dissabte, 8 d’agost de 2015

Una reflexión sobre las necesidades

Post publicat a    Carro de Combate

30 jul 2015

Publicamos hoy la segunda entrega de una serie de artículos teóricos sobre el consumo, desde la perspectiva de la Economía Social y Solidaria (ESS). Si el primer texto abordaba cómo la lógica consumista penetra las subjetividades, hoy abordamos la cuestión de las necesidades humanas, en tanto que, creemos nosotras, reflexionar sobre las necesidades implica romper con las subjetividades consumistas que crea y recrea el aparato ideológico del sistema capitalista.
MANOS
Algún día, los antropólogos estudiarán el misterio de cómo la ciencia económica, que se consolidó en el siglo XIX, sobrevivió al declive del enfoque positivista y, en pleno siglo XXI, sigue asentada en los mismos axiomas, por más que éstos no aguanten una mínima refutación científica: que el ser humano es un homo economicus guiado sólo por el egoísmo y la racionalidad instrumental; que las leyes del mercado son universales, como la gravedad, y no un invento humano que puede alterarse si cambian las instituciones y prácticas sociales; que sólo el crecimiento económico, medido con base en el Producto Interior Bruto (PIB) garantiza el bienestar de una nación, aunque las guerras y las muertes aumenten el PIB.
Todas estas ideas, pilares de la ciencia económica que no sólo se enseña en las universidades sino que guía nuestras vidas en sociedad en tiempos del capitalismo global, son en realidad argumentos ideológicos al servicio de unos intereses y un sistema de dominio, que no sólo nos condena a la desigualdad y la injusticia social, sino también al deterioro ambiental. Uno de esos axiomas es el que, dentro de ese ciclo económico de producción-circulación-distribución-consumo, identifica consumo con el acto de comprar, la adquisición como propiedad privada y exclusiva de un objeto material. De este modo, el término se disocia de la satisfacción de las necesidades. Un ejemplo: interpretamos que consumir es comprar comida en el supermercado; pero lo que satisface nuestra necesidad de alimento es comerla en casa, después de haberla cocinado. Extrañamente, el trabajo reproductivo que se realiza en los hogares, ese que de verdad resuelve nuestra necesidad de alimento, no tienen relevancia ninguna para la ciencia económica convencional ni para el sistema capitalista: el consumo termina en la caja del supermercado.
Economía es, según la definición sustantiva de Karl Polanyi, “un proceso instituido de interacción entre el hombre y su entorno, cuyo resultado es un continuo abastecimiento de medios materiales para satisfacer las necesidades”. Esta definición coloca en el centro la noción de necesidades, pero, ¿cuáles son? ¿Son infinitas y sujetas a los deseos individuales, como nos hace creer el sistema capitalista, ese mismo que nos seduce a través de la publicidad y el marketing? ¿No es justo y deseable que la sociedad garantice la satisfacción de un conjunto de necesidades básicas a todas y todos sus miembros?
El economista chileno Manfred Max-Neef arrojó luz sobre estas cuestiones al distinguir entre necesidades humanas, que son pocas y universales (Max-Neef las clasifica en nueve: subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, ocio, identidad y libertad), y satisfactores, que son infinitos y determinadas culturalmente. Los bienes materiales son un tipo de satisfactor, pero no el único; es más, algunos satisfactores pueden compartirse, o son sinérgicos, esto es, satisfacen varias necesidades a la vez. Contemplar un paisaje puede satisfacer las necesidades de recreo y ocio; hacerlo junto a alguien amado satisface, a la vez, las necesidades de afecto y, tal vez, protección e identidad. Y todo esto, sin “consumir” nada. Pero claro: entonces, no aumenta el PIB. No sufre el planeta, pero sí los mercados. Por eso el sistema capitalista requiere un aparato ideológico, con la publicidad al frente, que nos convenza de que nuestras necesidades de afecto, identidad, recreo o comprensión se resuelven consumiendo -es decir, comprando- ciertas mercancías.
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En el capitalismo, el consumo equivale a comprar, no a resolver necesidades. Al mercado nunca le importaron las necesidades humanas, sino la rentabilidad monetaria que genera el intercambio de mercancías. Sólo importa la demanda efectiva, esto es, la demanda de quienes pueden pagar esos productos. En el centro de la maquinaria está el objetivo supremo de la acumulación del capital, no de la reproducción de la vida humana. Por eso para la Economía Social y Solidaria (ESS), la noción de necesidades es una referencia básica para cuestionar el sistema capitalista: así, el economista argentino José Luis Coraggio propone una economía que tenga como objetivo la reproducción de la vida de todos y todas, y en que la sociedad decida democráticamente qué necesidades son legítimas y, por tanto, deben ser garantizadas a todos los miembros de esa sociedad. Un ejemplo: ¿es legítimo transportarse en automóvil, pese a que conlleve contaminación y colapse las ciudades? Más aún, ¿es posible que los siete mil millones de seres humanos utilizaran el automóvil como transporte? Y si la respuesta es no, ¿debería ser lícito? ¿podemos enarbolar el argumento de la libertad si se trata de un privilegio, pues no puede ser extensible a todos los miembros de la sociedad?
Se trata de cuestiones urgentes en un mundo en el que el 0,001% de la población (unas 111.000 personas) controlan 16,3 billones de dólares, una riqueza equivalente a la quinta parte del PIB mundial, según el informe Estado del Poder de TNI. La consolidación del neoliberalismo ha profundizado la desigualdad y el protagonismo creciente de grandes conglomerados transnacionales que, gracias a los avances de la automatización, la informática y la biotecnología, dependen cada vez menos del trabajo vivo -Marx llamó trabajo vivo al que realiza el trabajador en la fábrica, en oposición al trabajo muerto que está acumulado en las máquinas-. Aumenta así el número de excluidos, y crecen los working poor, esto es, personas que, aunque tienen trabajo -y a veces, agotadoras jornadas de 14 horas diarias, como sucede en el sextor textil-, ganan salarios tan bajos que no consiguen salir de la pobreza.
La pregunta es, ¿es esta la sociedad en la que queremos vivir? Si entendemos que es una falacia que las leyes del mercado sean inamovibles como la gravedad, entonces sabremos que basta con que así lo queramos para construir otros mundos posibles donde se coloque en el centro la vida y las necesidades humanas de alimento y abrigo, pero también de afecto, protección y comprensión.

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