diumenge, 28 de febrer de 2016

Paris 2015: el único margen, el estado de emergencia mundial

Publicat a Usted no se lo cree

FB_IMG_1435957882332Muchas personas conocedoras del problema climático saben, o intuyen, que la gravedad de la situación es muy superior, y sus consecuencias mucho peores, que lo que puede deducirse de las informaciones y humor de los medios de comunicación generalistas. Sospechan además, con fundamento, que el contenido de los informes del IPCC constituye una muestra de conservadurismo científico favorecido por la supuesta necesidad de no alarmar y presionado por la influencia del negacionismo organizado (1,2).
Pero pongámonos institucionales por un momento y examinemos qué opciones dice creer el “establishment” de la UNFCCC [United Nations Convention Framework on Climate Change] que le quedan a esta civilización global para evitar su propia autodestrucción por la vía climática. Partamos pues de los datos “oficiales” y veamos qué margen de maniobra ofrecerían si fueran ciertos.
La posición de partida, desde la cumbre de Durban de 2011 y cuyos orígenes se remontan nada menos que a la cumbre de Rio de 1992, sugiere que la temperatura media de la Tierra no debe ser superior en +2 °C al promedio preindustrial (3). Por su parte, los datos “oficiales”, sustanciados en los informes del IPCC,  asumen que, con el fin de jugar a alcanzar esta meta con el 66% de probabilidades (que corresponden al literal likely, según la terminología del IPCC), la cantidad máxima de CO2 vertido a la atmósfera entre 2011 y 2100 no debe ser superior a 1 Tt CO2 (1 teratonelada de CO2, o mil billones de kilos) (4). Esto lleva a que, para no superar este (supuesto) máximo permitido, sólo nos sea posible verter 650 Gt CO2 procedentes del sistema energético, a contar desde 2015, una vez descontadas las contribuciones de la deforestación y la industria del cemento (5). Esta es la situación de partida de la COP21.
A partir del último Informe de Síntesis del IPCC se ha calculado con todo rigor que intentar esto requiere nada menos que comenzar a reducir las emisiones inmediatamente (ya vamos tarde), que el ritmo de reducción sea ya del 10% anual en 2025 (!), y que ese ritmo de reducción del 10% sea mantenido durante 25 años, de forma sostenida (!!), de manera que las emisiones sean virtualmente cero en 2050. Todo ello en referencia solamente a las originadas en el sistema energético mundial, alimentación y transporte incluidos.
Eso es en promedio, de modo que los países más ricos o industrializados deberían hacer un esfuerzo todavía mayor, y no digamos aquellos individuos, comunidades o condominios con un nivel de vida superior al promedio de cada país. Todo ello siempre que estas contribuciones a la respuesta no tengan en cuenta las emisiones históricas, a saber, la responsabilidad real de cada uno al estropicio, también la del pasado. De ser así, muchos de nosotros tendríamos que estar ya en emisiones negativas.

¿Se puede?

Pero volvamos a la factibilidad global de la respuesta aparentemente necesaria. Reducir las emisiones un 10% anual, sólo del sistema energético, es una auténtica barbaridad. Reducciones de emisiones del orden del 5% sólo se han dado, en el pasado, en Francia entre 1980 y 1985, cuando sustituyó buena parte de la energía procedente del carbón por un parque nuclear monumental (6) – acción que ahora sabemos ya inútil por la llegada del pico del uranio (7).  En todo caso no supuso reducción alguna de la energía neta a disposición de la sociedad. O tras el colapso de la Unión Soviética durante unos cinco años, con las consabidas reducciones drásticas en la esperanza de vida de sus habitantes (8) o incluso de la vida animal (9) pues, entonces sí, la energía disponible se redujo en gran medida. También vieron reducido su aporte energético los países denominados “satélites”, por ejemplo Cuba o Corea del Norte, pero con resultado desigual – como veremos.

corporate cookbookLo cierto es que una reducción de esta magnitud, y sostenida durante tanto tiempo, si bien es técnicamente necesaria, produce un quebranto fundamental en toda sociedad que lo intente, sin que dispongamos – por ahora – de modelos de sociedades alternativas políticamente viables a gran escala. Por tanto, es de prever que eso no va a ocurrir, desde luego no voluntariamente. Es pues preciso explorar otras alternativas.
Si algo caracteriza el rumbo que ha tomado la modernidad es el imponente desarrollo de la tecnología. Así, muchas personas, y todos los organismos e instituciones, acuden a este terreno en busca de respuestas. Es bien legítimo sospechar que el recurso al mismo instrumento que ha causado el problema no vaya a hacer sino complicar las cosas todavía más. Pero también es posible explorar esta respuesta siempre que tengamos presente que, como decía el sabio, cuando sólo se tiene un martillo, todo parecen clavos. Veamos pues someramente qué puede aportarnos este camino.
Las respuestas tecnológicas que se manejan y las únicas que cuentan, al decir de algunos, con cierto grado de verosimilitud de cara al objetivo de los 2 °C, son básicamente dos: 1) la generación de energía a partir de la biomasa (árboles y plantas) con captación y almacenamiento del CO2 generado (geoingeniería light); y 2) la denominada “gestión de la radiación solar” (geoingeniería hard), emulando el efecto de apantallamiento de los aerosoles de azufre emitidos por las erupciones volcánicas, singularmente las explosivas. Examinémoslas someramente.

Quemar y enterrar biosfera

Si no deseamos emplear el resultado de un proceso digamos industrial (aunque realizado por la propia naturaleza) de concentración de energía procedente de la fotosíntesis del pasado, a saber, los combustibles fósiles, para no añadir más carbono a la atmósfera, podemos usar la capacidad de fotosíntesis del presente para absorber el carbono de la atmosfera actualmente en exceso, mediante los seres ahora vivos o todavía por nacer. Pero ahora con la condición de que el CO2 generado – inevitablemente – tras su incineración con fines energéticos sea confinado en algún sitio, en principio para toda la eternidad, un poco como ocurre con los residuos nucleares. Idealmente, lo mismo podríamos hacer con la combustión de cualquiera de los combustibles fósiles – carbón, petróleo o gas natural – con la única diferencia de que no estaríamos retirando previamente carbono de la atmósfera para después enterrarlo.
Pero la generación de energía eléctrica a partir de la biomasa con secuestro del CO2 (BECCS, BioEnergy with Carbon Capture and Sequestration) presenta todos los problemas de la generación con biomasa y todos los problemas del CCS. Los de la biomasa tienen que ver con su coste excesivo, que no es otra cosa que la materialización de una tasa de retorno energética (TRE) bajísima, inferior a la unidad en muchos casos (10,11). Y es que suponer que podemos producir  gratis lo que la Tierra ha necesitado millones de años en concentrar es de una arrogancia antropológica excesiva.  Todo ello sin contar con que la competición de estas plantaciones energéticas con las destinadas a la alimentación iría sin duda en detrimento de estas últimas (12). Pero vamos a suponer que esto de la biomasa funciona, que ya es suponer, y que puede funcionar a escala masiva, lo que sin duda es suponer demasiado. Solo para poder seguir con el razonamiento BECCS.
Preguntémonos ahora por el secuestro de CO2, sobre el cual bastará con tener en cuenta dos cuestiones principales, que llevan a una conclusión. Una, que para ese proceso de almacenamiento – subterráneo o suboceánico – tenga lugar se requiere desde luego una energía adicional, que puede llegar a ser del 80% de la energía de base (13), y que desde luego habrá que generar supongamos, por simplificar, que toda ella en la misma instalación. Luego ya vemos que el rendimiento de la planta va a disminuir, porque para entregar la misma energía que antes al sistema eléctrico habré tenido que producir más energía que sin todo el montaje necesario para el almacenamiento. Otra, que el porcentaje de gas carbónico captable, conducible y almacenable sin fisuras (o sea permanentemente) está hoy todavía lejos del 100% (14).
Nos damos cuenta aquí de un límite. ¿Qué ocurre si consigo enterrar una cantidad de CO2 que no alcanza a ser la que corresponde a la generación en exceso que he tenido que realizar precisamente para almacenar el gas? Pues que mejor que no haga nada, porque estaré entregando la misma energía al sistema eléctrico y emitiendo más CO2 que antes, entre otros inconvenientes no menos onerosos.
Pues bien. Tras muchos años de investigación, plantas piloto, y decenas de miles de millones de euros, dólares y demás destinados a este campo CCS, este umbral no ha sido superado. Muchos proyectos han sido abandonados al haberse convertido en un sumidero inacabable de dinero, sin perspectivas de mejora suficiente (15). Algunos se mantienen todavía gracias a fondos públicos en grandes cantidades, requiriendo revisiones permanentes de presupuesto (16). Pero recuerde: si en algún momento ve que una instalación ha tenido cierto éxito tecnológico, no dé el problema por resuelto. El problema seguirá residiendo en la necesaria escalabilidad, en su despliegue masivo. Según la moderada Agencia Internacional de la Energía habría que hacer como mínimo 1.500 instalaciones de CCS antes de 2035, y que funcionaran (17).

Gestionar la radiación solar

De la otra tecnología en la reserva, la “gestión de la radiación solar” (SRM: Solar Radiation Management) ya ni le hablo, y no sólo por no alargarme demasiado (traté este tema aquí). Muchos científicos se han referido, ya desde los años 50, al vertido masivo de gases de efecto invernadero a la atmósfera como un experimento, sólo que a escala planetaria (18). Tal como ellos nos advirtieron, el invento ha salido mal, y ahora queremos reparar el desarreglo con experimentos de mayor calado todavía y para los que no disponemos, ni podremos disponer nunca, ni de prototipos para hacer pruebas, ni de margen de aprendizaje suficiente, ni tan sólo de un lugar adonde huir si no funcionan.
De modo que con una tecnología (BECCS) en el mejor de los casos o dejamos de cultivar alimentos o no le hacemos al sistema climático ni cosquillas, y con la otra (SRM) corremos el riesgo de arañarlo hasta tal punto que se nos desangre a ojos vista, no sin antes revolverse furiosamente contra todos nosotros.
Por lo demás, querido lector, le supongo mínimamente familiarizado con las limitaciones de las energías alternativas (19). Efectivamente, todas las energías llamadas renovables comienzan a presentar problemas a partir de cierto punto de su necesaria escalabilidad, en forma de interacciones excesivas entre sí y con el entorno, y de rendimientos decrecientes, cuando no de escasez de los materiales necesarios. Su baja densidad energética es también un hándicap insuperable (20), y la reducción de la tasa de retorno energética por debajo de la unidad cuando se implantan acumuladores para contrarrestar su intermitencia no las hacen aptas para sustituir a los combustibles fósiles a la escala necesaria para mantener el orden actual (21).
Además no hay todavía un acuerdo suficiente entre la comunidad científica sobre cuál pueda ser la cantidad máxima de energía concentrable por unidad de tiempo con el uso de estos equipos, pero todo apunta a que no sólo es menor que la que actualmente nos suministran los combustibles fósiles, sino mucho menor (22). Así, cuando oiga hablar de “un 100% renovable” frunza el ceño primero, y pregúntese después a qué cantidad de watios sin interrupción corresponde ese 100%.
Está bien como meta, y algún día será así sin duda. La lucha por las energías renovables es de las que más sentido tienen en la actualidad. Pero de ahí a creer que pueden sustituir a las fósiles, o más o menos, hay un trecho físicamente insuperable. No le dé más vueltas: la energía neta a disposición de la sociedad, renovable o no, aquello que hace que las cosas funcionen, que nosotros funcionemos, es ya menguante y lo será cada día más. Ello equivale a que la capacidad de carga de la Tierra, ese “ghost acreage” del que hablaba William Catton (23), disminuya inexorablemente.

Lo que hay bajo la alfombra

Hemos visto los caminos oficiales, los que serán venteados por los medios de comunicación sin matiz ni letra pequeña ninguna en relación a París 2015. Nos hablarán de un “desacoplo” entre la actividad económica y la energía – sólo posible a nivel global si alguna vez dejan de cumplirse las leyes de la termodinámica; nos hablarán de transiciones hacia energías verdes o bajas en carbono mediante la implantación de impuestos que no superan las propias fluctuaciones en los precios de mercado de los combustibles fósiles. Pero en ningún momento se cuestionará el crecimiento, auténtico tabú comunicativo de nuestros días y resultado del dominio totalizante del mercado y del sistema financiero sobre todos los órdenes de la vida. Se querrá mantener la ilusión del “incrementalismo escapista” (24), pues la radicalidad de las acciones necesarias queda bien fuera de la conservadora agenda mediática y de unas instituciones internacionales pensadas sólo para cuando se creía que todo crecimiento era bueno.
En todo caso es fundamental saber que, para llegar a ese escenario oficial, y proponer estas soluciones oficiales, ha habido que realizar distintas suposiciones, muchas de ellas heroicas – o sea, rayanas en lo inverosímil.
La primera suposición consiste en creer que lo que es técnicamente viable lo es también económicamente, o es política y socialmente aceptable. En principio, mañana mismo podríamos dejar de verter todo gas a la atmósfera salvo nuestra propia respiración. Pero, sin más preámbulos, moriríamos (casi) todos de sed o de hambre en pocas semanas. Reducir las emisiones al 10% anual supone en todo caso reducir también en gran medida la cantidad de energía neta a disposición de la sociedad. Lo cual, sin más preámbulos, produciría asimismo una importante reducción de la población. Pero cuidado, porque hay maneras distintas de hacer las cosas, en función del criterio ético que se priorice y de la importancia que se le otorgue. El caso de Cuba es paradigmático a este respecto: su “periodo especial”, consecutivo a la caída de la URSS en 1989 y por tanto a la drástica reducción de sus suministros energéticos, evitó los decesos al máximo, y concluyó con una reducción promedio de la masa corporal de la población de 7 kg (25). En los demás lugares murieron millones de personas, también en Corea del Norte (26).
Hay una segunda suposición, y es que en todo lo anterior no se han considerado otros gases de efecto invernadero distintos del CO2, ni tampoco la pérdida de apantallamiento (efecto de enfriamiento) resultante de la reducción de los aerosoles de azufre que origina la combustión del carbón. El forzamiento climático conjunto resultante de todos los gases de efecto invernadero distintos del CO2 de origen antrópico es comparable en orden de magnitud al del propio CO2. Por otra parte, la reducción de la combustión del carbón produciría una disminución de los aerosoles de azufre capaz de provocar un aumento de la temperatura media de la Tierra entre 1 y 3 °C (27).
La tercera suposición está relacionada con la afirmación de que dos grados más son “soportables”, “seguros”, o casi. Esto se lo he oído decir a personas relevantes, bien informadas, añadiendo que eso es “lo que dice la comunidad científica”. Querido lector, esto es falso. Esto no sólo no lo dice la comunidad científica, sino que esta misma comunidad dice exactamente todo lo contrario. A diferencia de lo que se suele creer, esta es una posición meramente política, sin respaldo científico alguno (28). Puede ver la historia económico-religiosa de los famosos 2 grados aquí.
Burning emebrs
“Burning embers”: Los “cinco motivos de preocupación” tal como fueron establecidos en el informe del IPCC de 2001 y su revisión de 2009, que no llegó a ser incluida en el informe de 2009 – aunque si en el de 2014.
Lo que dice la comunidad científica es que una temperatura media de la Tierra dos grados superior a la preindustrial corresponde a un nivel del mar 15-25 metros superior al actual – una vez el planeta haya alcanzado un nuevo equilibrio, como ocurrió en los últimos interglaciares (29). Lo que dice la comunidad científica es que dos grados más respecto a la temperatura preindustrial hacen que la mayoría de los denominados “cinco motivos de preocupación” de la figura entren en zona roja. Lo que en realidad dice la comunidad científica es que +2 °C son de hecho la “frontera entre el cambio climático peligroso y el muy peligroso” (30), y que son una “receta para el desastre” (31). De modo que, conocedores ya de las consecuencias, llevan años, décadas incluso, advirtiendo que plantear este objetivo como “seguro” constituye un engaño masivo de proporciones bíblicas además de una irresponsabilidad de magnitud insuperable.
Todo esto lo dice la comunidad científica, al menos en privado, pero hoy sabemos ya que esta comunidad, conservadora por naturaleza (y necesidad), está sometida a un conjunto de procesos inherentes, y condicionantes externos, que hacen que, cuando se manifiesta, lo haga siempre de forma moderada, y casi siempre de forma muy moderada (32). Son distintos los factores que influyen, y que fueron desgranados aquí antes de que hubiera sido analizada con rigor la influencia y el marcaje de la agenda científica por parte del negacionismo organizado en el efecto denominado seepage, o “filtración” (33). Ya estamos acostumbrados a que cada informe del IPCC sea más alarmante que el anterior en casi todas sus previsiones, por lo que podemos preguntarnos cuántos empeoramientos más serán necesarios para que la correspondencia entre lo afirmado y la realidad sea la correcta. Más acostumbrados estamos todavía a que, cuando se realizan medidas in situ, los resultados siempre sean “peores que lo esperado”, peores en todo caso que las peores situaciones imaginadas en los informes. No es el caso de la evolución de las emisiones, que se sitúa en el límite superior de todos los escenarios considerados (34), de modo que lo que no está todavía bien caracterizado es el propio sistema climático. Aunque sí sabemos hacia qué costado cojea.
Y no es un problema estrictamente científico: vale la pena a este respecto conocer la opinión de un insider, Kevin Anderson, del Tyndall Centre for Climate Change Research de la Universidad of Manchester, expresada en Nature, la revista científica de mayor prestigio mundial, el pasado mes de octubre:
“Ocurre simplemente que nosotros los científicos no estamos preparados para aceptar las revolucionarias implicaciones de nuestros propios hallazgos, e incluso cuando lo conseguimos somos reticentes a proclamar estos pensamientos abiertamente. En cambio, mi longeva implicación con muchos colegas científicos hace que no tenga ninguna duda de que, aun cuando trabajan con diligencia, muchos eligen al final censurar su propia investigación.” (35)
La censuran, ajustando parámetros, sin otro fin que el de entregar resultados que sean asumibles por el paradigma económico-social dominante, cuando lo que en buena lid deberían hacer es mostrar que el problema es precisamente ese paradigma, dentro del cual no hay solución posible.
Diagrama que muestra el riesgo de desestabilización (tipping points) de distintos subsistemas del sistema climático de la Tierra en función de su incremento temperatura media respecto al año 2000 (237). No le extrañe que una nueva revisión haga descender el rojo hacia abajo, y mucho más en el caso del permafrost.
Diagrama que muestra el riesgo de desestabilización (tipping points) de distintos subsistemas del sistema climático de la Tierra en función de su incremento de la temperatura media respecto al año 2000. Una nueva revisión hará sin duda descender el rojo hacia abajo, y mucho más en el caso del permafrost, que muchos dan ya por desestabilizado.
Por otra parte, recuerde siempre que los 2 °C no son 2 °C solamente. Este es el umbral a partir del cual se da ya por cierto que se activan, o se habrán activado, distintos bucles de realimentación positiva del sistema climático (36), algunos de los cuales sospechamos que en todo caso se han activado ya (37). Es decir, es la propia Tierra la que comienza a emitir CO2 y metano en cantidades comparables a las nuestras. Runaway climate change, le llaman, sin que se sepa bien cuándo se detendría el proceso o bien si acabaríamos como le sucedió a Venus hace algún tiempo.
Uno de los problemas del IPCC, si no el mayor, es que su Grupo III, el de la mitigación, ha sido cooptado por los economistas neoclásicos (38), incapaces estructuralmente de renunciar al crecimiento y condicionados, al parecer de forma irreparable, a considerar, en grados diversos, que el futuro vale menos que el presente. Y que imponen sus soluciones, que son pues de base ideológica, con una apariencia intolerable de ciencia rigurosa apantallada por un formalismo matemático de apariencia erudita.
Estos economistas, entre los que se encuentra el quintacolumnista del negacionismo organizado Richard Tol, famoso por sus duendes, pero donde hay que incluir también a economistas del cambio climático supuestamente confiables  como Nicholas Stern o William Nordhaus, hacen uso de unos modelos que, a estas alturas, incluso ellos deben saber ya lo fraudulentos que son. Los denominados modelos integrados económico-climáticos (IAM: Integrated Assessment Models), no sólo cuentan con todos los inconvenientes de los modelos clásicos de “equilibrio general” de los economistas del crecimiento, a saber, valoración sólo económica de las cosas, de la naturaleza y de la propia vida humana; inclusión de tasas de descuento del futuro, ahora a largo plazo, de modo que, por ejemplo, nuestros hijos valen menos que nosotros; además de fantasías tales como suponer que todos conocemos todos los precios del presente y del futuro de todas las cosas. Aparte de emplear por lo general versiones muy simples del sistema climático y no digamos del ciclo del carbono, a estos modelos integrados se les condiciona por la puerta de atrás, en silencio, con, entre otras fechorías, los denominados “pesos Negishi” (39). Esto consiste en impedir que el orden en la posición relativa actual de los países con respecto a su PIB se vea alterado como consecuencia de la política climática, excluyendo de los resultados posibles aquellas políticas que lo permitieran aún cuando fuesen más efectivas en términos climáticos o económicos globales. El poder, el status quo, se cuela así en las ecuaciones, cual espectro invisible que atraviesa los ya de por si endebles muros de protección de los colectivos preocupados por el bien común.
Así, bajo la benigna denominación de “análisis coste-beneficio” y apariencia técnicamente neutra se oculta una enorme cantidad de ideología limitante de la que nadie, o casi nadie, se entera. No es pues de extrañar que estos economistas acaben tuneando sus modelos con la inclusión de posibilidades meramente especulativas en forma de emisiones negativas imaginadas o de experimentos de alto voltaje – cuando no haciendo retroceder el tiempo (40) – cuando se encuentran con que, aún con toda esa parafernalia añadida que los separa de la realidad – siempre en el mismo sentido – los resultados de los modelos siguen sin ser vendibles al poder establecido. Bueno, ellos ya están acostumbrados a eso, no sienten inquietud espiritual ni vergüenza alguna por ello. Pues el mercado remunera adicionalmentre estas prácticas.
La última de las suposiciones a las que me refería no se le habrá escapado, querido lector, porque no es tal. Ya la he mencionado. Todo ese montaje megalómano – que, suponiendo que fuera de posible implementación, estaría condicionado a que esas suposiciones ocultas no aplicaran – presenta una probabilidad de no alcanzar el objetivo de los +2 °C, que sabemos ya que no es seguro, nada menos que de 1 sobre 3. Es como jugar a la ruleta rusa con dos balas en el cargador. Añádale si quiere otra bala y media o dos si quiere dar cuenta de todos los efectos y suposiciones reseñados hasta aquí. Este es el margen que nos queda y que, llegados a este punto, sólo podremos dejar al albur del azar. ¿Decide usted que vale la pena jugar?
Obviar todo esto, por conveniencia política o interés económico, o para no poner en peligro la financiación del departamento o la credibilidad frente al establishment es uno de los mayores crímenes imaginables, pues impide que la sociedad genere el momentum suficiente como para prepararse para el caso peor, que es lo que toda persona responsable y decente debería estar promoviendo ya.

Llegar hasta aquí

Nada de esto, en definitiva, debería extrañarnos demasiado. Una civilización que ha requerido de la violencia para iniciarse por la vía de los cercamientos y la desposesión generalizada de bienes comunales; una civilización que necesita, de forma inherente e inmanente, de la expansión geográfica continua y acelerada sólo para su mantenimiento, con o sin la aquiescencia de los invadidos; una civilización que ha decidido despreciar al resto de la biosfera y tiene la arrogancia de querer dominarla para sus exclusivos fines; una civilización así biocida, una civilización que permite todo esto, y que encima va de arrogante por la vida y no se quiere dar por enterada de este su lado oscuro, no debería extrañarse de que la realidad se revuelva contra ella y amenace con liquidarla o lo haya decidido ya.

Interpretación de Gail Tverberg de las dinámicas de evolución de las civilizaciones a partir de Turchin & Nefedov (2009) (42)
Finalmente, la insistencia mediática en el peligro climático nos podría estar ocultando un peligro mucho más inminente: la reducción de la energía neta a disposición, no tanto voluntaria, como forzada por la propia naturaleza al haberse superado ya los picos del petróleo, del carbón, probablemente del uranio y estar en ciernes el del gas. ¿Sería posible que esta situación permitiera una reducción de emisiones que evitara el cambio climático peligroso? No, insisten los especialistas. Las 550 ppm de CO2 están garantizadas con los combustibles extraíbles y los dos grados de más serían superados en cualquier caso, pues se alcanzará como mínimo esa concentración (41). Y  sería de extrañar que, cuando los fósiles escaseen un poco más que ahora, nos dedicáramos a quemarlo todo para poder seguir alimentando nuestra sedienta megamáquina.
Estimación de la evolución de la producción energética según Gail Tverberg (108)
Evolución de la producción de energía según Gail Tverberg (2014). El efecto de la deuda provoca un colapso abrupto a partir de 2015 (42).
Bueno, todavía queda la esperanza de que el sistema económico se vaya al garete a corto plazo por insostenibilidad de la deuda y no quede, como si la hubo en 2008, disponibilidad económica suficiente como para mantener no ya el sistema financiero, sino ni tan sólo la propia red eléctrica, y no digamos la mayoría del transporte. El colapso en su máxima expresión. Esta es la situación sobre la que la economista estadounidense de análisis del riesgo Gail Tverberg nos alerta repetidamente en sus textos, y que dan lugar a los gráficos de la figura (42). En este caso sí, (sólo) tal vez, la reducción de emisiones sería la necesaria… y ya se imagina usted a qué precio.

Conclusión: no se puede

Estamos pues frente a un objetivo, los endiablados dos grados de más, no sólo inapropiado sino también irrealizable, y París 2015 debería ser el momento en que ya no sea posible disimular este hecho públicamente por más tiempo. Pero cuidado con los nuevos eufemismos. Una de las posibles salidas por la tangente de la convención parisina consistiría en establecer un objetivo menor pero más próximo, por ejemplo “1,8 °C en 2050”, aún a sabiendas de que los retardos del sistema climático harían que, inexorablemente, la temperatura siguiera aumentando – e incluso a sabiendas de que difícilmente se cumpliría. O permitir un overshoot, una extralimitación, haciendo ver esta vez que se podría volver la temperatura hacia atrás (40), en una nueva oleada de engaño masivo: recordemos que el cambio climático es virtualmente irreversible (44). La verdad es que las agencias de relaciones públicas y los nuevos think tanks contratados para la ocasión (45) lo tienen esta vez bastante más crudo que en Copenhague para penetrarnos con nuevas vaselinas comunicativas. Ya les vamos viendo el plumero.
El caso es que una vez se ha llegado a un punto como este no tiene ningún sentido seguir haciendo como que no pasa nada. Fiarlo todo a que el ingenio humano, el mercado, los ricos, Dios, todos a la vez, o quizás alguien más, proveerá, no es más que una forma de regresión a la infancia desde nuestra adolescencia presente henchida de todopoder.
Lo siento muchísimo, pero nada de esto va a ocurrir. El Titanic ha chocado ya, y no vamos a evitar el hundimiento sustituyendo los motores de carbón por quijotescos molinos de viento. Hemos llegado tarde para eso, si es que alguna vez fue posible. Ahora no queda otra posibilidad que reunir a toda prisa el máximo número de botes salvavidas, optimizar su capacidad y adelgazar todos un poco para que quepan cuantos más mejor.
De modo que hay que reconocer el estropicio, sus consecuencias y nuestra responsabilidad en él (si bien claramente en distintos grados) y disponernos, ahora si, a hacernos mayores de una vez. Asumiendo nuestra obligación.
Nuestra obligación no es otra que decirnos la verdad, esta verdad, toda la verdad. Seguir con los eufemismos y con el optimismo de la voluntad no sirve en este caso y menos a estas alturas, y no tiene otra consecuencia que continuar con el aturdimiento colectivo y con el derroche de energías ya escasas en tareas o reivindicaciones imposibles, inútiles en el mejor de los casos. Ignorar, disfrazar o dulcificar el problema para mantener el navío a flote, solo un rato más, comprando tiempo para que unas élites se reunan confortablemente buscando una “solución” es ignorar, disfrazar o dulcificar la realidad, y el precio de hacer esto es siempre elevado. Y tiene consecuencias singularmente desastrosas en este caso, pues hay que recordar que no son sino estas élites las que nos han conducido por la trayectoria del impacto. Si algo van a intentar hacer es salvarse ellas, y sólo ellas[1].
Convendrá pues conmigo, a la vista de todo lo anterior, en que el único margen que en realidad nos queda es la declaración a corto plazo del estado de emergencia mundial. Revulsivo condicionado, desde luego, al establecimiento previo de un programa de suficiencia nutricional y sanitaria para todos los habitantes de la Tierra, de modo que el sistema económico se oriente a estas dos funciones como las prioritarias y virtualmente únicas, al tiempo que se establece algún mecanismo que garantice la confiabilidad de la información en los medios que queden, sin presiones corporativas ni elitistas, ni posmodernismos disolutores. Basta de progreso, que tenemos ya bastante y no lo hemos sabido emplear responsablemente. Dispongámonos a salvar a cuantos podamos, y salvemos todo lo que podamos, singularmente el conocimiento alcanzado y la belleza. Organicemos un Arca de Noé en la que quepamos todos. El progreso ya lo retomarán otros, cuando se pueda: ahora lo que toca es digerir el atracón.
Deseemos pues que la convención de París constituya por lo menos una toma de conciencia de cara a la búsqueda de un camino transitable hacia el menor malestar posible para todos, o por lo menos para aquellos dispuestos a adelgazar y a compartir. Y sobretodo para nuestros descendientes.
Tal vez entonces hasta las armas callarían. Parafraseando a Manuel Azaña, podría producirse un gran silencio, que aprovecharíamos para analizar serenamente cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí. Para no volver a repetirlo nunca más.
Notas
[1]Hay cierto establishment, menguante, que no se cree todo esto o que cruza los dedos confiando en que no sea tan grave. Pero hay otro, creciente, que tiene suficiente acceso al conocimiento integrado como para saber que nos encontramos en un callejón sin salida, y que también a ellos se les han acabado los conejos en la chistera, aunque cobren por simular lo contrario. ¿Quiere usted un búnker? Los hay baratos, por sólo un millón de dólares. También los hay de lujo, que las diferencias hay que marcarlas hasta en el más allá, como los faraones egipcios. Pero yo, y probablemente usted, querido lector, no estaremos entre los elegidos que durarán vivos, ahí enterrados, sólo unas pocas semanas o meses más que el resto de los mortales.
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