dimarts, 23 de desembre de 2014

Surfistas sin olas: ¿ha muerto ahogada la socialdemocracia?

Article publicat a la revista  Sin Permiso 
Neal Lawson · · · · ·
 
14/12/14
 
¿Está ya muerta la socialdemocracia y, como el proverbial pollo sin cabeza, damos instintivamente vueltas al patio antes de derrumbarnos definitivamente? Si está viva la socialdemocracia, resulta difícil saber cómo o por qué. Examinemos las pruebas.  
No hay ningún partido socialdemócrata a la cabeza en ninguna parte del mundo. Desde luego, hay partidos en el gobierno – como es el caso en Dinamarca, Suecia, Alemania y Francia, por sí mismos o formando parte de una coalición – pero esto sucede por accidente o tiende a ser resultado de los fallos de la derecha. Y en el poder, los socialdemócratas tienden a seguir las medidas de austeridad o de austeridad light. Ningún partido socialdemócrata posee un conjunto de ideas intelectuales y organizativas dotado de contundencia y seguridad que  impulse un proyecto político alternativo. El futuro parece increíblemente sombrío. ¿Por qué?
No es difícil descubrir las razones. La socialdemocracia es una creación del siglo XIX que logró algunos éxitos en el siglo XX, pero está irremediablemente mal preparada para el XXI. Esto se debe a que han desaparecido todas las fuerzas que antaño hicieron fuertes a los socialdemócratas. La experiencia colectiva de la guerra, la existencia de una clase trabajadora unificada, organizada y aparentemente en crecimiento, la inquietante presencia de la Unión Soviética – una amenazadora alternativa al libre mercado que obligaba a grandes concesiones a los patronos que temían que se produjeran revoluciones en Occidente – todo ello se combinaba para garantizar que el capitalismo llegara temporalmente a compromisos históricos con los partidos socialdemócratas.
A toro pasado, esta ‘época dorada’ debería contemplarse como una incidencia pasajera, pero los socialdemócratas han seguido confundiéndola con la norma. Agravan luego este error con efectos demoledores. Al haber perdido sus fuentes externas de poder, se centran casi enteramente en elegir a los ‘líderes adecuados’ que, creen ellos, restablecerán la ‘era dorada’ desde arriba. Se trata de una política tecnocrática carente de movimientos, de toda comprensión del contexto histórico o de la geopolítica que configura la acciones cotidianas tanto de los políticos como de la gente. Los socialdemócratas son surfistas sin olas.
Pero el tiempo no se ha quedado quieto. Los respaldos de la socialdemocracia en el siglo XX no sólo se han evaporado sino que han sido reemplazados por otras fuerzas hostiles. La globalización y la individualización actúan como tenazas que restringen aún más las posibilidades de cualquier renovación socialdemócrata. La globalización – la fuga del capital y la presión a la baja sobre los impuestos y regulaciones que fomenta – señala la sentencia de muerte del socialismo en un solo país. Entretanto, el individualismo y la cultura del turboconsumo hacen difícil la solidaridad social, por decir lo mínimo. En un mundo así, no solo hemos perdido, afortunadamente, el sentido de deferencia que hizo posible buena parte de la socialdemocracia paternalista sino que la buena vida se ha convertido en algo que ha de adquirir el consumidor solitario y no creado colectivamente por los ciudadanos. La inacabable formación y reforma de nuestras identidades por medio de un consumo competitivo destruye el tejido social mismo en el que tiene que enraizarse la socialdemocracia. Pareciera que hoy en día no hay alternativa.  .
La breve mejora de la suerte electoral de los socialdemócratas a mediados de los años 90 en torno a la Tercera Vía, el nuevo centro y elclintonismose consiguieron a costa de una mayor erosión de una base electoral a la que cada vez se ignoraba más. En la errada creencia de que no se podía ir a ningún otro sitio, su apoyo central se trocó por unos valores y una dependencia centrales de un disfuncional capitalismo financiarizado, lo cual acabó siendo espectacularmente contraproducente en 2008, pillándose los socialdemócratas los dedos en la caja neoliberal.
Esta crisis existencial de la socialdemocracia encuentra su expresión última en la crisis continuada del capitalismo. Si la meta histórica de la socialdemocracia consiste en humanizar el capitalismo, entonces la forma en que se han utilizado las finanzas públicas para rescatar a los bancos a expensas de aquellos que son víctimas del capitalismo demuestra la insuficiencia de la posición socialdemócrata.    
Allí donde la crisis ha golpeado con más dureza, han caído los socialdemócratas más abajo y más rápido. Hoy en día apenas existe el PASOK en Grecia. Al PSOE le va mal en España y le ha superado Podemos en las encuestas, ¡un partido que tiene menos de un año de vida! En Escocia, el laborismo se enfrenta a su substitución por los nacionalistas. En todos los demás lugares, los socialdemócratas forcejean mientras barren Europa el populismo y el ánimo antipolítico.
Todo esto resulta evidente. Pero los socialdemócratas parecen incapaces de hacer otra cosa que no sea encogerse de hombros y volver a las mismas ortodoxias. Se dan contra los bordes de los límites fiscales y regulatorios, pero nunca rompen con las constricciones del neoliberalismo. Actúan como si continuaran existiendo las mismas divisiones de clase, siguen dando por hecho su núcleo de votantes y se comportan como si el planeta no fuera finito. Rivalizan por llegar al poder, por empujar palancas que llevan mucho tiempo oxidadas y detenidas. El bagaje del pasado parece demasiado pesado para desprenderse de él. Adoptan la definición de Einstein de estupidez: hacer lo mismo una y otra vez y esperar un resultado distinto.  
Así pues, ¿qué hay que hacer? Los socialdemócratas van a tener que ser valientes – valientes de verdad – o arrostrar la irrelevancia en el mejor de los casos, o la extinción en el peor. Hay tres retos clave.  
El primer reto consiste en redefinir el significado de la buena sociedad. La socialdemocracia lleva centrada demasiado tiempo en lo material. Si, queremos una mayor igualdad, pero ¿significa eso cada vez más consumo en una carrera en la que no se puede vencer? Si el televisor de plasma de los trabajadores no puede ser lo bastante grande, entonces el capitalismo siempre gana. Sencillamente, la cinta del consumo competitivo socava cualquier esperanza de solidaridad social lo mismo que destroza el medio ambiente. En lugar de más cosas que no sabíamos que queríamos, pagadas con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no conocemos, los socialdemócratas van a tener que hablar más de otras cosas: más tiempo, más espacio público, aire limpio, comunidad y autonomía. Esto sugiere una política de límites al horario laboral, de democracia y propiedad en el puesto de trabajo, de renta básica y estrictos controles sobre las emisiones de carbono..
El segundo reto consiste en un desplazamiento radical en términos de internacionalismo. Si el capitalismo ha rebasado la nación, entonces la socialdemocracia no tiene otra opción que hacer lo propio. Tiene que regular y controlar los mercados allí donde dañen a la gente o el planeta. Sí, esto resulta difícil y, sí, significa entregar soberanía. Pero el poder es vacuo si se blande a escala nacional cuando las decisiones económicas se toman en otros países y en otros continentes. Esta política se iniciaría a escala europea en torno a cuestiones como un salario mínimo en todo el continente y la armonización de los tipos impositivos empresariales.  
El tercer desafío es cultural. Los socialdemócratas van a tener que dejarlo correr. No hay lugar para vanguardias elegidas, que hacen cosas por la gente y para sí mismos. Los socialdemócratas van a tener que descubrir su nueva ubicación como una de las fuentes tan solo de empoderamiento para los ciudadanos. En lugar de mover palancas políticas, la tarea consiste en crear plataformas para que la gente pueda cambiar las cosas colectivamente por sí misma. Se trata de un papel más humilde, pero esencial y enteramente posible en la sociedad en red en la que Internet se ha convertido en el nexo principal de la cultura humana. Los partidos tienen que abrirse y desplegarse. Tienen que verse a sí mismos como parte tan solo de alianzas mucho más amplias en favor del cambio, no como depósito único de todo el saber y la acción. Los partidos van a tener que volverse verdaderamente democráticos, restringiendo el poder y creando programas de colaboración en asuntos como energía, préstamos y nuevos medios de comunicación.
Estos desafíos son inmensos y la escala de la transformación enorme. Pensemos en el súbito hundimiento de Kodak y el ascenso de Instagram. ¿Se puede hacer frente a estos retos? Sencillamente, no lo sabemos. Lo que no debemos es subestimar nuestra capacidad de cambio. El declive no es inevitable. La energía está ahí, pero los socialdemócratas van a tener que descubrir nuevas formas de aprovecharla. Todo depende de las decisiones políticas que tomemos. Se puede construir una nueva alianza política entre los pobres en recursos y sus alter egos pobres en tiempo. Pero el reloj sigue su tic-tac y estamos advertidos. .
Neal Lawson (1963) es presidente de Compass, un grupo de presión progresista, y miembro de la consultora de comunicación Jericho Chambers. También pertenece a la junta de organizaciones como UK Feminista y We own it!. En los años 80 trabajó como investigador de los sindicatos y fue asesor de Gordon Brown. Colaborador regular del diario The Guardian y el semanario The New Statesman, es director de colaboraciones en la revista socialdemócrata Renewal y miembro asociado del Instituto Bauman de la Universidad de Leeds. Entre sus libros se cuentan título como Dare More Democracy, The Advertising Effect (con Zoe Gannon) y All Consuming, este último sobre los efectos sociales destructivos del consumismo.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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