dimarts, 26 d’abril de 2016

Renta básica y socialdemocracia



Article publicat a Sin Permiso 

Philippe van Parijs

17/04/2016

El enfoque de la renta básica resulta absolutamente esencial, pero no forma parte de la tradición socialdemócrata. Pensemos en ello. El consenso de postguerra se centraba en el programa de seguridad social, no se centraba en la renta básica. Ahora bien, o tenemos una renta básica que regule esta nueva sociedad o vamos a tener conflictos sociales de gran envergadura.— Yanis Varoufakis, The Economist, 31 de marzo de 2016
La idea de una renta básica incondicional está de moda. De Finlandia a Suiza, de San Francisco a Seúl, la gente habla de ella como nunca anteriormente. En dos ocasiones anteriores, la renta básica fue objeto de verdadero debate público, si bien de modo breve y limitado a un solo país cada vez. En ambos episodios, el centro izquierda desempeñó un papel central.

El primer debate tuvo lugar en Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial. Dennis Milner, cuáquero e ingeniero, logró que se debatiera su propuesta de “bono del Estado” en el congreso del Partido Laborista de 1920. Fue rechazada, pero destacados miembros del partido siguieron defendiéndola en los años siguientes con la etiqueta de “dividendo social”. Entre ellos estaba George Cole, economista de Oxford y teórico político, y el futuro Premio Nobel James Meade.

El segundo debate se produjo en los Estados Unidos a finales de los años 60 y principios de los 70. Otro futuro Premio Nobel, James Tobin, abogó por la introducción de una “demosubvención”, junto al economista de Harvard y autor de éxitos de ventas, John Kenneth Galbraith, también en la izquierda del Partido Demócrata. Convencido por ellos, el senador George McGovern incluyó la propuesta en su programa durante su campaña para su designación como candidato demócrata a la presidencia, pero la desechó en los últimos meses antes de las elecciones de 1972 que perdió frente a Richard Nixon.

El debate actual, bastante más prolongado y cada vez más global, tuvo su origen en Europa en los años 80. El interés por la renta básica surgió de modo más o menos simultáneo en varios países y propició la creación de una red (BIEN) que dispone ahora de ramas nacionales en todos los continentes. Esta vez, sin embargo, la izquierda socialdemócrata no está exactamente al frente, bastante menos que los verdes, por  ejemplo, o que algunos componentes de la derecha liberal y de la extrema izquierda.

Malentendidos corrientes

¿Qué hay en la renta básica que pueda disparar la suspicacia de los socialdemócratas y qué hay en ella que deba propiciar su entusiasmo? Con el fin de responder a estas cuestiones, es importante clarificar qué es y qué no es una renta básica.

Se puede decir que los programas de asistencia social son incondicionales en tres sentidos: las prestaciones se pagan en metálico, no son condicionales respecto al pago previo de contribuciones a la seguridad social, y no se restringen a ciudadanos del país en cuestión. Una renta básica es incondicional en tres sentidos adicionales. Es ciudadana, es decir, independiente de la situación doméstica de sus beneficiarios. Es universal, es decir, el derecho a la misma no depende del nivel de renta de otras fuentes. Y está libre de obligaciones, a saber, no se restringe a aquellos que trabajan o desean trabajar.

¿No es absurdo pagar a todos esa renta básica, incluyendo a los ricos? No lo es. La ausencia de una prueba de haberes no resulta mejor para los ricos. Es mejor para los pobres. Cierto, los ricos no necesitan una renta básica, igual que no necesitan que estén sin gravar o gravados con tipos bajos los tramos más bajos de su renta, como sucede con los sistemas fiscales de renta personal. Los que ganan mucho pagarán, por supuesto, su propia renta básica y parte de la renta básica pagada a otros. Una gran ventaja de una renta que se paga automáticamente a todos, independientemente de los ingresos, es que llega a los pobres de modo bastante más efectivo que un programa que evalúa los medios económicos, y sin estigmatizar. Otra es que les proporciona un suelo sobre el que sostenerse, dado que se puede combinar con emolumentos, más que una red en que la que pueden quedarse fácilmente enganchados porque se retira si la gente pobre empieza a tener ingresos.  

¿No resulta inaceptable substituir el derecho a un puesto de trabajo por el derecho a una renta? Una renta básica no hace nada por el estilo, al contrario. Proporciona una forma flexible, inteligente de compartir. A la gente que trabaja demasiado le hace más fácil reducir su horario de trabajo o tomarse una pausa en su carrera. Permite a quienes no tienen trabajo escoger el trabajo así liberado, tanto más fácilmente en la medida en que pueden hacerlo sobre la base de un tiempo parcial. Y el suelo firme que proporciona la renta básica permite un tránsito más fluido entre empleo, formación y familia, lo que debería reducir la aparición del agotamiento y la jubilación temprana, permitiendo que la gente extienda el empleo a una parte más prolongada de su vida. Tal como subrayan correctamente los socialdemócratas, el acceso al trabajo remunerado tiene importancia por razones que no se reducen a los ingresos que proporciona este trabajo. A quienes abogan por una renta básica sin la condición de un trabajo no les hace falta negar esto. Se da incluso por hecho entre los que se muestran seguros al respecto que una generosa renta básica incondicional sería sostenible; pese a una fiscalidad más elevada y a una opción más cómoda de no trabajar, asumen, la gente seguirá trabajando precisamente porque trabajar significa para ellos bastante más que sólo unos ingresos.

¿Fin del Estado del Bienestar?

¿No amenaza la introducción de una renta básica la existencia misma de nuestros estados del Bienestar? Por el contrario, viene en su auxilio. No hace falta decir que una renta básica no supone en modo alguno una alternativa a la educación y la atención sanitaria con fondos públicos. Tampoco está destinada a proveer un substituto pleno de las prestaciones de protección social ligadas a ingresos y financiadas con aportaciones de los trabajadores.  Considerando que cada uno de los miembros de una unidad familiar dispondrá, sin embargo, de su renta básica, los niveles de las prestaciones en metálico y la financiación que requieren pueden reducirse de manera correspondiente, las prestaciones pueden individualizarse y simplificarse, y menguará la envergadura de las trampas ligadas a las condiciones a que están sometidas. Ni siquiera a largo plazo puede esperarse tampoco que desaparezca la asistencia social. Debido a que es a la vez individual y universal, niveles sensatos de renta básica no nos permitirán deshacernos de complementos sometidos a evaluación de medios económicos para determinada gente en circunstancias concretas. Nuevamente, dado ese suelo incondicional, se reducirán las trampas, disminuirá el número de personas dependientes de estas prestaciones condicionales y se facilitará la importante labor de los trabajadores sociales. Hacer encajar un suelo incondicional en el Estado del Bienestar existente no desmantelará sino que fortalecerá debidamente nuestros programas de protección social y asistencia social.

Resulta cierto, no obstante, que una renta básica constituye un modelo de protección social fundamentalmente distinto de estos dos modelos actuales. Por consiguiente, se puede esperar que la gente más estrechamente comprometida con en el sistema prexistente se sienta cuestionada y ofrezca resistencia. Así sucedió en el siglo XVI, cuando la asistencia pública municipal desafió el monopolio de la caridad organizada por la Iglesia, y desde finales del siglo XIX, cuando los sistemas de protección de pensiones y salud pusieron en tela de juicio la posición de las instituciones de socorro a los pobres. No resulta inverosímil conjeturar que la falta de entusiasmo por la renta básica entre los socialdemócratas y en las organizaciones sindicales tiene algo que ver con el importante papel que han desempeñado en la iniciación, desarrollo y gestión de los programas de protección social que forman hoy el grueso de la mayoría de nuestros estados del Bienestar.

Esa resistencia resulta perfectamente comprensible, hasta loable: nuestros estados del Bienestar basados en la protección social suponen una inmensa diferencia en términos de justicia social y vale la pena, por tanto, defenderlos. Pero esto no exime a los socialdemócratas de tratar de poner al día su doctrina con el fin de arrostrar mejor las demandas de nuestro siglo: un siglo en el que tanto la deseabilidad y posibilidad de un crecimiento indefinido han perdido para bien el carácter obvio con el que contaban los socialdemócratas en el siglo anterior, un siglo en el que el trabajo asalariado a tiempo completo de por vida será sólo posible y deseable para una minoría, un siglo en el que la izquierda ya no puede ostentar el derecho a monopolizar el tema de la libertad.

El tercer modelo

Por lo que respecta a la protección social, esto requiere dejar espacio para un tercer modelo fundamentalmente distinto tanto del viejo modelo social asistencial — la caridad pública — como del modelo de protección social  — la solidaridad de los trabajadores — con el que la socialdemocracia ha estado estrechamente asociada y que se siente obligada a defender. Con el fin de ser de capaz de abordar los desafíos de hoy, la izquierda tendrá que pasar del “laborismo” al “socialismo”, como si dijéramos, deshaciéndose de una ilusión que ha estado en el centro de buena parte del pensamiento de la izquierda ya desde la teoría de la explotación de Marx. Tiene que reconocer plenamente que el grueso de nuestros ingresos reales no es fruto de los esfuerzos de los trabajadores de hoy (y no digamos de la abstinencia de los capitalistas de hoy) sino un obsequio de la naturaleza cada vez más combinado con la acumulación de capital, la innovación tecnológica y las mejoras institucionales heredadas del pasado. En una perspectiva “laborista”, los que tienen moralmente derecho a este obsequio — ya sea directamente en forma de salario o indirectamente en forma de prestaciones sociales a las que tienen derecho gracias a su trabajo — constituyen la presente generación de trabajadores, en proporción al valor de mercado de sus capacidades, la longitud de su horario laboral y su capacidad de negociación colectiva. En una perspectiva verdaderamente “socialista”, quienes tienen derecho a ese don son todos ellos miembros igualmente de la sociedad, hombres y mujeres, independientemente del grado de participación que tengan en empleo bien protegido a tiempo completo, y en trabajo remunerado de modo general.

Esta perspectiva más igualitaria, más emancipatoria, menos sesgada por lo masculino, entraña una fuerte presunción en favor de una renta básica incondicional. No es algo que debería amilanar a la izquierda. Es algo a lo que debería adherirse con entusiasmo. ¿Hay alguna indicación de que vaya a hacerlo? He aquí una. Andy Stern fue hasta hace poco presidente de Service Employees International Union [SIEU - Sindicato Internacional de Empleados de Servicios], con cerca de dos millones de afiliados uno de los mayores sindicatos de los EE.UU. El título de su nuevo libro habla por sí mismo: Raising the Floor: How a Universal Basic Income Can Renew Our Economy and Rebuild the American Dream [Elevar el suelo: cómo puede una Renta Básica renovar nuestra economía y reconstruir el sueño americano]  (New York, Public Affairs, de próxima aparición en junio de 2016).

es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Fundador de la Basic Income European (desde 2004 Earth) Network (BIEN). Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, Sociales y Políticas de la Universidad de Lovaina (UCL), en la que ha dirigido desde su creación en 1991 la Cátedra Hoover de Ética Social y Económica.

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