvios. Por otra parte, los indicios sobre los efectos directos de los OGM sobre la salud humana son, en efecto, muy limitadas o inexistentes. Esta carencia de pruebas en humanos podría ser debida, en parte, a la falta de estudios que examinen los potenciales efectos sobre la salud con el transcurso del tiempo. En realidad es muy difícil hacer predicciones a largo plazo y a gran escala de los efectos potenciales de los OGM sobre el medio ambiente y la salud humana (D Caruso, Intervention: Confronting the Real Risks of Genetic Engineering and Life on a Biotech Planet, Hybrid Vigor Institute, 2006).





Es muy difícil hacer predicciones a largo plazo y a gran escala de los efectos potenciales de los OGM sobre el medio ambiente y la salud humana

Desde este punto de vista, la posición global adoptada por Greenpeace contra el uso de biotecnología moderna parece obsoleta. Por otra parte, aceptar de manera acrítica –como creo que están haciendo los premios Nobel- argumentos propuestos principalmente por la industria agroalimentaria sobre los beneficios de las nuevas tecnologías y de soluciones que no han demostrado ser ni sostenibles ni efectivas tampoco parece la más sabia de las aproximaciones. Por ejemplo los beneficios de la aplicación de cultivos OGM en la agricultura de pequeña escala que proporciona la inmensa mayoría de productos alimentarios en Asia o África no se ha comprobado nunca (no me refiero aquí a productos como el algodón). Agencias especializadas de la ONU como el International Fund for Agricultural Development (IFAD) u otras instituciones independientes no se cansan de repetir que las nuevas tecnologías, por sí mismas, no son suficientes para lograr el desarrollo rural sostenible y la eliminación de la pobreza rural, y que no existe una solución única o mágica para solucionar problemas complejos como la malnutrición.
Acusar de “crimen contra la humanidad” a una organización que tiene un historial admirable en la defensa del medio ambiente en tiempos de cambios climáticos es indicativo de una visión sesgada de la realidad global. Ciertamente, debemos valorar las contribuciones científicas de los nobeles, pero ellos harían mejor en centrar sus críticas y acciones en prevenir las numerosas actividades que están produciendo la destrucción en masa del medio ambiente y la salud en nuestro planeta. Las posturas extremas, como la que han adoptado contra Greenpeace, no solo no ayudan, sino que además son peligrosas.
Manolis Kogevinas es doctor en Medicina, investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y presidente de la Sociedad Internacional de Epidemiología Ambiental (ISEE).

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