dimecres, 8 de maig de 2013

Economia sobre el pa, de Gustavo Duch

La soberania del pan 

Publicat al diari    El Periodico el 19/4/2013


Gustavo Duch

El viejo profesor sabía que era uno de sus últimos años de clase o quizá, con los recortes, el último. Como un karma repitió la clase que el primer día impartía al nuevo alumnado de primero de Ciencias Económicas.
«Chicas y chicos, van a escuchar y aprender muchos conceptos económicos, ratios y teorías entre estas cuatro paredes, pero ¿saben ustedes qué economía aprenderán? ¿Saben ustedes qué economía quieren defender o practicar? Porque como tres clases de pan que podemos llevarnos a la boca, existen tres clases de economías.
PRIMERO, una muy mala economía, indigesta y que más que dar de comer hace pasar hambre. Me refiero a aquellas actividades económicas que con los cereales que se cosecharán en algún rincón del mundo, no producen pan u otro alimento sino que simplemente los utilizan para especular con ellos en el llamado mercado de futuros, un terreno de juego, en Chicago o Nueva York, exclusivo para entidades financieras, banqueros y brokers. Se trata de una economía que cotiza con intangibles, que no tiene referencias reales, pero que, sin levadura, hace subir el precio del trigo (el pan) alocadamente, causando mucho daño a miles de personas que no podrán comprarlo. Con la misma receta, esta economía, te hornea una crisis alimentaria, una burbuja inmobiliaria o agranda las deudas soberanas. Es la economía capitalista que solo aspirar al lucro incesante sabiendo, pero sin importarle, que genera a su alrededor muchas y muy negativas repercusiones.
La segunda es una economía neutra, como la de aquella franquicia de panadería replicada por muchos barrios de la ciudad que se limita, en un proceso industrial y automatizado, a recoger las masas de pan congeladas que en una caja de cartón reciben cada mañana. Las hornean con poca atención y procuran vender cuantas más mejor. De nuevo en esta economía el objetivo único es el lucro con cualquier tipo de actividad que se desarrolle. Algunas consideraciones están presentes en todo el proceso (higiénicas, laborales) pero diría que básicamente se tienen en cuenta por la obligación de operar en la legalidad. Es una economía que en la boca tiene sabor a nada, que en el vientre no sienta mal, pero que en una noche se ha reblandecido y ya se puede tirar.
Por último nos queda la panadería artesanal autogestionada por una cooperativa de varias personas, que deciden democráticamente todas las cuestiones propias del proyecto, que no es hacer buen pan, sino que es hacer «del hacer buen pan» una actividad de transformación de la sociedad donde viven. Nada es imparcial. Se compra el trigo a las y los agricultores ecológicos más cercanos, pues estos en sus tareas agrícolas cuidan el medio ambiente, ofrecen un grano sano y custodian el paisaje; trabajan la harina manualmente para que sea más esponjosa y de mejor cocción, ofrecen más puestos de trabajo y más medios de vida; hornean la masa con leña que recogen en los montes comunales, limpiado así el bosque y previniendo incendios; y truecan o venden su pan ecológico en restaurantes de la zona, en cooperativas de consumo y en pequeñas tiendas de la comarca. Un trabajo en el que disfrutan y ponen amor, impulsan un tejido local económico y social que hace del territorio y sus gentes un espacio vivo -como su pan- más sustentable y reproducible. Es una economía social y solidaria que no mide en kilos de pan.
La primera economía debería de estar prohibida o erradicada, pero ni la clase política tiene valor ni la sociedad está suficientemente concienciada. La segunda, a día de hoy no sirve para nada, hay que abandonarla voluntariamente porque en este momento de crisis civilizatoria urge poner en práctica todas esas pequeñas economías cooperativas, reales, sabrosas, consistentes y artesanales, que reivindicando los viejos buenos valores de siempre (honestidad, solidaridad, alegría¿) saben hacer del pan que nos llevamos a la boca un alimento transformador».
ATENTO A propuestas que llegan de los movimientos sociales, el profesor lee en voz alta una definición más formal:
«La economía social y solidaria, frente a la lógica del capital, la mercantilización creciente de las esferas públicas y privadas y la búsqueda de máximo beneficio, persigue construir relaciones de producción, distribución, consumo y financiación basadas en la justicia, la cooperación, la reciprocidad, y la ayuda mutua».
Una vez finalizada la clase, frente a una comida de cátering en el comedor universitario, se rasca su canosa cabeza, refunfuñando. Tantos años de clases de economía y esa era la única transgresión al sistema que se atrevía a hacer, disimular pensamientos alternativos con aburridas metáforas de panadero. Mediocre, como el pan industrial.

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