diumenge, 10 de juliol de 2016

Perderlo todo no le hará más feliz, le hará más pobre



Article publicat a El País

El decrecimiento positivo existe. Pero no tiene nada que ver con quedarse sin casa, sino con acumular otro tipo de bienes



Llegó la crisis. Arrasó. Los diarios se llenaron de gente que lo perdía todo: su hogar, su trabajo, su familia. Es imposible encontrar la felicidad en situaciones así. En tantos dramas que han sazonado los informativos cada día. Pero hay una tendencia al alza que aboga por aparcar un ritmo exhaustivo de trabajo para disfrutar del ocio por encima del dinero y las cosas materiales. No tiene nada que ver con quedarse sin nada. Se enmarca dentro del llamado decrecimiento, una corriente que abarca un cambio completo de paradigma en política, economía y sociedad. No se trata de convertirse en un asceta: los teóricos abogan por una prosperidad sostenible y un mejor uso de nuestro tiempo en el que el consumo no sea el elemento primordial. El objetivo es alcanzar la felicidad en armonía con el medio.
No es nada nuevo. Aunque ahora se encuentren historias de superación y autodescubrimiento basadas en la máxima del "dejar todo y largarse, ¡qué maravilla!" que cantaba Silvio Rodríguez, las teorías sobre las ventajas de abandonar lo superfluo existen desde hace tiempo. Antes, incluso, de que el pensador francés Serge Latouche las popularizara con la publicación del artículo La Décroissance a principios del siglo XX. Vienen desde el famoso libro/manual Walden, de Henry David Thoreau, que decía en 1854 cosas como estas:
"La mayoría de los hombres están tan preocupados por los cuidados fácticos y las tareas rudas pero superfluas de la vida que no puede recoger sus mejores frutos. El realidad, el hombre trabajador y esforzado carece de tiempo libre para desarrollar una vida cotidiana íntegra y propia, ni siquiera puede mantener las relaciones más viriles con otros hombres, pues su trabajo se depreciaría en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una máquina".
Cogiendo este testigo, la editorial Errata Naturae acaba de recuperar Un año en los bosques, una mezcla de diario personal y ensayo que publicó Sue Hubbell en la década de los setenta del pasado año. Esta escritora estadounidense (Michigan, 1935) abandonó su puesto de bibliotecaria con la idea de dedicarse a la apicultura en las montañas de Misuri. Así, apunta, tendría menos dinero, pero más tiempo libre y menos lastres por los que preocuparse. Sus ingresos, además, mermarían la cantidad de impuestos que se llevaba "un gobierno que amparaba la injustificada guerra de Vietnam".
¿Cómo le fue? "En realidad no dejé todo", aclara previamente Hubbell por correo electrónico, "sino que me llevé un conjunto de competencias y habilidades para confiar en mí misma y amar el lugar. Aunque supongo que abandonar un puesto de trabajo y demás me hace entrar, de cierta forma, en la categoría de persona arriesgada". Su paso por la naturaleza le enseñó a "observar cómo sobrevivían los animales en cada momento y a afilar su comprensión del medio", pero sobre todo le hizo gozar de grandes momentos de felicidad que detalla en el libro por medio de descripciones del paisaje o anécdotas cotidianas. "Nunca me he interesado por los dispositivos tecnológicos y no sé cómo se puede ser víctima de ese afán por consumir tanto", añade ante el interrogante de si merece la pena adquirir objetos materiales. "El mayor problema no es ese, sino que muchos seres humanos aún muestran intolerancia hacia el otro; son violentos, crueles y tratan de dañar a los de alrededor", sostiene.

Prosperidad frente a crecimiento

Coincide con ella Julio García Camarero. Este ingeniero técnico forestal lleva más de mil páginas teorizando sobre el daño del crecimiento disparatado, generador de "crisis terminal". El año pasado publicó un libro que calificaba al decrecimiento de "infeliz". "Hay dos decrecimientos opuestos y, para que no haya ambigüedad, es preciso ponerles apellidos. Uno es el infeliz, el del 99% de la población, ligado al crecimiento de una oligarquía, el otro 1% de población, y que proviene del paro, de los recortes para la mayoría, etcétera. Hay otro, muy diferente, que consiste en consumir menos, en un desarrollo más humano. Ese es el feliz", matiza.
"Hay quien confunde progreso con crecimiento, tanto en lo personal como en lo material. A mí me gusta hablar de prosperidad, que se ajusta más al verdadero progreso y no incluye la acumulación de bienes y la creación de pseudonecesidades", añade. "El decrecimiento feliz pasa por abastecerse de una agricultura ecológica, de despojarse del esclavismo y de alcanzar bienes de vida como el ocio o las relaciones de amistad", aduce quien, a sus 80 años, empeña su jubilación en asistir a asambleas de barrio, colaborar en huertos urbanos o visitar a hijos y nietos a bordo de coches compartidos.
"Hay quien confunde progreso con crecimiento, a mí me gusta hablar de 'prosperidad', que no incluye la acumulación de bienes y la creación de pseudonecesidades", García Camarero
Sus postulados, si echamos la vista atrás, se pueden adivinar entre las líneas del famoso Derecho a la pereza, de Paul Lafargue, que -desde su marcado activismo- asevera: "Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por él, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en un barco a la deriva".
Sus defensores consideran este decrecimiento algo imprescindible para el bienestar del planeta. Así lo plantea el veterinario y doctor en Administración de Empresas Gustavo Duch en su libro Lo que hay que tragar (Los libros del lince, 2010): "De alguna manera que a mí se me escapa, existe un pensamiento dominante que relaciona directamente crecimiento económico (más producción, más consumo) con desarrollo, con prosperidad e incluso llegan a considerarlo un remedio contra las desigualdades. El decrecimiento no es una propuesta que podamos o no adoptar, es una situación que tarde o temprano llegará y que debemos asumir. La crisis económica generalizada podría interpretarse como una primera señal del colapso o, por el contrario, si actuamos consecuentemente, podría convertirse en un punto de inflexión, en un momento de obligada reflexión y en una oportunidad histórica para anticiparse y evitar que el decrecimiento acabe constituyendo una pesada losa. Partiendo de esas premisas, las medidas frente a la crisis no se centrarían en el aumento de la productividad -receta que aplica la mayoría de los gobiernos- sino en analizar los modos de producción y hábitos de consumo".

Más tiempo es más riqueza

Se trata de pensar en un crecimiento sostenible que no se mida exclusivamente en cifras económicas y que nos ayude a vivir con tranquilidad, sin agobios y reforzando las aficiones de cada uno, en definitiva. Nada que ver con las frases positivas de gurús que perdieron todo y se han reencontrado gracias a la pobreza. "Ni siquiera los millonarios pueden comprar días de más de 24 horas. En ese sentido, el tiempo es muy democrático, porque entre amanecer y amanecer todos disponemos de la misma cantidad de horas, del mismo capital de tiempo. Y como todas las economías, la del tiempo es una economía política", analiza María Ángeles Durán, investigadora en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, en su estudio El valor del tiempo.
Se trata pues de poseer bienes relacionales, como recuerda en Menos es más (Los libros del lince, 2009) el divulgador francés Nicolas Ridoux. "El lugar esencial de nuestras vidas está ocupado por el consumo. El tiempo acumulado en nuestras decisiones de compra, de la gestión de las mismas y de sus consecuencias, es considerable, en detrimento del tiempo dedicado a una verdadera plenitud. El decrecimiento, por la humildad y la sobriedad que supone, podría aportar soluciones, a la vez colectivas e individuales, a los grandes desafíos de nuestra época, así como la alegría de vivir", sentencia.

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