divendres, 9 de maig de 2014

EL CRACK ALIMENTARIO

Publicat al  Diari Ara

Diari ARA. 30 de abril de 2014, Gustavo Duch

Como explicaré, son muchos los análisis que indican que los países industrializados podemos encontrarnos, dentro de 20 ó 30 años, con problemas de abastecimiento alimentario. Pero, como verán, el escenario de crisis económica actual nos regalará un tiempo precioso para evitarlo.
National Geographic
National Geographic

Las razones científicas son tres. En primer lugar, hemos de tener en cuenta que nuestra alimentación depende en gran medida de la agricultura industrial, es decir, de industrias dedicadas a la agricultura y a la ganadería a gran escala. Este modelo de agricultura es absolutamente dependiente de insumos externos como el petroleo y los fertilizantes, que, aunque no parece que lo interioricemos, sabemos que son finitos y que ya tienen fecha de caducidad. El petróleo, necesario para mover la maquinaria, para transportar materia prima, para refrigerar naves, etc. ya ha superado su pico productivo y progresivamente será más difícil y caro disponer de él; y las reservas de uno de los minerales elementales de la agricultura intensiva, el fósforo, se agotarán sobre el año 2033.

Dejar de lado la agricultura propia, la de nuestro propio campesinado, nos ha llevado, en segundo lugar, a ser dependientes de alimentos que llegan del exterior. Los cálculos más conservadores dicen que un 60% de lo que tenemos en nuestras mesas llega de terceros países, por ejemplo pescados como la merluza, el atún o el panga, pero también frutas, verduras e incluso garbanzos y lentejas. Salir a los mercados internacionales a comprar comida es muy arriesgado para países con balanzas desestabilizadas y economías en crisis como la nuestra. Pensemos, por ejemplo, en lo que podría ocurrir si se repiten movimientos especulativos con los granos básicos, como lleva sucediendo en los últimos 10 años. Los precios de los alimentos se dispararían hasta cifras que harían complicada su importación, bien por nuestra débil capacidad económica, bien por no poder competir con otros países que buscarán alimentos en los mismos mercados. O pensemos en cómo está afectando la crisis en Ucrania a las industrias que requieren de su grano para elaborar los piensos de una ganadería desconectada de la tierra, es decir, totalmente dependiente de mercados internacionales. Y, ¿cómo podremos acceder a los alimentos cuando, según el último informe del IPCC los descensos productivos de los cultivos básicos (entre el 5 y el 10 % para 2030 y de hasta el 25 % hacia 2050) por el calentamiento del clima llevarán a que el precios de los alimentos aumenten entre un 3 y 84% hasta el año 2050?

En tercer lugar, y hablando también de recursos naturales, un factor preocupante para asegurar la producción de comida es la disponibilidad de tierra fértil o arable. Contabilizar la tierra que ha sido colonizada por polígonos, autopistas o vías de tren -sin querer pensar en lo que ocurriría si se desarrollan proyectos de fracking- y sumarle las tierras que de tanto exigirles han perdido fertilidad, nos da un resultado de máxima preocupación: cada siete segundos desaparece una hectárea fértil en el mundo. Esta es una de las razones de la actual carrera de muchos estados y multinacionales en busca de tierra fértil en terceros países. Pero, ¿las conseguiremos? ¿Estarán a nuestro servicio?

Tres supuestos que individualmente o en combinación, apuntan a un acelerado declive productivo junto con un aumento de la incerteza de aprovisionamiento de las materias primas.
Pero esa creencia, que de tanto repetirse hemos aceptado como cierta: ‘la economía puede crecer ilimitadamente’, puede darnos el tiempo necesario para reaccionar, pues las industrias alimentarias en su aspiración de expansión continua se han ligado a la necesidad de capital financiero, y éste, para conseguir la devolución de sus créditos y sus intereses, les obliga, en una espiral mortal, a unas producciones y rentabilidades que chocan con los mismos límites naturales antes mencionados. Como dice Richard Heinberg en su libro ‘El Final del Crecimiento’, “una crisis de crédito prolongada podría devastar la oferta de alimentos mundial tan dramáticamente como cualquier acontecimiento climático imaginable”.

De hecho ya hay algunos casos que nos permiten decir que, antes que quiebren los grandes negocios alimentarios por problemas en la producción o de venta, quebrarán por no poder manejar una deuda del todo insostenible.

Y, efectivamente, lo más inteligente para evitar llegar al colapso alimentario será aprovechar el espacio que entre bancarrota y liquidaciones irá dejando el modelo de agricultura industrial, globalizado, centralizado, financiarizado y, como hemos visto, tan inestable, para (re)construir un modelo de agricultura que no vaya ligado a la economía del crecimiento perpetuo, la peor de las quimeras.

Tenemos el tiempo justo para desarrollar una agricultura relocalizada en nuestros propios territorios y con nuestra población, ajena a intereses financieros, en pequeñas realidades económicas interconectadas, con la sabiduría de producir lo necesario sin esquilmar, así como el tiempo para progresivamente volver a consumos alimentarios sostenibles.
Es momento de matar el hambre del futuro.

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